La NUEVA MISA, por Louis Salleron

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Re: La NUEVA MISA, por Louis Salleron

#31 Message par InHocSignoVinces » dim. 20 oct. 2019 11:51

EL PENSAMIENTO DE PAULO VI


Pero, nos dirán: el papa actual, Paulo VI, ¿qué piensa de eso?

La cuestión es grave y merece examinarse.

Es verdad que el proceder de Paulo VI desconcierta a muchos. En un artículo de Etudes (julio-agosto 1967, p. 81), el P. Rouquette cuenta las palabras de un amigo romano, real o imaginario, según el cual "si bien las palabras de Paulo VI suelen ser advertencias contra los excesos de la reforma, la mayoría de sus decisiones van en el sentido de esa reforma". (Se trata de la reforma de la Iglesia en conjunto, no sólo de la reforma litúrgica.) Esas palabras corresponden a una impresión bastante general.

¿Qué pensar de eso?

Por mi parte, eso me inspira muchas cosas, bastante diversas, y necesitaría muchos matices para expresarlas correctamente.

En primer lugar, es preciso decir que es el papa quien reforma. El no va "en el sentido" de una reforma que le sería propuesta o impuesta. El mismo es el que reforma. El amigo romano del P. Rouquette piensa probablemente en la reforma conciliar, que el papa no tendría más que ejecutar. Pero la reforma conciliar es la del Concilio con el papa, es la de los textos votados por el Concilio y promulgados por el papa. El papa conduce la reforma de punta a punta. El es quien da el sentido de la reforma. No es que se acomode a ese sentido, que le sería indicado por intérpretes calificados a los cuales el papa debería someterse.

Entiendo bien que el amigo romano del P. Rouquette considera que el sentido de la reforma es el de "la mayoría", es decir, en última instancia, aquel que un inmenso aparato de presión entiende hacer prevalecer como la voz del pueblo de Dios y que, por ejemplo, en el terreno de la liturgia llevaría a la abolición total y definitiva del latín así como al trastrocamiento radical de la misa y, más generalmente, al rechazo de toda la tradición católica. El sentido de la reforma sería, en suma, la revolución.

Aquí la verdadera cuestión que se plantea no es saber si Paulo VI va o no en el sentido de la reforma querida por los innovadores, sino cuál es su pensamiento personal y sobre qué carriles se propone llevar a la Iglesia.

Esta cuestión se plantea, sobre todo, a propósito de la extensión de la lengua vernácula a toda la misa. He ahí una reforma que conforma el deseo de los innovadores, pero que contraría el espíritu y la letra de la Constitución sobre la liturgia. Ahora bien, el hecho es que Paulo VI no la ha impedido. Tácitamente, al menos, la ha aprobado, o sea, que en su soberanía pontificia ha abolido parcialmente un texto conciliar. No puede dudarse de su derecho. Pero lo paradójico de la situación es que en su actitud no se ve la plenitud del ejercicio de su derecho: lo que se ve, al contrario, es el triunfo de los reformadores que habrían sido bastante poderosos para someter la voluntad del Papa a su propia voluntad.


CONTINUARÁ...

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Re: La NUEVA MISA, por Louis Salleron

#32 Message par InHocSignoVinces » sam. 26 oct. 2019 20:31

¿El papa ha cedido? ¿O ha realizado una reforma que estaba decidido personalmente a realizar?

Esas preguntas nadie puede responderlas con certeza absoluta. Pero podemos hacer conjeturas. En primer lugar, en lo que me atañe, estoy convencido de que la voluntad del papa no se ha plegado ante ninguna otra voluntad. Esto no es más que una convicción personal, pero plena y total. El papa sabe lo que quiere, y ciertamente ha querido hacer lo que ha hecho.

¿Con qué fin? He ahí, más bien, algo sobre lo que podemos interrogarnos.


En seguida acude a la mente una primera hipótesis. El papa, sin estar de acuerdo personalmente con el abandono del latín y otras medidas revolucionarias del mismo género, estima que no ha llegado el momento de interrumpir una evolución postconciliar cuyos excesos y abusos denuncia por otra parte. Cánovas del Castillo definía la política como el arte de hacer posible lo necesario. Lo necesario no siempre es posible. Para que lo sea, a menudo es menester que los interesados tengan conciencia de ello, lo cual implica tiempo, desórdenes, fracasos. Como jefe responsable de esa gigantesca sociedad que es la Iglesia y que, a la vez que totalmente divina, es también humana, el papa, para gobernar, debe tener en cuenta leyes psicosociológicas que rigen a todos los grupos humanos. Tal vez estime, pues, que es necesario esperar para que un día llegue a ser posible lo que desde ahora es necesario.


