MEDITACIONES PARA EL TIEMPO PASCUAL DE SANTO TOMÁS DE AQUINO, O.P.

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Lunes después de Pentecostés

CÓMO NOS MUEVE EL ESPÍRITU SANTO HACIA DIOS


I. Cosa muy propia de la amistad es, sin duda, conversar con el
amigo.
Ahora bien, la conversación del hombre con Dios tiene lugar por
medio de la contemplación, como decía el Apóstol:
Nuestra conversación
está en los cielos.
Si, pues, el Espíritu Santo nos hace amadores de Dios,
síguese que a él también debemos el llegar a ser contempladores de Dios,

como leemos en la segunda carta a los Corintios, 3, 18: Así todos nosotros,
registrando a cara descubierta la gloria del Señor, somos transformados de
claridad en claridad en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor
(2
Cor 3, 18).


II. Es también propio de la amistad sentirse feliz en presencia del
amigo, alegrarse de sus dichos y hechos, y encontrar en él consuelo en todas
las aflicciones; por eso en las tristezas buscamos principalmente el consuelo
en los amigos.
Y como quiera que el Espíritu Santo nos constituye amigos
de Dios, y hace que él habite en nosotros y nosotros en él, síguese que
recibamos de Dios, por el Espíritu Santo, gozo y consuelo contra todas las
adversidades y pruebas del mundo. Por eso el Espíritu Santo es llamado por
el Señor Paráclito, esto es, Consolador.



III. Igualmente es propio de la amistad consentir en los deseos del
amigo;
mas la voluntad de Dios se nos manifiesta por medio de sus
preceptos; corresponde, por tanto, al amor con que amamos a Dios cumplir
sus mandatos.
Y como el Espíritu Santo es quien nos hace amar a Dios, por
él también en cierto modo somos movidos a cumplir los preceptos de Dios.



IV. Notemos, sin embargo, que los hijos de Dios son movidos por el
Espíritu Santo, no como siervos, sino como libres.
Porque siendo libre el que
es causa de sí mismo, ejecutamos libremente lo que hacemos por nosotros
mismos, esto es, lo que hacemos voluntariamente; y lo que hacemos contra
nuestra voluntad no lo hacemos libremente sino servilmente. Mas el Espíritu
Santo nos inclina a obrar de tal modo, que lo hacemos libremente, por lo
mismo que nos hace amar a Dios.
Así, pues, los hijos de Dios son movidos
libremente por el Espíritu Santo a obrar por amor y no servilmente por el
temor.
Por eso dice el Apóstol: No habéis recibido el espíritu de servidumbre
para estar otra vez con temor, sino que habéis recibido el espíritu
de adopción de hijos
(Rom 8, 15).


(Contra Gentiles, lib. 4, cap. 22)
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Martes después de Pentecostés

PROPIEDADES DEL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu donde quiere sopla; y oyes su voz, mas no sabes de dónde
viene, ni adónde va; así es todo aquél que es nacido de Espíritu
(Jn 3, 8).


I. Cuatro cimas se indican aquí acerca del Espíritu Santo:

1º) Su poder: El espíritu donde quiere sopla. Al libre albedrío de su
potestad inspira donde quiere y cuando quiere, ilustrando los corazones. Si
fuese ministro del Padre y del Hijo, no soplaría donde quisiese, sino donde
le fuere ordenado.



2º) La manifestación del Espíritu Santo (cuando se dice: Y oyes su voz).
Hay dos voces del Espíritu Santo: una que habla interiormente en el corazón
del hombre, como dice el Profeta: Oiré lo que el Señor Dios me hable (Sal
84, 9). Otra con la que habla el Espíritu Santo en la Escritura, o por medio
de los predicadores, según lo que se dice en San Mateo: No sois vosotros los
que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre, que habla en vosotros
(10,
20). Esta voz la escuchan también los infieles y pecadores.


