"Van creciendo de día en día el número de hombres y mujeres que, sea cual fuere el grupo o
la nación a que pertenecen, toman conciencia de que son los autores y promotores de la cultura de
su comunidad. Crece más y más en todo el mundo el sentido de la autonomía y al mismo tiempo de
la responsabilidad, lo cual es de capital importancia para la madurez espiritual y moral del género
humano. Eso aparece más claramente si ponemos ante nuestros ojos la unificación del mundo y el
deber que nos corresponde, es decir, el de construirlo mejor en la verdad y en la justicia. Somos
testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre se define por su sentido
de responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia". (Gaudium et spes, 55).
La concientización -palabra tan moderna- de la que nos habla la "Gaudium et spes", del
creciente número de hombres y mujeres, que se dan cuenta de que son ellos los autores y promo-
tores de la cultura, del progreso, y del bienestar de su comunidad, no parece responder, en manera
alguna, a la realidad histórica que estamos viviendo. Por el contrario, crece de día en día la confusión
reinante; crece la incertidumbre para el mañana; crece el temor justificado de que esa ola del
comunismo se siga extendiendo por todos los países, especialmente en esta nuestra América Latina,
sus dominios, anegando nuestras libertades, nuestra cultura, nuestra religión, nuestros intereses
todos. Esa es la unificación posible, que puede imponernos la más espantosa esclavitud a los países
latinoamericanos, cumpliendo el programa socializante que emana del Vaticano y que el P. Arrupe
y su milicia selecta está propagando intensamente.
Lo terrible del momento que estamos viviendo es esa falta de concientización de ese peligro; la cobardía
o las conveniencias humanas que temporalmente favorecen a los inconscientes y que paralizan las legítimas
defensas, la sutil astucia con que se justifican los atropellos a los mismos derechos naturales e inalienables,
que fueron proclamados por los mismos que están ahora comprometidos en la subversión. Ese nuevo
humanismo, que es una especie de divinización del hombre y de negación de Dios, es un humanismo clasista;
es un humanismo de masas; es un humanismo en el que la persona humana sucumbe en las garras del
Leviatán monstruoso.
Los padres conciliares no dejaron de ver el real peligro que ese humanismo proclamado por ellos podría
tener para la humanidad autónoma. "Cómo, preguntan, se podrá reconocer como legítima la autonomía
que la cultura reclama, sin que se caiga en un humanismo meramente terreno, más aún, contrario a la
religión" (Gaudium et spes, 56, 6). Y responden, estableciendo un pluralismo en las ideas y, en las
motivaciones y en las finalidades, que necesariamente tiene que culminar en una verdadera oposición
de actividades: "Los creyentes en Cristo, peregrinando hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar
las cosas de arriba (Col III, 1-2), lo cual en nada disminuye, antes bien acrecienta, la importancia de la
obligación que les incumbe de trabajar con los demás hombres en una construcción más humana del
mundo. En realidad, en los misterios de la fe cristiana habrán de descubrir importantes estímulos y ayudas
para cumplir valerosamente su misión, sobre todo el sentido pleno de las actividades, que señalan a la
cultura el puesto eminente que, en la vocación integral del hombre, le corresponde". (Gaudium et
spes, 57, 1). Y prueban los padres conciliares su peregrina afirmación: "El hombre, en efecto, -dicen-
cuando cultiva la tierra con sus manos o ayudándose de los recursos de la técnica y del arte para hacerla
producir sus frutos y convertirla en digna morada suya, y cuando conscientemente asume su papel en la
vida de los grupos sociales, sigue el plan de Dios, manifestado a la humanidad, al comienzo de los tiempos,
y así el hombre se educa a sí mismo; al mismo tiempo obedece al gran mandamiento de Cristo de entre-
garse al servicio de sus hermanos". (57, 2).
Desde luego, al hablar los padres de los "creyentes en Cristo", parecen unir una vez más a los católicos con
todos los herejes, que se llaman cristianos y que, si admiten, tal vez, la persona histórica de Cristo y reconocen
su vida portentosa, niegan, en cambio, la misma divinidad de Jesucristo. Esta unión, meramente nominal,
que hoy denominamos de cristianos; ese pluralismo de los que admiten o dicen admitir la persona de Cristo,
lejos de ser una verdadera unión, es una profunda e irreconciliable división, que no puede contribuir, como
suponen los padres del Vaticano II, a superar las antinomias de la cultura humana, ni para hacer así un mundo
más humano. Los misterios de la fe católica nos descubren, sí, importantes estímulos y ayudas para cumplir valerosamente nuestra misión, no tanto temporal, cuanto eterna; no para decirnos el sentido pleno de las actividades que señalan a la cultura el puesto eminente que, en la vocación integral del hombre, le corresponde, sino para jerarquizar los valores todos de la vida terrestre, en orden a nuestro fin último, en orden a nuestra eterna salvación.
CONTINUARÁ...pág 37