Juan Pablo II elogia ahora el arte que su Iglesia destruyó
Después de la terrible devastación que ha tenido lugar en la Iglesia durante los últimos cuarenta años, a causa de la reforma litúrgica que incluye la libertad de adaptación a las costumbres y genios de los pueblos, Juan Pablo II elogia irónicamente el arte religioso desarrollado a través de los siglos en torno al Sacramento de la Eucaristía. Así dice en su última encíclica: «...La fe de la Iglesia en el Misterio Eucarístico se ha expresado en la historia no solamente mediante laexigencia de una actitud interior de devoción, sino también a través de una serie de expresiones externas (aparece subrayado en el texto) orientadas a evocar y subrayarla magnitud del acontecimiento que se celebra. ...sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música,dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía directa o indirectamente un motivo de gran inspiración».
Mencionando los diversos estilos de los templos católicos, se refiere a «las formas de los altares y tabernáculos que se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas, siguiendo en cada paso no sólo el motivo de inspiración estética, sino también las exigencias de una precisa comprensión del misterio...». Además se refiere a la música sacra: «Lo mismo se puede decir de la música sacra, para lo que basta pensar en las inspiradas melodías gregorianas y en los numerosos y a menudo insignes autores que se han afirmado con los textos litúrgicos de la Santa Misa». Por último, hace notar «la enorme cantidad de producciones artísticas, desde lo realizado por una buena artesanía hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos utilizados para la celebración eucarística». En resumen, ampliamente se explaya reconociendo que, «La Eucaristía ha tenido una fuerte incidencia en la cultura especialmente en el ámbito estético».
He aquí otra evidente contradicción. Podemos afirmar que tal vez no existe un solo católico en el mundo que no haya sido espectador de la destrucción vandálica de todas las formas del arte sacro, durante los últimos cuarenta años. A varios aspectos de esta destrucción nos hemos referido en anteriores páginas, y hay que hacer notar al respecto, que esta destrucción ha tenido lugar pese a las públicas protestas de los católicos, de las comisiones de arte profanas, en todos los países católicos y por todos los medios, sin que de nada hayan valido.
Citamos por lo menos dos testimonios al respecto de lo sucedido en Italia y en Francia a la puesta en marcha de la reforma litúrgica. El escritor católico Tito Casini manifiesta en su obra «La Túnica rasgada»: «es vergonzosa la destrucción del arte sagrado, destrucción que sin cesar -con mayor o menor intensidad, según las regiones y diócesis se ha estado realizando a la vista de todos-. Hermosos candeleros, expuestos como gangas comerciales en las tiendas de antigüedades...Confesionarios destruidos o convertidos en libreros o guardarropas; los mismos altares, con sus hermosas ornamentaciones de mármol y mosaicos, con sus frisos sorprendentes, pueden ahora encontrarse en los salones de recepción de los hoteles, en las casas de veraneo de personas adineradas, y hasta en los mostradores de los bares... los ornamentos sacerdotales, que las limosnas y la devoción de nuestros antepasados con la austeridad y sacrificios de su vida ordinaria, habían hermosamente elaborado para el honor y culto de Dios, han sido desplazados y convertidos en tapices de muebles o cubiertas de divanes o cojines. Y todavía peor; preciosos relicarios los vemos ahora colocados entre los floreros y las botellas de licor... Las Custodias de oro y plata, en que se exponía el Santísimo Sacramento, usadas como cajas de reloj o barómetro. Aun los vasos sagrados no han sido perdonados y son utilizados como pedestales de lámparas y de estatuas profanas, en los tocadores de las damas elegantes, en donde también se ven, sobre las cubiertas, ceniceros hechos de patenas, en las que la señal de la Cruz aparece, cuando no está cubierta por las cenizas o los cigarrillos»...
Y el escritor añade citando a Christoper Sykes: «Está fuera de toda duda que los siglos que produjeron el mayor arte en Europa, hicieron también accesible por un arte la liturgia. ¿Es ahora accesible ese arte? Todo lo contrario...» (Casini, La Túnica Rasgada, págs. 24, 25).
De Francia ha quedado el testimonio de «Informaciones Católicas Internacionales» (abril de 1965): «Desde hace un mes se exhiben en venta en París 800 obras maestras de las iglesias de Francia, como estatuas, relicarios, tapices, diversos objetos de culto, creados entre los siglos VI y XIX. Lo expuesto forma un conjunto tan apasionante, que produce vértigo. Inmediatamente la prensa lanzó un grito: ¡Cuidado con los vándalos! Todavía quedan unas cinco mil obras maestras del pasado en nuestras iglesias, ¿cuál será su suerte? Los críticos de arte han hecho la lista de sus motivos de alarma: por todas partes hay sacerdotes que liquidan las reservas de la antigüedad. Sin miramientos hacia lo que constituye un patrimonio común, se deshacen, a veces por nada o por unos centavos, de grandes obras de arte en manos de maliciosos anticuarios. Nos estamos entregando a "modernizaciones" desaforadas... Se embadurna, se derrumba, se desmonta. Es un flagelo que causa una devastación feroz... y se alega que en las costumbres de los bárbaros de Atila tiene como justificación la renovación litúrgica...».
Consideramos un sarcasmo intolerable que Juan Pablo II se refiera elogiosamente al arte sagrado ancestral de la Iglesia. Para terminar, ¿cómo es posible que elogie la forma de los tabernáculos y altares antiguos cuando han sido derrumbados todos éstos para ser suplantados por una antiestética mesa y una caja fuerte empotrada en la pared para lo que llaman reserva Eucarística?... Queda a la inteligencia de cada quien comprender.
CONTINUARÁ...