Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)
Publié : mer. 30 janv. 2019 20:33
CAPÍTULO XI - Cuarto viaje de Domingo a Roma - Fundación de los conventos de san Sixto y de Santa Sabina - Milagros que acompañaron a estas dos fundaciones
Domingo no abandonó el Languedoc inmediatamente después de la dispersión de sus hijos. La prueba la tenemos en un tratado que concertó el 11 de septiembre siguiente respecto a los diezmos que Foulques le había concedido precedentemente. Se trataba de saber hasta dónde alcanzaba este derecho. Se convino no exigirlos a las parroquias cuya población fuese inferior a diez familias, y se eligieron árbitros para zanjar todas las dificultades que pudiesen surgir de allí en adelante. Hecho esto, Domingo cruzó los Alpes a pie, según era su costumbre. Le acompañaba únicamente Esteban de Metz. La Historia le pierde de vista hasta que llega a Milán, en donde le encuentra a las puertas de la Colegiata de San Nazario pidiendo hospitalidad a los canónigos. Estos le recibieron como uno de los suyos a causa del hábito canonical que vestía.
Su primer cuidado al llegar a Roma fue buscar un lugar conveniente para la fundación de un convento. Al pie meridional del Monte Celio, a lo largo de la vía Apia, frente a las gigantescas ruinas de las termas de Caracalla, se elevaba una antigua iglesia, dedicada a san Sixto II, Papa y mártir. Otros cinco Papas, mártires como él, reposaban a su lado en este sepulcro. En uno de los flancos de la iglesia, nuevamente reedificada, existía un claustro casi terminado. La profunda soledad de la iglesia y del claustro contrastaba con los recientes trabajos cuyas huellas se observaban en muchos sitios. Se adivinaba que un súbito acontecimiento había interrumpido la ejecución de un pensamiento. En efecto: fue la muerte de Inocencio III lo que había suspendido aquella renovación de un lugar antiguo y célebre. El claustro había sido destinado por él para reunir bajo una misma regla diversas religiosas que vivían en Roma con demasiada libertad. Domingo, que ignoraba esta circunstancia, se apresuró a pedir la iglesia y el monasterio al sumo Pontífice; Honorio III le hizo verbalmente la concesión.
En tres o cuatro meses Domingo reunió en san Sixto hasta unas cien religiosas. La fecundidad rápida y prodigiosa sucedía en él a la lentitud que siempre había caracterizado su destino. Aquel hombre, que no había comenzado su verdadera carrera hasta llegar a los treinta y cinco años y que había necesitado doce para formar dieciséis discípulos, los veía llegar ahora ante sí de la misma manera que las espigas maduras caen a la acción de la hoz del segador. No hay que extrañarse, pues, de esto, porque una ley de la gracia y de la naturaleza hace que la fuerza durante largo tiempo contenida obre con impetuosidad cuando llega a romper sus trabas o sus diques. Existe en todas las cosas un punto de madurez que hace que el éxito sea tan rápido como inevitable. San Sixto, colocado en el camino que seguían antiguamente los triunfadores romanos para ascender al Capitolio, fue testigo durante un año de escenas más maravillosas que los espectáculos a que habían acostumbrado a la vía Apia los generales romanos. En ningún sitio ni en ningún tiempo manifestó Domingo más la autoridad que Dios le había concedido sobre las almas, y nunca le obedeció la naturaleza con presteza tan respetuosa. Este fue el momento triunfal de su vida.
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