3º) Su origen, que es oculto: No sabes de dónde viene, aun cuando
oyes su voz, y esto, porque viene del Padre y del Hijo. Mas el Padre y el
Hijo habitan en una luz inaccesible que ningún hombre ha visto ni puede
ver.



4º) Su fin, que es oculto: Ni adónde va. Conduce a un fin oculto, es
decir, a la bienaventuranza eterna. Por eso se le llama prenda de herencia.

Ojo no vio, ni oreja oyó, etc. (1 Cor 2, 9).


O no sabes de dónde viene, esto es, de qué modo entra en el hombre;
ni adónde va, es decir, a qué perfección le conduce.


II. Así es todo aquél que es nacido de Espíritu, que equivale a decir: es
como el Espíritu Santo. No debe extrañarnos esto, porque en el varón
espiritual se dan las propiedades del Espíritu Santo, del mismo modo que en
el carbón encendido se dan las propiedades del fuego. Existen efectivamente
en él las cuatro mencionadas propiedades del Espíritu.


1°) La libertad, como dice el Apóstol: En donde está el Espíritu del
Señor, allí hay libertad
(2 Cor 3, 17), porque el Espíritu del Señor conduce a
lo que es recto, y libra de la servidumbre del pecado y de la ley.



2º) Toma su manifestación o señal por la voz de sus palabras; desde
que se le oye, se conoce su espiritualidad.
De la abundancia del corazón
habla la boca
(Mt 12, 34).


3º) Tiene un origen oculto y también sus fines, porque ninguno puede
juzgar al espiritual.



O no sabes de dónde viene, el principio de su nacimiento espiritual,
que es la gracia bautismal;
o adónde va, es decir, de qué se hace digno, esto
es, de la vida eterna, que todavía está oculta para ti.



(In Joan., III)
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Miércoles después de Pentecostés

MULTIPLICIDAD DE FRUTOS QUE DIMANAN DEL ESPÍRITU SANTO


Son muchos los frutos que nos vienen del Espíritu Santo.

1º) Purifica de los pecados. La razón de ello es que corresponde sanar a
quien toca constituir.

El alma es creada por el Espíritu Santo, porque Dios lo hace todo por
él; pues Dios creó todas las cosas por amor a su propia bondad.
Amas todas
las cosas que son, y ninguna aborreces de aquellas que hiciste
(Sab 11, 25).
San Dionisio dice: "El amor divino no permitió que él estuviese sin
germen."
Luego es necesario que sean restaurados por el Espíritu Santo los
corazones de los hombres destruidos por el pecado.
Enviarás tu espíritu, y
serán criados; y renovarás el semblante de la tierra
(Sal 103, 30). No es de
admirar que purifique el Espíritu Santo,
porque todos los pecados son
perdonados por amor.
Perdonados le son sus muchos pecados, porque amó
mucho
(Lc 7, 47). La caridad cubre todas las faltas (Prov 10, 12).


2º) Ilumina la inteligencia, porque todo lo que sabemos lo conocemos
por el Espíritu Santo,
como dice el Evangelista: El Consolador, el Espíritu
Santo, que enviará el Padre en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y
os recordará todo aquello que yo os hubiera dicho
(Jn 14, 26). Y en otro
lugar: Su unción os enseña en todas las cosas (Jn 2, 27).


3º) Ayuda y en cierto modo obliga a guardar los mandamientos.
Porque nadie puede observar los mandamientos de Dios sin amar a Dios. Si
alguno me ama, guardará mi palabra
(Jn 14, 23). Luego el Espíritu Santo
nos hace amar a Dios.
Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu
nuevo en medio de vosotros; y quitaré el corazón de piedra de vuestra
carne, y os daré corazón de carne. Y pondré mi espíritu en medio de
vosotros; y haré que andéis en mis preceptos, y que guardéis, y hagáis mis
juicios
(Ez 36, 26-27).


