Un día, hacia 1160, un rico habitante de Lyon, llamado Pedro Valdo, vio caer a su lado, muerto por el rayo, a uno de sus conciudadanos. Ese accidente le hizo reflexionar; distribuyó sus bienes entre los pobres y se consagró al servicio de Dios por completo. Como la reforma de la Iglesia era cosa que preocupaba a las mentes, le fue fácil, precisamente por su desinterés, creer que él era el llamado a desempeñar aquella misión, y reunió cierto número de hombres, a quienes persuadió a abrazar una vida apostólica. ¡Cuán poco difieren algunas veces los pensamientos que forman a los grandes hombres de los que producen perturbadores públicos! Si Pedro Valdo hubiese poseído más virtud y más talento, hubiese llegado a ser un Santo Domingo o un San Francisco de Asís; pero sucumbió a la tentación, que en todo tiempo ha perdido a los hombres de elevada inteligencia. Creyó imposible salvar a la Iglesia por la Iglesia. Declaró que la verdadera Esposa de Jesucristo había sufrido un desfallecimiento en tiempos de Constantino aceptando el veneno de los bienes temporales; que la Iglesia Romana era la gran prostituta descrita en el Apocalipsis, la madre y la señora de todos los errores; que los prelados eran escribas y los religiosos fariseos; que el Pontífice romano y todos los obispos eran homicidas; que el clero no debía poseer diezmos ni tierras; que era un pecado dotar a las iglesias y a los conventos, y que todos los clérigos debían ganarse la vida por medio del trabajo de sus brazos, imitando el ejemplo de los Apóstoles; en fin, creyó que él, Pedro Valdo, venía a restablecer sobre sus primitivos cimientos la verdadera sociedad de los hijos de Dios. Dejo aparte los errores secundarios que necesariamente tenían que desprenderse de los primeros. Toda la fuerza de los valdenses residía en su ataque directo contra la Iglesia y en el contraste real o aparente de sus costumbres con las costumbres mal reguladas del clero de su época. Arnoldo de Brescia, muerto en Roma en la hoguera, fue su precursor. Fue éste un hombre cuya personalidad resalta mucho más en la Historia que la de Pedro Valdo; pero este último gozó de la ventaja de nacer más tarde, cuando el escándalo estaba ya maduro, y por ello tuvo un éxito muy alarmante. Fue el verdadero patriarca de las herejías occidentales, dándoles uno de los grandes caracteres que las distinguen de las herejías griegas; me refiero al carácter más práctico que metafísico.
A favor de las mismas circunstancias que protegían a los valdenses, se introdujo en Alemania una herejía de orden oriental, que también hizo su entrada en Italia y vino a asentar su campo principal en el Mediodía de Francia. Esta herejía, combatida siempre y siempre viva, remontaba su origen a fines del siglo III. Se formó en las fronteras de Persia y el Imperio romano por la mezcla de las ideas cristianas con la vieja doctrina persa, que atribuía el misterio de este mundo a la lucha entre dos principios coeternos, uno de ellos bueno y el otro malo. Esta clase de alianzas entre religiones y filosofías diversas era muy común en aquellos tiempos: es la tendencia de las inteligencias débiles a querer unir lo que es incompatible. Un persa llamado Manés dio su última forma a la mezcla monstruosa de que hablamos. Menos afortunado que los demás heresiarcas, su secta no logró llegar nunca al estado de sociedad pública, es decir, a tener templos, un sacerdocio y un pueblo reconocidos. Las leyes de los emperadores, apoyadas por la opinión, la perseguían con infatigable perseverancia, y esto fue precisamente lo que prolongó su vida. El estado de sociedad pública es una prueba que el error no puede soportar nunca más que durante corto tiempo, y este tiempo es tanto más corto cuanto el error reposa sobre cimientos más contradictorios y acarrea consecuencias más inmorales. Los Maniqueos, rechazados a la luz del sol, tuvieron
que refugiarse en las tinieblas; formaron una sociedad secreta, único estado que permite al error perpetuarse por mucho tiempo. La ventaja de estas asociaciones misteriosas es menor en cuanto a la facilidad de que disfrutan de sustraerse a las leyes, que en cuanto a la que gozan para escapar a la razón pública. Nada impide que algunos hombres, unidos por los dogmas más perversos y las más ridículas prácticas, recluten en la sombra inteligencias mal formadas, atraigan a los espíritus aventureros debido al encanto de sus iniciaciones, les persuadan por medio de una enseñanza sin comprobación; les aprisionen valiéndose de un fin grande y alejado, cuyo culto profundo, según creen ellos, se han transmitido cien generaciones; ligarles por las partes bajas del corazón del hombre, consagrando sus pasiones sobre altares desconocidos para el resto de la Humanidad. Existe hoy día en este mundo alguna sociedad secreta que no cuenta tal vez más de tres iniciados, y que remonta por una sucesión invisible hasta el antro de Trofonio o los subterráneos de los templos de Egipto. Esos hombres henchidos por el orgullo de tan raro depósito, pasan imperturbablemente a través de los siglos con profundo desprecio por todo cuanto tiene lugar, juzgándolo todo a través del prisma de la doctrina privilegiada que ha caído entre sus manos, y preocupados por el único deseo de engendrar un alma que, a su fallecimiento, sea la heredera de su felicidad oculta. Esos son los judíos del error. De esta manera vivieron los Maniqueos, apareciendo en esta o aquella página de la Historia de la misma manera que esos monstruos que siguen en el fondo del Océano caminos ignorados y algunas veces sacan su cabeza secular por encima de las olas. Pero lo maravilloso en su aparición durante el siglo XII fue que por primera vez llegaron a un comienzo de sociedad pública. ¡Espectáculo verdaderamente inaudito! Esos sectarios, a quienes el Bajo Imperio había tenido constantemente a sus pies, se establecían abiertamente en Francia, ante los ojos de esos Pontífices que eran lo suficientemente poderosos para obligar al mismo emperador a respetar la ley divina y la voluntad de las naciones cristianas. Ningún hecho revela con mayor seguridad la reacción sorda que minaba a Europa. Ramón VI, conde de Tolosa, figuraba a la cabeza de los Maniqueos de Francia, vulgarmente llamados albigenses. Era sobrino segundo de aquel famoso Ramón, conde San Gil, cuyo nombre figura entre los más grandes de la primera Cruzada, entre los de Godofredo de Bouillón, Balduino, Robert, Hugues, Boemond. Abdicó la herencia de gloria y de virtud que le habían transmitido sus antepasados para convertirse en jefe de la más detestable herejía nacida en el Oriente, subyugado tanto por los misterios propios de los Maniqueos como por la careta valdense que habían adoptado para penetrar en los pensamientos de Occidente.
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