Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)
Publié : dim. 13 janv. 2019 15:18
Desde el punto de vista administrativo, cada convento debería estar gobernado por un prior conventual; cada provincia, compuesta por cierto número de conventos, por un prior provincial; la Orden entera, por un jefe único que, más tarde recibió el nombre de Maestro General. La autoridad, descendiendo desde lo más elevado y unida al trono del mismo sumo Pontífice, debía fortalecer todos los grados de esta jerarquía, mientras la elección, remontándose desde abajo hasta la cumbre, mantendría entre la obediencia y el mando el espíritu de fraternidad. De esta manera brillaría sobre la frente de todo depositario del poder un doble signo: la elección de sus hermanos y la confirmación del poder superior. La elección del prior pertenecería a su convento; la del provincial, a la provincia, representada por los priores y un diputado de cada convento; y a la Orden entera, representada por los provinciales y dos diputados de cada provincia, correspondía la del Maestro General, y, por una progresión contraria, el Maestro General confirmaría al prior de la provincia, y este último al prior del convento. Todas las funciones eran temporales, excepto la suprema, a fin de que la Providencia y estabilidad se uniese a la emulación del cambio. A intervalos cortos se celebrarían capítulos generales, con objeto de equilibrar el poder del Maestro General; y los capítulos provinciales, el correspondiente al prior provincial; al prior conventual se le proporcionaba un consejo para que le ayudase en el desempeño de los deberes más importantes de su cargo. La experiencia ha probado la sabiduría de este modo de gobernar. Por este medio la Orden de Frailes Predicadores ha cumplido libremente sus destinos, preservada de la licencia lo mismo que de la opresión. El respeto sincero a la autoridad se alía con la franqueza y la naturalidad, que releva desde el primer momento al cristiano libertado del temor por medio del amor. La mayor parte de las Órdenes religiosas han sufrido reformas que las han dividido en distintas ramas: la de Predicadores indivisa por las vicisitudes de seis siglos de existencia. Ha visto crecer sus ramas vigorosas en todo el universo, sin que una sola se haya separado nunca del tronco que la ha nutrido.
Quedaba la cuestión de saber la manera cómo la Orden proveería a su subsistencia. Domingo, desde el primer día de su apostolado, había dejado esta cuestión al cuidado de la bondad de Dios. Había vivido de limosnas cotidianas y revertido sobre el monasterio de Prouille todas las liberalidades que superaban los límites de sus necesidades del momento. Al fin, después de haber visto crecer a su familia espiritual, fue cuando aceptó de Foulques la sexta parte de los diezmos de la diócesis de Tolosa, y del conde de Montfort la tierra de Cassanel. Pero todos sus recuerdos y todo su corazón estaban del lado de la pobreza. Veía demasiado bien las llagas que la opulencia había causado a la Iglesia para desear a su Orden otra riqueza que no fuera la de la virtud. Sin embargo, la Asamblea de Prouille confío al porvenir el definitivo establecimiento de la mendicidad. Domingo temía, sin duda, algún obstáculo por parte de Roma ante pensamiento tan atrevido, y prefirió reservar su ejecución a época que no fuese tan crítica.
Tales fueron las leyes fundamentales consagradas por los patriarcas del instituto dominicano. Comparándolas con las de los canónigos regulares Premonstratenses, se veía, a pesar de la diversidad de su objeto, semejanzas que atestiguaban que Domingo había estudiado cuidadosamente la obra de san Norberto. Es probable el Cabildo de Osma tuviera esta ocasión, y que la reforma premonstratense sirviera de modelo a la reforma de aquel cabildo.
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