4º) Confirma la esperanza de la vida eterna, porque él es como la
prenda de esta herencia,
según el Apóstol: Fuisteis sellados, con el Espíritu
Santo, que era prometido, el cual es la prenda de nuestra herencia
(Ef 1,
13). Pues él es como las arras de la vida eterna. La razón es que la vida
eterna se debe al hombre, en cuanto es hijo de Dios; y llega a serlo
haciéndose semejante a Cristo:
mas uno se asemeja a Cristo en cuanto tiene
el Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo.
No habéis recibido el espíritu
de servidumbre para estar otra vez con temor, sino que habéis recibido el
espíritu de adopción de hijos, por el cual clamamos: Abba (Padre). Porque
el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de
Dios
(Rom 8, 15, 16). Y en otro lugar dice el mismo Apóstol: Y por cuanto
vosotros sois hijos, ha enviado Dios a vuestros corazones el Espíritu de su
Hijo, que clama: Abba, Padre
(Gal 4, 6).


5º) Enseña cuál es la voluntad de Dios: El que tiene oreja, oiga lo que
el Espíritu dice a las Iglesias
(Apoc 2, 7). Para que le oiga como a maestro (Is 50, 4).


(In Symbol.)
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Jueves después de Pentecostés

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Teniendo, pues, aquel grande Pontífice que penetró los cielos, Jesús,
el Hijo de Dios
(Hebr 4, 1l.)


I. Cristo es sacerdote.

El oficio propio del sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo,
por cuanto entrega al pueblo las cosas divinas y por eso se le llama sacerdote,
que quiere decir, en cierto modo, que da las cosas sagradas
(sacra
dans)
, según aquello de Malaquías: La ley buscarán de su boca (2, 7), esto
es, del sacerdote. Además, en cuanto ofrece a Dios las plegarias del pueblo y
satisface a Dios, en cierta manera, por sus pecados.
Por eso dice San Pablo:
Porque todo pontífice tomado de entre los hombres es puesto a favor de los
hombres en aquellas cosas que tocan a Dios, para que ofrezca dones y
sacrificios por los pecados
(Hebr 5, 1).

Esto conviene principalmente a Cristo, porque por él han sido
conferidos a los hombres los dones divinos, como dice el apóstol San Pedro:

Por el cual (por Cristo) nos ha dado muy grandes y preciosas promesas;
para que por ellas seáis hechos participantes de la naturaleza divina
(2 Ped
1, 4.) También él mismo reconcilió con Dios al género humano según
aquello:
Porque en él quiso hacer morar toda plenitud; y reconciliar por él,
asimismo, todos las cosas
(Col 1, 19-20.) Luego compete muchísimo a
Cristo ser sacerdote.



II. Es al mismo tiempo sacerdote y hostia.


Todo sacrificio visible es sacramento, esto es, signo sagrado de un
sacrificio invisible. El sacrificio invisible es aquél por el cual el hombre
ofrece a Dios su espíritu, cono dice David: Sacrificio para Dios es el
espíritu atribulado
(Sal 50, 19), por lo tanto todo lo que se presenta a Dios,
para que el espíritu del hombre sea elevado a Dios, puede llamarse
sacrificio.
Y el hombre necesita del sacrificio por tres razones.

1º) Para la remisión del pecado, por el cual el hombre se aparta de
Dios, y por eso dice el Apóstol que al sacerdote pertenece ofrecer dones y
sacrificios por los pecados
(Hebr 5, 1).

2º) Para que el hombre se conserve en estado de gracia, unido siempre
a Dios, en quien consiste su paz y salvación; razón por la cual también se
inmolaba en la antigua ley la víctima pacífica por la salvación de los que la
ofrecían.


3º) Para que el espíritu del hombre se una perfectamente a Dios, lo cual
ocurrirá principalmente en la gloria. Por eso en la ley antigua se ofrecía el
holocausto, que era consumido enteramente en el fuego.



