Escuchen ahora lo que dice el Padre Garrigou Lagrange, a propósito del amor esencial de Dios:
"Hay necesariamente en Dios un acto completamente espiritual y eterno de amor al Bien con mayúsculas, y ese Bien, amado desde toda la eternidad, es el mismo Dios, la infinita perfección, la plenitud del ser, amado en todo lo que tiene de amable, infinitamente. Este amor no es un deseo o esperanza -Dios no desea ni espera nada porque ya lo tiene todo-, posee desde toda la eternidad el Bien con mayúsculas, el Bien supremo, y se deleita necesariamente en él sin poder separarse del mismo. Dios no es libre para dejar de amarse, porque Su voluntad es el Bien, en Él siempre actualmente amado. Este amor, por su profundidad y su intensidad, merece el nombre de celo, es como una llama ardiente eternamente subsistente -"Yahveh tu Dios es fuego abrasador, es un Dios celoso"-. En el amor con el que Dios se ama a Sí mismo, no hay la menor traza de egoísmo, la menor sombra de egoísmo. Su carácter esencial es el ser infinitamente santo. El egoísmo consiste en preferirse al Bien, ahora bien, Dios es el Bien mismo infinito, y amarse Dios a Sí mismo es lo que constituye Su propia santidad."
Miren ustedes, el amor a nosotros mismos, es el egoísmo, el amor desordenado, porque hay también un amor ordenado y ahora hablaremos de eso, pero el amor desordenado a nosotros mismos es el egoísmo, que es la base y el fundamento, dice Santo Tomás, de todos los pecados. Todos los pecados que cometemos, absolutamente todos, proceden en su raíz del egoísmo, porque nos preferimos a nosotros antes que dar gusto a Dios, y así nos damos el gustazo de pecar, por consiguiente, el egoísmo. Para nosotros, amarnos desordenadamente a nosotros mismos es el pecado número uno, el egoísmo, mientras que en Dios, amarse a Sí mismo infinitamente es el acto constitutivo de Su propia santidad. Lo que en nosotros es pecado, en Él es santidad, porque cuando Dios se ama a Sí mismo, ama el Bien infinito, y eso es la santidad. ¡Qué maravilla!
Por eso, qué estúpidos son, qué imbéciles esos filósofos cuando dicen barbaridades como: "¿Dios? Es el supremo egoísta, todo lo hace por su gloria". ¡No saben lo que dicen, por Dios bendito! Cuando en realidad se trata de la antítesis del egoísmo, lo contrario del egoísmo, la soberana generosidad, la infinita liberalidad, eso es Dios. Todo generosidad, todo para nosotros. Él no se busca para nada a Sí mismo, Él ya lo posee todo, Él se ama infinitamente a Sí mismo, y esa es Su santidad, pero no porque eso le reporte ninguna ventaja cuando nos ama a nosotros, lo hace por nuestro bien. Es el colmo de la generosidad.
"De manera que Dios se ama eterna e infinitamente a Sí mismo, y nada puede amar sino en orden a Sí mismo, y este exclusivismo, que entre nosotros sería un gran desorden y un gran pecado, puesto que somos la nada y el pecado, en Dios constituye por el contrario la esencia misma de Su infinita bondad, Su santidad, porque nada hay ni puede haber más santo y ordenado, que el amor infinito y exclusivo del sumo y eterno Bien, que se identifica con la esencia misma de Dios".
Esta doctrina sublime encierra para nosotros grandes y fecundas enseñanzas prácticas, qué duda cabe.
CONTINUARÁ... (15:35)