Re: La NUEVA MISA, por Louis Salleron
Publié : lun. 29 nov. 2021 11:24
Con frecuencia me he preguntado cómo Solesmes, del cual se hubiera tenido que esperar la coronación de la restauración litúrgica iniciada por Dom Guéranger y proseguida por Pío X y Pío XII, pudo zozobrar con el Vaticano II para, finalmente, ponerse a la zaga de la burocracia vaticano-galicana que, mediante el saqueo de la liturgia, parece haber asumido la tarea de destruir la Iglesia. Dom Oury me da la respuesta en su prólogo: “Que estas páginas puedan ser de utilidad a los que creen que la Iglesia no puede desfallecer en su fe y que la asistencia del Espíritu Santo le ha sido prometida hasta la consumación de los siglos” 26. ¿Dónde coloca, pues, Dom Oury la fe de la Iglesia y su infalibilidad? Si leemos con atención, vemos que su respuesta se atiene a una serie de proposiciones que se encadenan unas con otras para constituir una
tesis que él considera irrefutable.
1º) La liturgia es “norma de expresión de la fe” (p. 42). “La enseñanza doctrinal y las fórmulas de la
liturgia están en conexión necesaria; por ser proclamación de la fe bajo forma de alabanza o bajo forma
de acción, la liturgia es el ejercicio del magisterio de la Iglesia” (p. 44). En una palabra, lex orandi, lex
credendi.
2º) En el conjunto de la liturgia hay que distinguir la liturgia romana. Se puede “considerar regla
que la autonomía doctrinal de un elemento de la liturgia se halla en dependencia muy particular con
respecto a la autoridad doctrinal que posee el que la ha compuesto, aprobado y promulgado: de allí la
situación privilegiada de la liturgia de la Iglesia romana” (p. 42). “...cuando se trata de realidades tan
esenciales, tan vitales para la Iglesia como la celebración de la Eucaristía, resulta imposible admitir que
se hayan deslizado en la liturgia de la Iglesia romana fórmulas de una teología imprecisa o equívoca” (p.
42). “Sea cual fuere la manera en que se enfoque la cuestión, está claro que la liturgia de la Iglesia
romana se halla en situación privilegiada en razón de haber sido aprobada y promulgada por una
autoridad que goza del carisma de la infalibilidad desde el momento en que imparte una enseñanza
constante (... ) la liturgia legítima26 de la Iglesia romana es, pues, una garantía, de la misma manera que
el ejercicio de su magisterio por la asistencia del Espíritu Santo y en las mismas condiciones para todo lo
que atañe al objeto mismo de la fe” (p. 44). En una palabra, lex credendi, lex orandi.
3º) En el caso de la Nueva Misa, nos hallamos en presencia de la liturgia legítima, y regularmente
promulgada, de la Iglesia romana. Así pues, todos los problemas se resuelven. Ayer estaba la misa de San
Pío V. Hoy está la misa de Paulo VI. Es nada más que un punto. La Iglesia no cambia.
¿Cuál es el punto fijo en todo eso? Evidentemente, Roma. La fe de la Iglesia era romana, siempre lo
es. La fe de Solesmes era romana, siempre lo es. Eso es lo que se llama fideísmo. Ya no se quiere ejercitar la
inteligencia: se "cree". El fideísmo de ayer consistía en creer en Dios, en Jesucristo, en las verdades
reveladas, sin preocuparse por los motivos de credibilidad o considerándolos ridículos, hasta inexistentes.
El nuevo fideísmo consiste en creer en Roma, en el Papa, en la Santa Sede, sin más preocupación, en cuanto
a lo que de ello surge, que justificar su forma y su fondo. Roma locuta est, causa finita. El
“fundamentalismo” pasa de los textos de la Sagrada Escritura a los del Vaticano.
En realidad, cada eslabón de la cadena demostrativa de Dom Oury debería ser objeto de distingos
infinitos. En cuanto a la cadena, cruje cada vez que se la toca. La Iglesia misma se ha preocupado mucho
por definir aquello que es infalible en su enseñanza. Para eso se necesita que el papa o el concilio tengan la
voluntad expresa de promulgar una verdad que compromete la infalibilidad de la Iglesia. Es algo rarísimo.
En los dos últimos siglos, si mencionamos la Inmaculada Concepción, la infalibilidad pontificia y la
Asunción, quizá los hayamos nombrado a todos. Luego nos internamos en la jerarquía sumamente sutil y
delicada de los actos del Magisterio. No se trata en absoluto de poner en duda el valor, ni la obediencia que
requieren normalmente. Pero nos hallamos en el dominio de la Ley, en el que la conciencia y la inteligencia
gozan de una libertad de ejercicio que, no por estar de suyo sometida a reglas es menos real, so pena de caer
en el fideísmo. Fuera del objeto de fe definido por la Iglesia, no hay criterio absoluto para detectar la verdad
y obligar a la obediencia. Querer obstaculizar tal o cual criterio para asegurarse de que se está dentro de la
fe de la Iglesia es idolatría. El nuevo fideísmo inclina a ese integrismo idólatra. Resulta temible porque si
hoy en día hay algo de lo cual “asegurar” a las mentes, éstas quedarían sin tener a qué recurrir el día en que
las formas exteriores de la Iglesia llegaran a desaparecer. ¿Quién nos asegura que mañana no lleguemos a
tener dos papas, o un papa no aceptado, o ningún papa, o un nuevo sistema de gobierno de la Iglesia? La “revolución de octubre” que fue el Vaticano II ya nos ha llevado bastante lejos para que no pensemos que todas las hipótesis son posibles.
CONTINUARÁ...
26. Pág. 8. La frase es equívoca pero, por supuesto, se la toma en el buen sentido.