Todos estos bienes nos vinieron por la humanidad de Cristo.

1º) Nuestros pecados fueron destruidos; como dice San Pablo: Fue
entregado por nuestros pecados
(Rom 4, 25).

2º) Por él hemos recibido la gracia que nos salva, según aquello: Fue
hecho autor de salud eterna para todos los que le obedecen
(Hebr 5, 9).

3º) Por él hemos alcanzado la perfección de la gloria: Teniendo
confianza de entrar en el santuario
(esto es, en la gloria celestial) por la
sangre de Cristo
(Hebr 10, 19).


Por lo tanto, Cristo, en cuanto hombre, no sólo fue sacerdote, sino
también hostia perfecta, siendo a la vez hostia por el pecado, hostia pacífica
y holocausto.


(3ª, q. XXII, arts. 1 y 2.)
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Viernes después de Pentecostés

DESCENSO Y PERMANENCIA DEL ESPÍRITU SANTO

Vi el Espíritu que descendía... y reposó sobre él (Jn 1, 32).


La presencia del Espíritu Santo en el bautismo de Cristo realizado por
San Juan, se armoniza con el bautizado y el bautismo. Con el bautizado,
porque así como el hijo que procede del Padre manifiesta al Padre, como
dice el Evangelista: He manifestado tu nombre a los hombres (Jn 17, 6), así
el Espíritu Santo, que procede del Hijo, manifiesta al Hijo,
según se lee en el
Evangelio de San Juan: Él me glorificará; porque de lo mío tomará (16, 14).


La presencia del Espíritu Santo se armoniza con el bautismo, porque el
bautismo de Cristo es la inauguración del nuestro. Mas nuestro bautismo es
consagrado por la invocación de la Santísima Trinidad, luego lo que
nosotros invocamos en nuestro bautismo estuvo presente en el bautismo de
Cristo: El Padre en la voz, el Espíritu Santo en la paloma, el Hijo en la
naturaleza humana.



Dice que descendía. Porque existe un doble espíritu: el del mundo y el
de Dios.
El espíritu del mundo es, efectivamente, el amor del mundo, que no
procede de arriba, antes bien, desde abajo asciende hasta el hombre y hace
descender a éste;
pero el espíritu de Dios, es decir, el amor de Dios,
desciende de arriba hasta el hombre y lo hace subir con él:
Nosotros no
hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios
(1
Cor 2, 12).


Dice después: y reposó sobre él, porque con la permanencia se designa
el descanso. Y que el Espíritu Santo no descanse en uno se debe a dos
causas:



Una se deriva del pecado. Porque todos los hombres, excepto Cristo, o
están heridos por la llaga del pecado mortal, que ahuyenta al Espíritu Santo,
o están oscurecidos por la mancha del pecado venial, que impide algunas
acciones del Espíritu Santo.
Pero en Cristo no existió ni el pecado mortal, ni
el venial, ni el original. Por lo cual no fue inquietado en él el Espíritu Santo,
sino que reposó sobre él, esto es, descansó.



Otra causa es que las gracias gratuitas no siempre dan a los santos el
poder de obrar por ellas; no siempre tienen los santos el poder de hacer
milagros, ni los profetas el espíritu de profecía.
Pero Cristo poseyó siempre
el poder de realizar todas las operaciones de las virtudes y de las gracias, y
esto significa la expresión: posó sobre él. Y ésta fue la señal apropiada para
conocer a Cristo. Reposará sobre él el Espíritu del Señor (Is 11, 2). Esto ha
de entenderse de Cristo en cuanto al hombre.



