Examinando la realidad de la actividad humana, descubrimos, en el hombre, esa tendencia innata y necesaria a apoderarse de los bienes exteriores, de los cuales necesita para satisfacer sus necesidades, presentes y futuras, así como las necesidades y el constante mejoramiento de su vida y de la vida de sus familiares, conforme a lo que exige su propia naturaleza. A esas tendencias necesarias y naturales responde siempre un objeto que las satisfaga, ya que es Dios Creador el que puso esas tendencias en el hombre. De otra manera la naturaleza pondría un elemento de disociación y de ruina en los seres reales, y éstos no podrían conseguir sus fines propios. El mismo sistema comunista supone y tiene que aceptar esas tendencias naturales, ya que sin ellas carecería de sentido toda su actividad.
El objeto de esa tendencia es evidentemente el acto de poseer y usar los bienes exteriores. Sin su posesión y uso, esa tendencia natural no puede quedar satisfecha y la naturaleza tendría que quedar forzosamente como en un estado violento, que haría imposible el desarrollo normal de las actividades del hombre y el juego natural de la vida. La satisfacción de esa tendencia natural e incoercible es la primera razón, que funda el derecho de propiedad. Todo sistema, que tienda a destruir o a imposibilitar esa legítima y natural tendencia, tiende a disociar la naturaleza y a poner al hombre en circunstancias en las que no pueda realizar los imperativos de su misma naturaleza. Este es el primer grande error del comunismo: el querer ir contra una tendencia natural del hombre, contradiciéndola, nulificándola; y contradiciéndose a sí mismo, porque, si, por una parte, desconoce esa tendencia en el individuo, por otra, la acepta y presupone en la colectividad, como si la colectividad fuera algo distinto de la suma de los individuos.
No es sólo esta tendencia universal, innata, natural, que es necesario satisfacer, la que impone a la vida el libre ejercicio del derecho de propiedad. Júntase a esta exigencia de satisfacer sus necesidades, que tienen los hombres, la tangible realidad de que (fuera de los casos extraordinarios, en los que los ideales de orden religioso, moral, patriótico puedan elevar a algunos a las alturas del heroísmo o de la santidad) el único estímulo, para impulsar a los humanos al trabajo, es el aliciente de la posesión de los bienes, que necesitamos y que sólo podemos alcanzar con fatiga y esfuerzo. Nadie trabaja por trabajar; todo hombre ve, como término natural de su trabajo, la adquisición de lo que, en términos generales, se llama la riqueza. Quitemos este estímulo, y habremos destruido el resorte, que hace progresar a los individuos, a las familias y a los pueblos.
Una última razón, podemos todavía dar: la justicia misma (a la que tanto apela nuestro jesuita) la naturaleza misma de la justa distribución de los bienes materiales, exige el ejercicio del derecho de propiedad. El trabajo humano, como hemos dicho, tiene su retribución adecuada en la propiedad y posesión de los bienes exteriores. Al suprimir el derecho de propiedad privada, quitamos el único medio para que el trabajo humano consiga la íntegra retribución, a que tiende y aspira. Sin el uso exclusivo, sin el derecho exclusivo a usar en provecho propio el fruto de mi trabajo, mi trabajo no obtiene el valor íntegro e independiente, en su retribución justa. Supuesta la desigualdad objetiva de los hombres, en sus capacidades, en su dinamismo, en sus condiciones físicas y morales, la capacidad del trabajo no puede ser igual en todos, y, por lo mismo, tampoco puede ser igual la retribución correspondiente.
El comunismo y con él nuestro José Porfirio Miranda y de la Parra sostienen que la propiedad privada es un mal social y que, por lo tanto, el bien de la colectividad exige su plena y total abolición. Este nuevo sofisma es una simple demagogia. El mismo jesuita, en la primera página se contradice, cuando asegura sus "derechos de autor", de un libro, que nadie tratará de plagiar, porque nadie querrá hacer alarde de tanta insensatez. Para demostrar lo absurdo de tal afirmación, basta suponer las consecuencias que a la sociedad acarrearía la eliminación de la propiedad. Ya nadie tendría su propia casa; ni tendría abrigo, ni alimento, ni propia ocupación, ni aliciente para trabajar. Cualquier desconocido podría entrar en nuestras habitaciones y llevarse lo que le gustase o conviniese, ¿Sería posible la paz, el progreso, la convivencia humana?
Por otra parte, y sea ésta una última consideración para refutar la tesis comunista de José Porfirio, sin el derecho de propiedad, la libertad del hombre es imposible; todos seríamos esclavos de los "pocos" que detentan el poder.
Pero, José Porfirio Miranda y de la Parra no acepta estos argumentos, ni nos deja duda sobre su pensamiento, cuando escribe: "Compréndase bien que aquí no se trata de criticar los 'abusos' (de la propiedad), dejando a salvo "la cosa en sí", que es (dice el jesuita) una distinción frecuente, en los tratados conservadores, para defender el sistema. Aquí no se trata sólo de atacar la repartición, hoy vigente, de la propiedad, sino el derecho mismo de la propiedad diferenciante". "Propiedad diferenciante", propiedad que hace que no todos los hombres sean iguales, que no todos poseamos los mismos bienes. Pero, conviene recordar, José Porfirio, que no son los bienes naturales, las riquezas, los que nos hacen distintos; sino es la realidad humana, por la cual todos nacemos diferentes, y de esa natural diferencia viene la desigualdad económica, que tú atacas.
CONTINUARÁ...