CAPÍTULO VIII - Reunión de santo Domingo y sus discípulos en Nuestra Señora de Prouille - Regla y Constituciones de la Orden - Fundación del convento de San Román de Tolosa
Dios, durante la ausencia de Domingo, bendijo y multiplicó su rebaño. En vez de los seis discípulos que había dejado en Tolosa en casa de Pedro Cellani, encontró a su vuelta quince o dieciséis. Después de las cordialidades propias de la primera entrevista, los citó en Nuestra Señora de Prouille para deliberar, de acuerdo con las órdenes del Papa, sobre el asunto de la elección de una regla. Hasta entonces, es decir, hasta la primavera de 1216 su comunidad había tenido solamente una forma provisional e indeterminada, y Domingo se había ocupado más de obrar que de escribir, imitando a Jesucristo, que preparó a sus apóstoles para su misión por medio de la palabra y el ejemplo, pero no con reglamentos escritos. Pero había llegado la hora de crear la legislación de la familia dominicana; pues es preciso que las leyes secunden las costumbres, a fin de perpetuar la tradición. Domingo, que ya era padre, iba a convertirse en legislador. Después de haber sacado de su seno una generación de hombres parecidos a él iba a ocuparse de su fecundidad y armarlos contra el porvenir con la fuerza misteriosa que procura la duración. Si la perpetuación de una raza por la carne y por la sangre es una obra maestra de virtudes y de habilidad; si la fundación de los imperios es el primer grado del genio humano, ¿Qué no será establecer una sociedad puramente espiritual, que no debe su vida a los afectos de la naturaleza ni encarga su defensa a la espada y la coraza? Los antiguos legisladores, poseídos por sus deberes, asentaron las naciones, con un engaño que no tenía de ello más que la apariencia, sobre el pedestal de la Divinidad. Nacido en tiempo de Jesucristo, cuando la plenitud de la realidad había ocupado el lugar de las ruinas y las ficciones, Domingo no había tenido necesidad de engañar para ser verídico. Antes que atreverse a trazar una ley con sus manos mortales, había ido a ponerse a los pies del representante de Dios implorar de la más elevada paternidad visible la bendición, que es el germen de las largas posteridades. Retirado más tarde a su soledad, bajo la protección de aquella que fue su Madre sin cesar de ser Virgen, rogó a Dios ardientemente le comunicase una parte de aquel espíritu que ha procurado a la Iglesia Católica inquebrantables cimientos.
Dos hombres nacidos con un siglo de intervalo, san Agustín y san Benito, fueron en Occidente los patriarcas de la vida religiosa; pero ni uno ni otro se propuso el mismo fin que Domingo. San Agustín, recién convertido, se encerró en una casa de Tagaste, su ciudad natal, para dedicarse con algunos amigos al estudio y a la contemplación de las cosas divinas. Elevado más tarde al sacerdocio, se procuró en Hipona otro monasterio, que, como el primero, no era sino una reminiscencia de aquellos famosos institutos cenobíticos de Oriente, cuyos arquitectos fueron san Antonio y san Basilio. Cuando sucedió al anciano Valerio en la silla episcopal de Hipona, cambió su punto de vista, sin variar el ardiente amor que le conducía a encadenar su vida entre los lazos de la fraternidad. Abrió su casa al clero de Hipona, y formó con sus cooperadores una sola comunidad, siguiendo el ejemplo de san Atanasio y san Eusebio de Verielli, imitadores, a su vez, de los Apóstoles. Este monasterio episcopal fue el que sirvió de modelo y de punto de partida a los canónigos regulares, como el de Tagaste sirvió a los religiosos conocidos con el nombre de Ermitaños de san Agustín. En cuanto a san Benito, su obra era aún más manifiestamente extraña al fin que se proponía Domingo, pues no hizo sino resucitar la pura vida claustral, compartida entre el canto del coro y el trabajo manual.
Obligado a elegir por antepasado uno de aquellos dos grandes hombres, Domingo prefirió a san Agustín. Las razones de esto son fáciles de comprender. Aunque el ilustre Obispo no hubiese tenido la idea de instituir una Orden apostólica, había sido un apóstol y doctor y pasó sus días anunciando la palabra de Dios y defendiendo su integridad contra todos los herejes de su tiempo. ¿Bajo qué patrono más natural se podía colocar la naciente Orden de Frailes Predicadores? Para Domingo no era un patronato nuevo; durante largos años había formado parte del Cabildo regular de Osma, y las tradiciones de su pasada carrera concertaban al hacer esta elección con las conveniencias de su vocación actual. La regla de san Agustín, hay que tenerlo presente, reunía sobre las demás la ventaja inapreciable de ser la simple exposición de los deberes fundamentales de la vida religiosa. No se trazaba ninguna forma de gobierno; no se prescribía observancia alguna, excepto la comunidad de bienes, la oración, la frugalidad, la vigilancia de los religiosos en cuanto a sus sentidos, la mutua corrección de sus defectos, la obediencia al superior del monasterio y, por encima de todo, la caridad, cuyo nombre y unción llenan esas admirables y demasiado breves páginas. Domingo, al someterse a sus prescripciones, no aceptaba, pues, hablando con propiedad, sino el yugo de los consejos evangélicos: su pensamiento se encontraba bien en aquel cuadro hospitalario, esbozado por una mano que parecía haber intentado crear una ciudad en lugar de un claustro. En aquella ciudad común lo que faltaba construir, bajo la protección de sus viejas murallas, era el edificio de la Orden de Predicadores.
SIGUE...