Mucho había trabajado y predicado el glorioso apóstol en
gloria de Dios y bien de las almas; pero ¿en qué pararía toda su
obra no bien le llegase la muerte? Así como el divino Salvador
no murió ni fundó su Iglesia para solos los hebreos y contemporáneos,
sino para cuantos en todos los siglos y pueblos de la tierra
quisieran ser salvos, así el hijo de los Guzmanes quiso perpetuarse
por todos los tiempos y vivir a la vez en todo el orbe, predicando
el Evangelio a toda criatura. Al efecto atrajo a sí, como
Jesús a los doce Apóstoles, a doce hombres, animados del mismo
espíritu, y formó con ellos una familia religiosa apostólica, a fin
de que, muerto él, quedase siempre viva su familia, y sin interrupción
anunciara el reino de Dios a todos los pueblos. Eran estos
discípulos del gran apóstol: Manes, hermano suyo, Miguel Fabra,
Miguel Uceda, Gómez Suero, Pedro Madín, Juan de Navarra,
Domingo de Segovia, Lorenzo de Inglaterra, Pedro Celani, Mateo
de París, Bertrán de Garriga, Tomás de Tolosa, a los cuales se
agregaron Guillermo Claret, Esteban de Metz, Nadal, Tancredo,
el lego Otón, y en pos de estos otros muchos, a cientos y a miles,
que en aquel siglo y en los siguientes y hoy, hicieron y hacen
oír su voz en los confines de la tierra.
Para una institución de este género, nueva en la Iglesia de
Dios, porque no era simplemente monacal como las antiguas,
sino monacal y apostólica, necesitaba el Santo especial aprobación
de Roma; y a Roma, llevado de la Providencia, se encamina,
a pedir nada más que una bula y una bendición, pero según los
designios de Dios a manifestarse en el Tabor de su grandeza y
de su gloria. Allí sería el gran taumaturgo, arbitro de la vida y
de la muerte, gran Maestro que abriría cátedra en el mismo Palacio
del Papa, Consultor de un Concilio ecuménico, sostenedor de
la basílica de Letrán, fianza viva del perdón y prolongación de la
existencia del mundo.
El Papa, que lo era Inocencio III, le ve, le oye, le admira; pero
sus planes de renovación de los pueblos son tan grandes, tan
atrevidos, tan maravillosos, que no se atreve de pronto a aceptarlos.
Apela el Santo al mismo Cristo, fundador de la Iglesia y
Redentor de los mundos, y entonces se encarga el Cielo de señalar
al Papa, quién es Domingo y cuál sería su obra. Ve en sueños
Inocencio III que la basílica de Letrán, figura de la Iglesia
Católica, se inclina amenazando ruina y que el Santo español le
aplica el hombro, la endereza y la sostiene. En aquellos mismos
días en las calles de Roma se encuentran y se abrazan, sin antes
conocerse, Domingo y un extraño mendigo llamado Francisco de
Asís, que también andaba en deseos de otra bula que aprobara
su familia religiosa. Jamás en la tierra se habían conocido; pero
se habían visto la noche antes en el cielo, presentados como fiadores
por la Santísima Virgen al divino Juez que, armado de tres
lanzas, levantado con ira grande su brazo, tenía resuelto acabar
con el mundo, y lo contuvo su dulce Madre diciéndole que aquellos
dos siervos suyos harían que el mundo prevaricador se convirtiera.
Los milagros de Domingo, el sueño de la basílica que se
derrumbaba y el rumor de aquel peregrino abrazo hicieron mella
en el alma del Papa, y si bien no concedió entonces la bula deseada,
dio esperanzas diciendo al Santo que volviera a Francia,
reuniera a sus compañeros, adoptara una Regla de las conocidas
y aprobadas por la Santa Sede, y hecho esto, volviera a Roma en
espera de lo que tanto deseaba.
CONTINUARÁ...