(In Joan., I)
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Sábado después de Pentecostés

EFECTOS ATRIBUIDOS AL ESPÍRITU SANTO CON
RELACIÓN A LAS DÁDIVAS QUE DIOS NOS DA



I. El Espíritu Santo es quien revela los misterios secretos. En efecto; es
propio de la amistad revelar sus secretos al amigo. La amistad es una fusión
de sentimientos; ella hace, por decirlo así, un solo corazón de dos corazones,
y parece que no sacáramos del corazón lo que revelamos al amigo.
Por eso
dice el Señor a los discípulos: No os llamaré ya siervos, porque el siervo no
sabe lo que hace su señor; mas a vosotros os he llamado amigos, porque os
he hecho conocer todas las cosas que he oído de mi Padre
(Jn 15, 15). Si,
pues, por el Espíritu Santo somos constituidos amigos de Dios,
convenientemente se dice que los misterios divinos son revelados a los hombres
por el Espíritu Santo.
Por eso dice el Apóstol: Está escrito: Que ojo no
vio, ni oreja oyó, ni en corazón de hombre subió lo que preparó Dios para
aquéllos que le aman; mas Dios nos lo reveló a nosotros por su Espíritu
(1
Cor 2, 9-10).


II. Por el Espíritu Santo expresamos los misterios divinos. El hombre
habla de lo que conoce;
y es justo que por el Espíritu Santo el hombre hable
de los misterios divinos,
según aquello del Apóstol: En espíritu habla
misterios
(1 Cor 14, 2), y San Mateo dice: No sois vosotros los que habláis,
sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros
(10, 20). Por eso se
dice en el símbolo acerca del Espíritu Santo: que habló por los profetas.


III. El Espíritu Santo es quien nos comunica los bienes divinos. No
sólo es propio de la amistad revelar al amigo sus secretos, a causa de la
unión de los corazones, sino que esa unión exige también que todo lo que el
amigo posee, lo comunique a su amigo. En efecto, el hombre considera al
amigo como otro yo, y es menester, por consiguiente, que le ayude como a sí
mismo, dándole participación en sus cosas. Por eso es propio del amigo
hacer bien al amigo,
según aquello de San Juan: El que tuviere riquezas de
este mundo, y viere a un hermano tener necesidad, y le cerrare sus
entrañas, ¿cómo está la caridad de Dios en él?
(1 Jn 3, 17).



Esto sucede sobre todo con Dios, cuyo querer es eficaz en cuanto al
efecto. Por eso se dice muy bien que todos los dones de Dios se nos dan por
el Espíritu Santo,
como afirma San Pablo: A uno por el Espíritu Santo es
dada palabra de sabiduría; a otro, de ciencia según el mismo Espíritu,
y
después de enumerar muchas otras cosas añade: Mas todas estas cosas obra
solo uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno como quiere
(1 Cor
12, 8-11).


(Contra Gentiles, lib. IV, cap. 21)


IV. Cristo es cabeza de la Iglesia, mas el Espíritu Santo es el corazón.
La cabeza tiene una superioridad manifiesta sobre los demás miembros
exteriores; pero el corazón tiene cierta influencia oculta; por eso es
comparado al corazón el Espíritu Santo, que vivifica y une invisiblemente a
la Iglesia; y el mismo Cristo es comparado a la cabeza por razón de su naturaleza
visible, según la cual como hombre tiene la preferencia sobre todos
los hombres.



(3ª p., q. VIII, a. I, ad 3um)
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Domingo después de Pentecostés

LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Venida de la Trinidad al alma.

No solamente el Hijo, sino también el Padre y el Espíritu Santo vienen
por la gracia al alma humana y habitan en ella,
según aquello de San Juan:
Vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14, 23).

El Padre viene por su poder, confortándonos. El que da fuerza al cansado
(Is 40, 29), a lo que añade la Glosa; "fuerza de creer y de obrar".

El Hijo viene por su sabiduría, iluminándonos, porque es luz verdadera
que alumbra a todo hombre
(Jn 1, 9).

El Espíritu Santo viene por su bondad, inflamándonos en su amor.


