"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

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InHocSignoVinces
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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#51 Message par InHocSignoVinces » dim. 13 janv. 2019 15:29

Antes de hacer esta definición dogmática sobre la infalibilidad del Supremo Magisterio de Pedro, el Concilio
Vaticano I (cap. IV) expone los invictos argumentos en que se funda, y demuestra que el Primado de Pedro
contiene la excelsa prerrogativa de la suprema potestad del Magisterio de la Iglesia Universal. ¿Cuáles son los
argumentos que sucintamente señala al Concilio? El concilio expone, en primer lugar, tres argumentos
tomados de la tradición: 1) Esta fue siempre la convicción firmísima y la práctica constante de la Sede
Romana: haec Sancta Sedes semper tenuit, 2) El uso perpetuo de la Iglesia Universal corrobora esta
verdad: perpetuus Ecclesiae usus comprobat. 3) y los mismos Concilios Ecuménicos (es decir la Iglesia
Universal), principalmente aquellos en los que el Oriente y el Occidente se unieron en la unidad de la fe y de la
caridad, así lo han enseñado: ipsaque oecumenica Concilla. . . declaraverunt. Después de estos argumentos,
el Concilio señala otro argumentos teológico, basado en el fin de esta prerrogativa.

Que esta haya sido la convicción firmísima de la Sede Romana y su práctica constante, lo comprueba el
Concilio con estas palabras: "para cumplir éste su oficio pastoral, nuestros predecesores, sin interrupción y sin
claudicación alguna, han siempre trabajado, para que la doctrina saludable de Cristo se propague en todos los
pueblos de la tierra, y con igual solicitud han vigilado para que, en donde ya dicha doctrina fue recibida, se
conserve pura y sincera. . ."
Y los Romanos Pontífices, según la condición de los tiempos y de las cosas lo
exigía, ya convocando los Concilios Ecuménicos o explorando el sentir de la Iglesia Universal, diseminada por
todo el mundo ya por los sínodos particulares, ya valiéndose de otros auxilios que la Providencia de Dios les
ofrecía, han definido siempre las cosas que hay que creer y que ellos, con el auxilio de Dios han conocido
como verdaderas, según las Sagradas Escrituras y las tradiciones apostólicas. Porque no les fue prometido el
Espíritu Santo a los sucesores de Pedro, para que con una nueva revelación enseñasen (la Iglesia) una nueva
doctrina, sino para que, con la asistencia del Espíritu Santo, guardasen incorrupta y fielmente enseñasen la
revelación que de los Apóstoles recibieron o sea el Depósito de nuestra Fe. Y, por eso, todos los venerables
Padres han abrazado y los Doctores ortodoxos han venerado y seguido la doctrina apostólica (de los sucesores
de Pedro), porque sabían perfectamente que esta Santa Sede de Pedro permanece siempre inmune de todo
error, según la divina promesa de Nuestro Salvador y Señor: "Ego rogavi pro te ut non deficiat fides tua et tu
aliquando conversus confirma fratres tuos".
(Yo he rogado por tí, para que tu fe no desfallezca; y tú, ya convertido,
confirma en esa fe a tus hermanos).


Siempre, desde los más remotos tiempos, los Romanos Pontífices han zanjado y dirimido las controversias,
que en cuestiones de fe han surgido en la Iglesia, y sus decisiones han sido aceptadas como definitivas. Al
pronunciar sus solemnes juicios, los Papas hablan como dotados de la prerrogativa de la infalibilidad, sin
protesta alguna de la Iglesia. Así, por ejemplo, ya a fines del siglo II, el Papa Víctor excomulgó a Teodoreto,
que negaba la divinidad de Jesucristo, y su sentencia fue tenida por definitiva... Ceferino, a principios del siglo
III, condenó al montanismo, desde entonces los montanistas fueron tenidos por expulsados de la Iglesia. Por
los años 220, los sabenianos son condenados por el Papa Calixto, y desde esa condenación la Iglesia los
consideró como herejes. Los Padres del Concilio Cartaginés y Miletivano decretaron que en la causa de los
pelagianos se había de recurrir, como se hizo, al Papa, para que diera su solución definitiva. Lo mismo
determinó San Cirilo de Alejandría en la causa de Nestorio.

El Papa Silvestre (325) presidió por sus legados el Concilio Niceno. Julio I (342) determinó que las causas de
los obispos se habían de juzgar en Roma. Dámaso, después del Sínodo de Arrímini, propuso una regla de fe a
los obispos orientales para que la suscribieran. Y Siricio (385) escribiendo a Himenio, Obispo de Tarragona
dice: "llevo la carga de todos o, por mejor decir, en mí la lleva el beato Apóstol Pedro, que, como esperamos,
nos protegerá en todo a los herederos de su administración".


SIGUE...
¡Dios mío, todo por amor a Vos, y para vuestra mayor gloria! Jesús y María, os amo y os adoro con toda mi alma y con todo mi corazón. ¡Tened piedad de mí!

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