El plan del abad del Císter, de concierto con los principales obispos de Languedoc y de los países vecinos, era deshacer por completo la casa de Tolosa. Este plan era injusto e impolítico. Era injusto, porque si Ramón IV merecía su ruina, y era imposible fiarse de él en el porvenir, no ocurría lo mismo con su hijo, niño de doce años, que no era cómplice de los crímenes de su padre, ni incapaz de recibir una educación cristiana bajo una tutela desinteresada. Era impolítico, porque de esta manera se mezclaba a la cuestión religiosa, sobre la cual estaba de acuerdo la cristiandad, una cuestión de familia que pudiera dividir a aquélla; era también dar un color de ambición a una guerra emprendida por motivos más puros. Verdad es que el abad del Císter había tenido la rara felicidad de encontrar en el conde de Montfort un hombre formado expresamente para su plan, y tal vez no fue hasta después de haberle visto obrar cuando se le ocurrió la idea de aniquilar la casa de Tolosa. Pero las cualidades guerreras del conde de Montfort no eran para los súbditos y vasallos de aquella casa sino las cualidades de un enemigo, y el abad del Císter, que quería obrar con rapidez por miedo a no disponer siempre de las fuerzas necesarias a una cruzada, hubiese debido tener en cuenta que el tiempo, del cual desconfiaba, era necesario para sustituir en el gobierno de un país una familia vieja por una nueva; también hubiera debido tener en cuenta el temor de transformar una guerra católica en guerra personal entre los Ramón y los Montfort. El abuso que hizo de su autoridad para sostener un mal plan fue la causa de las culpas y violencias que quitaron a la Cruzada contra los Albigenses el carácter de santidad que desde otros puntos de vista poseía.
Inocencio III era un hombre distinto del abad del Císter. Ante todo ocupaba aquella silla privilegiada que, además de gozar de la ayuda eterna del Espíritu Santo, tiene la ventaja de ser extraña, por su misma excelsitud, a las pasiones que llegan a insinuarse hasta en la mejor de las causas. Mientras con demasiada frecuencia el celo inconsiderado quiere perder a los hombres juntamente con los errores, el papado se esforzó siempre por salvar a los hombres al matar los errores. Inocencio III no sentía deseo alguno de deshacer la casa de Tolosa; no llegó a desesperar de que el viejo conde Ramón volviese a los dignos sentimientos de sus padres. En las cartas de excomunión había previsto formalmente el caso de su arrepentimiento, y tan pronto tuvo noticia de los actos de San Gil se apresuró a obligar a que no tocasen sus tierras. Pero el Papa no tenía a nadie en Francia para secundarle en sus generosas intenciones; no pudo luchar contra la fuerza de los acontecimientos, y sus vanos esfuerzos únicamente sirvieron para honrar su memoria. El conde Ramón, al abandonar el sistema práctico que había adoptado al principio, contribuyó al triunfo de los enemigos de su familia, y fue preciso que una mano suprema interviniese para cambiar de repente el aspecto de las cosas.
Aunque Montfort quedó con poca gente, no dejó de avanzar, tomar ciudades, perderlas y volverlas a tomar, mientras el conde de Tolosa, tranquilo por su reconciliación con la Iglesia, no parecía inquietarse por la caída de sus aliados y vasallos. Pero un concilio celebrado en Avignon por los metropolitanos de Viena, Arles, Embrun y Aix, bajo la presidencia de los dos legados Hugo y Milón, vino a hacerle perder su seguridad. El concilio que se inauguró el 16 de septiembre de 1208, le dio un plazo de seis semanas para cumplir las promesas que había hecho en San Gil, y de no cumplirlas quedaría excomulgado. Ramón, al recibir estas noticias, salió para Roma. Admitido en audiencia por el Padre Santo, que le recibió con testimonio de afecto, se quejó del rigor de los legados para con él, presentó testimonios auténticos de varias iglesias a las que había indemnizado y se declaró preparado a cumplir el resto de sus juramentos pidiendo también justificarse de la muerte de Pedro de Castelnau y de las inteligencias con los herejes de que se le acusaba. El Papa le animó en estos sentimientos y ordenó se reuniese un nuevo concilio de obispos en Francia para hacerse cargo de su justificación, con esta cláusula expresa: que si era culpable, se reservaría la sentencia a la Santa Sede. Ramón, al salir de Roma, visitó la corte del emperador y la del rey de Francia con la esperanza de obtener alguna ayuda, pero sin éxito. Le fue preciso, pues, presentarse ante el concilio que tenía que juzgar su causa, y que debía tener lugar en San Gil hacia mediados de septiembre del año 1210. Quiso justificarse en él de las dos acusaciones de inteligencia con los herejes y complicidad en el asesinato de Pedro de Castelnau; el concilio rehusó escucharle sobre estos dos puntos, requiriéndole sencillamente a que cumpliese su palabra purgando sus dominios de herejes y de la mala gente que los llenaba. Sea que Ramón no pudiese dar satisfacción a esta exigencia o que no sintiese voluntad para ello, el caso es que volvió a Tolosa persuadido de que el artificio era inútil y que desde aquel momento nada tenía que esperar de ninguna parte, sino confiarlo todo a la suerte de las armas. El concilio se abstuvo, no obstante, de castigarle con la excomunión, porque el soberano Pontífice se había reservado la sentencia e Inocencio III se contentó con escribirle una carta urgente y afectuosa, en la que le exhortaba, sin amenaza alguna, a cumplir lo que había prometido. (Lib. XIII, carta LXXXVIII.)
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