El Espíritu Santo derrama en nosotros su bondad inflamándonos en su
amor; porque el amor de Dios es la fuente de todo bien. Él se nos comunica
de una manera soberana. Pero está lleno de suavidad en nosotros, cuando
nos alegra con el gusto interno de su dulzura.
Por eso, sobre las palabras del
Salmo (104, 9): Suave es el Señor para con todos, agrega la Glosa: "pero
principalmente para los que le gustan".
Y San Bernardo añade: "El solo
Consolador es nuestro huésped, el Dios de caridad, el cual, aunque nunca
abandona a los justos para hacerlos merecer, con frecuencia se ausenta, sin
embargo, y se abstiene de consolarlos; aquello es más agradable, esto es más
útil. Se le tiene, en verdad, pero oculto, cuando aquella suavidad poseída no
toca la sensibilidad del corazón. Y así como el pueblo israelita, cuando al
principio el Señor le hizo llover el maná, decía admirado: ¿Manhú?, que
quiere decir: ¿Qué es esto? (Ex 16, 15), así el alma devota se admira al
experimentar en su interior la suavidad de la bondad divina, porque no la ha
experimentado tal en las cosas creadas."
Por eso dice San Anselmo: "Pensad
cuál sea aquel bien que contiene el placer de todos los bienes, y no
experimentáis en las cosas creadas, pero que difiere como el Criador de la
criatura."



Además, la suavidad de esta bondad no se puede expresar con
palabras, ni se enseña con la lengua sino con la gracia.
Al vencedor daré yo
maná escondido
(Apoc 2, 17), porque no es descubierto por ningún
lenguaje. Por lo cual dice San Bernardo: "¡Oh! que quien esté ansioso por
saber qué es gustar del Verbo prepare, no su oído, sino el alma, porque no es
la lengua la que lo enseña, sino la gracia."



Todavía más, sobrepasa a toda inteligencia y a todo deseo, lo cual es
mayor, porque sabemos muchas cosas que no expresamos; pero la suavidad
de la bondad divina es tan grande que no sólo no podemos expresarla con
palabras, sino que aun somos impotentes para buscarla.
Por eso dice el
Profeta: Me acordé de Dios, y me deleité (en lo cual está la suavidad), y me
ejercité, y desmayó mi espíritu
(Sal 76, 4.) Y San Bernardo nos explica que
la inteligencia no puede comprenderlo sino cuando tiene la experiencia.



Así deben entenderse las palabras del profeta que dice: Maravillosas
tus obras, y mi alma lo conoce mucho
(Sal 138, 14), esto es, maravillosos
son el poder del Padre, la sabiduría del Hijo, y la dulzura del Espíritu Santo,

que hacen desfallecer el alma cuando intenta conocer la grandeza del poder,
la profundidad de la sabiduría y la abundancia de la dulce suavidad.



(De Humanitate Christi.)
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Lunes después de la Santísima Trinidad

LA IMAGEN DE DIOS EN EL HOMBRE

1. Crió Dios al hombre a su imagen (Gen 1, 27).

El hombre es en gran manera semejante a Dios en cuanto que la
naturaleza intelectual puede imitar mucho a Dios. Pero en lo que más imita a
Dios la naturaleza intelectual es en que Dios se conoce y se ama a sí mismo.
Por consiguiente podemos considerar desde tres aspectos la imagen de Dios
en el hombre:


Uno, en la aptitud natural que el hombre tiene para conocer y amar a
Dios; y esta aptitud reside en la misma naturaleza del espíritu, que es común
a todos los hombres.


Otro, en que el hombre conoce actual o habitualmente a Dios y lo ama,
aunque de un modo imperfecto, y esta imagen surge de la conformidad que
da la gracia.


Tercero, en que el hombre conoce a Dios en acto y le ama perfectamente;
y ésta es la imagen según la semejanza que da la gloria. Por lo cual,
sobre aquello:
Sellada está, Señor, sobre nosotros la imagen de tu rostro
(Sal 4, 7), distingue la Glosa tres clases de imagen: de creación, de
restauración y de semejanza. La primera se encuentra en todos los hombres;
la segunda, únicamente en los justos; la tercera, sólo en los bienaventurados.


