Este mismo milagro se renovó más tarde en circunstancias que hay que oír de la misma boca de los antiguos: “Cuando los religiosos habitaban aún junto a la iglesia de San Sixto, en número de cien, cierto día el bienaventurado Domingo ordenó a fray Juan de Calabria y a fray Alberto el Romano fuesen por la ciudad a buscar limosnas. Recorrieron inútilmente las calles desde la mañana hasta las tres de la tarde, hora en que volvieron el convento. Cuando ya estaban junto a la iglesia de San Anastasio encontraron una mujer que sentía una gran devoción por la Orden, la cual, al ver que nada llevaban, les dio un pan. “No quiero - les dijo - que volváis con las manos vacías”. Un poco más adelante encontraron a un hombre que les pidió limosna. Se excusaron diciéndole que nada tenían tampoco para ellos. Pero como el hombre insistiese, se dijeron uno al otro: “¿Para qué tenemos con un solo pan? Démoslo a este hombre por amor a Dios.” Le entregaron el pan, e inmediatamente le perdieron de vista. Al entrar en el convento, el piadoso Domingo, a quien el Espíritu Santo había revelado ya todo cuanto había sucedido, vino a su encuentro y les dijo alegremente: “Hijos míos, ¿No traéis nada?” “Nada, padre”, contestaron. Y le contaron todo cuanto había acaecido, y que el pan que llevaban lo habían dado a un pobre. Él entonces dijo: “era un ángel del Señor; el Señor sabrá alimentar bien a los tuyos; Vamos a orar.” entró en la iglesia, y saliendo al momento, dijo a los hermanos llamasen a la comunidad al refectorio. Los religiosos dijeron: “Padre santo, ¿Cómo queréis que les llamemos, si no hay nada que servir a la mesa?” Tardaron en cumplir la orden que habían recibido. Entonces el bienaventurado Domingo mandó llamar a fray Rogerio, encargado de la despensa, y le ordenó reuniese a todos para la comida, porque el Señor proveería a sus necesidades. Pusieron los manteles en las mesas, colocaron los vasos; y al dar la señal, Toda la comunidad entró en el refectorio. El bienaventurado padre pronunció las palabras de la bendición, y todos se sentaron: luego fray Enrique el Romano comenzó la lectura. Mientras tanto, el bienaventurado Domingo oraba con las manos juntas sobre la mesa, y de pronto, de acuerdo con lo que había prometido por inspiración del Espíritu Santo, dos bellos jóvenes, ministros de la Divina Providencia, entraron por medio del refectorio, llegando algunos panes en unas blancas alforjas que pendían de sus hombros. Comenzaron la distribución por las filas inferiores, uno por la derecha, el otro por la izquierda, dejando delante de cada cual un pan entero de admirable aspecto. Luego, al llegar al bienaventurado Domingo, depositaron ante él otro pan entero, inclinaron la cabeza y desaparecieron, sin que se haya sabido nunca de dónde vinieron ni a dónde fueron. El bienaventurado Domingo dijo, entonces: “Hermanos míos, comed el pan que el Señor os ha enviado.” después dijo a los hermanos que servían que trajeran el vino, y estos contestaron: “Padre santo, no queda.” entonces el bienaventurado Domingo, lleno de espíritu profético, les dijo: “Id al depósito y traed a vuestros hermanos el vino que el Señor les ha enviado.”Fueron, y encontraron el moyo lleno de vino hasta los bordes, un vino excelente que se apresuraron a llevar a la comunidad. Entonces el bienaventurado Domingo dijo: “bebed, hermanos míos, el vino que el Señor os ha enviado.” comieron y bebieron cuando quisieron aquel día, el siguiente y otro. Al terminar la comida del tercer día, hizo que diesen a los pobres cuánto pan y vino quedaba, no permitiendo que guardasen más en el convento. Durante aquellos tres días nadie salió a pedir limosna, porque el Señor había enviado pan y vino en abundancia. El bienaventurado padre dirigió a todos con tal ocasión un precioso discurso para que no desconfiasen jamás de la Divina Providencia, aún encontrándose en la mayor penuria. Fray Tancredo, prior del convento; fray Odón el Romaní, fray Enrique, del mismo lugar; fray Lorenzo, el de Inglaterra; fray Gaudión y fray Juan el Romano y muchos otros presenciaron este milagro, que contaron a sor Cecilia y demás religiosas que vivían aún en el monasterio de Santa María, a la otra parte del Tíber. Hasta les llevaron de aquel pan y de aquel vino, y las religiosas los conservaron durante largo tiempo como reliquias. Fray Alberto, a quien el bienaventurado Domingo había enviado a pedir limosna con un compañero, fue uno de los dos a quienes el bienaventurado Domingo predijo la muerte en Roma. El otro era fray Gregorio, hombre de gran belleza y de gracia perfecta. Fray Gregorio fue el primero que descansó en el Señor, después de haber recibido piadosamente los sacramentos. Tres días después, fray Alberto, también después de recibir los sacramentos piadosamente, salió de esta cárcel tenebrosa para elevarse al palacio del Cielo.” (Relato de sor Cecilia, n. 3.)
SIGUE...