(1ª, q. XCIII, a. 4)


II. La imagen de Dios está principalmente en nosotros, cuando en acto
conocemos y amamos a Dios. Pues la criatura intelectual, se asemeja en gran
manera a Dios por ser intelectual; ya que posee esa semejanza sobre las
demás criaturas y esto incluye a todas las otras.


Por lo que hace al género de esta semejanza, más se asemeja Dios
cuando lo conoce en acto que cuando lo conoce en hábito o en potencia,
pues Dios es siempre inteligente en acto.

Y cuando conoce en acto, se asemeja en gran manera a Dios, por
cuanto conoce al mismo Dios; y Dios conoce todas las otras cosas, conociéndose
a sí mismo.

(Contra Gentiles, lib., III, cap. 23)


Así, pues, la imagen de la Trinidad se considera primaria y principalmente
en el alma según sus actos, es decir, por el conocimiento que
tenemos pensando, y del que formamos el verbo interno, del cual prorrumpimos
en amor; secundariamente y como por consecuencia según sus
potencias y principalmente según sus hábitos, esto en cuanto incluyen
virtualmente los actos.


(1ª, q. XCIII, a. 7)


III. La imagen de Dios en el hombre puede estar tan borrosa que sea
casi nula, como en los que no tienen uso de razón;
o bien oscura y deforme,
como en los pecadores;
o clara y hermosa, como en los justos (San Agustín,
De Trin., I. 14, c. 4).

(1ª, q. XCIII, a. 8, ad 3eum)
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Martes después de la Santísima Trinidad

EL AMOR Y CULTO DE LATRÍA DEBIDOS A DIOS,
SOBERANO E INFINITAMENTE BUENO



1. Amemos nosotros a Dios, porque Dios nos amó primero (1 Jn 4, 19).
Debemos amar a Dios de tres maneras:

1º) Que llenemos todo nuestro corazón con su amor. Amarás al Señor
Dios tuyo con todo tu corazón
(Deut 6, 5).


2º) Que no amemos cosa alguna sino por él.

San Agustín dice: "Menos te ama quien contigo ama alguna cosa a la
que no ama por ti."



3º) Que ninguna adversidad nos aparte de su caridad. ¿Quién nos
separará del amor de Cristo?
(Rom 8, 35).

Debemos amar mucho a Cristo por tres motivos:

Por su bondad. San Bernardo comenta: "La causa de amar a Dios es
Dios mismo. Su bondad es tan grande que, aun cuando no nos hubiese hecho
ningún bien ni lo hubiere de hacer, deberíamos sin embargo amarlo
siempre."


Por su caridad. Amemos nosotros a Dios, porque Dios nos amó
primero.
Y San Agustín exclama: "¡Miserable de mí! Cuánto debo amar a
mi Dios que me hizo lo que no era, que me redimió cuando yo había
perecido, cuando estaba vendido con mis pecados; él vino por mí, y tanto me
amó que dio por mí el precio de su sangre."


Por nuestra utilidad. Pues dispuso bienes inenarrables para los que le
aman. Ojo no vio, etc. (1 Cor 2, 9).

(Serm. LXXVIII)


II. Por el culto de latría confesamos nuestra dependencia de Dios,
puesto que él nos creó.
Por lo tanto, debemos el culto de latría en cuanto es
nuestro Creador, nuestro fin y primera fuente de nuestro ser. Y porque es
Creador, bueno, sabio y poderoso, y por otros atributos, le debemos el culto
de latría y no sólo por uno de ellos.


Y porque el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Creador, les
debemos también ese culto de latría, que es debido a Dios como Creador.


Por todos estos títulos debemos rendir a Dios culto de latría.

Existen en nosotros tres clases de bienes: el espiritual, el corporal y el
externo. Y como todos ellos nos vienen de Dios, por todos ellos debemos
ofrecer a Dios culto de latría. Por nuestra alma, le debemos un amor
especial; por nuestro cuerpo, le ofrecemos postraciones y cánticos; por los
bienes externos le ofrecernos sacrificios, luminarias, etcétera. No ofrecemos
a Dios todo esto porque él lo necesite, sino para reconocer que todo lo
recibimos de él. Y porque por todo le damos gracia, así también le honramos
con todo.


(3 Dist. 9, q. 1, a. 3.)
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Miércoles después de la Santísima Trinidad

PECADO CONTRA EL PADRE, CONTRA EL HIJO
Y CONTRA EL ESPÍRITU SANTO



I. Pecar contra el Padre es pecado de debilidad. Pecar contra el Hijo es
pecado de ignorancia. Pecar contra el Espíritu Santo es pecado de malicia.
En otros términos, se peca contra el Padre no tributándole lo que le es
debido por razón de su poder; contra el Hijo, cuando se desprecia su
sabiduría, que es su atributo; contra el Espíritu Santo cuando se ofende su
bondad, que es su atributo.


El pecado se comete de tres modos: por ignorancia, por pasión y por
libre decisión. Por ignorancia, cuando se desconoce aquello cuyo conocimiento
hubiese impedido el pecado, por lo cual la ignorancia es la causa en
este caso. Es el pecado contra el Hijo. Por pasión, cuando ésta obscurece el
juicio de la razón. Y esto es propiamente pecar por debilidad y contra el
Padre. Por libre decisión cuando el hombre, después de deliberar, elige el
pecado, no que él es vencido por la tentación, sino, porque el corazón está
corrompido, y le place el pecado en sí. Esto es pecar por malicia, que es el
pecado contra el Espíritu Santo.
(2. Dist. 43, q. I, a. 1)


II. En cuanto al pecado contra el Espíritu Santo, se asignan seis
especies, que se distinguen según el alejamiento o desprecio de las cosas que
pueden impedir al hombre la elección del pecado.
Estas cosas provienen, ya
de parte del juicio divino, ya de parte de sus dones, ya también de parte del
mismo pecado.

1º) El hombre se aparta de la elección del pecado o por consideración
al juicio divino o por la esperanza que despierta la consideración de la mise-
ricordia que perdona los pecados y premia las cosas buenas, la cual se
destruye por la desesperación; además por el temor, que surge al considerar
la justicia divina, que castiga los pecados, el cual se destruye por la presunción;
es decir, mientras uno presume que puede alcanzar la gloria sin
méritos y el perdón sin penitencia.



2º) Los dones de Dios, que nos retraen del pecado, son dos: uno es el
conocimiento de la verdad,
al que se opone la impugnación de la verdad
conocida, esto es, cuando uno combate la verdad conocida de la fe con el fin
de pecar más libremente;
otro es el auxilio de la gracia interior al que se
opone la envidia de la gracia fraterna; esto es, cuando uno no sólo envidia a
la persona del hermano sino también la gracia de Dios que se acrecienta en
el mundo.



3º) Con relación al pecado dos son las cosas que pueden retraer al
hombre de él:
una es el desorden y fealdad del acto, cuya consideración
suele producir en el hombre la penitencia del pecado cometido,
y a esto se
opone la impenitencia, que encierra el propósito de no arrepentirse.
Otra es
la pequeñez y brevedad del bien que se encuentra en el pecado,
como dice el
Apóstol: ¿Qué fruto tuvisteis entonces en aquellas cosas de que ahora os
avergonzáis?
(Rom 6, 21). La consideración de esto suele inducir al hombre
a que su voluntad no se afirme en el pecado,
lo cual se destruye por la
obstinación, cuando el hombre se aferra en su propósito de permanecer en
pecado.



(2ª 2ae, q. XIV, a. 2)
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