La segunda hipótesis surge del temperamento democrático de Paulo VI. Sin hacer concesiones a los dogmas de la democracia —eso se descuenta—, no quiere mostrarse indiferente a las corrientes del número y de la opinión. Sin duda entiende también hacer asumir a las asambleas el sentido de su responsabilidad. Eso se ha visto, al parecer, con la misa normativa. El papa podría haberla prohibido desde el Concilio. Pero ha querido que el Sínodo tuviese la demostración de ello. Y el Sínodo vaciló.


La tercera hipótesis va mucho más lejos.


Jean Guitton se jacta de haber predicho, antes de la elección del cardenal Montini al trono de San Pedro, que si él hubiese sido el elegido habría tomado el nombre de Pablo, porque quería ser el apóstol de los gentiles. En sus Diálogos con Paulo VI, insiste largamente sobre la modernidad de Paulo VI:


“En él se propone al hombre moderno. Eso es extraordinario. Porque los papas, en tanto que guías y cabezas de la humanidad, no tienen la tarea de hacerse semejantes al hombre de su tiempo, sobre todo a ese hombre desconcertado que es el hombre de nuestra época (...)


“Los papas de estos últimos tiempos han podido amar y socorrer al hombre moderno: pero su sensibilidad profunda no se acordaba con la sensibilidad moderna. Pío XI era sólido, cuadrado, montañés; Pío XII tenía la firmeza romana, el ardor místico, el genio humanista: ¿sentía las cosas como un moderno? En cuanto a Juan XXIII, tan moderno en sus perspectivas, no era moderno en sus nervios y su sustancia. Su diario espiritual lo demuestra bien (...)


“No sucede lo mismo con Paulo VI: estamos en presencia de un temperamento moderno. Es la índole de muchos de nuestros pensadores, sobre todo de nuestros artistas: este papa no se contenta con pensar como nosotros, lo cual resulta fácil para una inteligencia, sino que siente, se angustia, sufre como nosotros. Desde este punto de vista, surge su semejanza con San Pablo. San Pablo tenía muchos rasgos de eso que se llama «la modernidad»: se regocijaba de sus debilidades, se confesaba desgarrado, tentado, débil, inseguro. Paulo VI lleva en su naturaleza esa semejanza con el hombre de este tiempo, en su aspiración y también en su tormento.


“Y con eso ya restaura, rehabilita ciertas maneras de pensar y de sentir que eran consideradas sospechosas (...) “Pero la ecumenicidad de la Iglesia Católica implica que permite a todos los temperamentos vivir en su seno y realizarse, así como Ella debe reunir a «todos los pueblos», así como ella reunirá un día a todas las Iglesias. Cada carácter es la imagen de un pueblo.”
(p. 133-134).


¿El retrato se asemeja? Nimis bene de me scripsisti, le dijo Paulo VI a Jean Guitton. En todo caso, encontramos quizás en la vocación paulina del papa el secreto de una audacia voluntaria para lanzar la semilla cristiana en tierra desconocida. Lo que en una primera hipótesis puede aparecérsenos como acto de gobierno, en otra hipótesis puede ser interpretado como puro acto de fe cuya temeridad parece un desafío a toda prudencia de gobierno.


CONTINUARÁ...
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Re: La NUEVA MISA, por Louis Salleron

#33 Message par InHocSignoVinces » sam. 02 nov. 2019 19:03

Se advertirá que la modernidad de Paulo VI, su voluntad de ir al encuentro de los gentiles, su ecumenismo, se vuelven a hallar en su gusto por el diálogo. Jean Guitton también se refiere a eso: "¡El diálogo de Paulo VI es mucho más que diálogo! En él esa palabra se convierte en palabra-espejo de todo, en un sol, un eje, un gozne, una fuente, un hogar, un misterio, una suma de pensamientos, un mundo de posibilidades. Su pontificado ya tiene un rótulo para la historia: suceda lo que sucediere, fracaso o éxito, el pontificado de Paulo VI será el pontificado de un papa que habrá intentado efectivamente dialogar con todos los hombres" (p, 196).


El diálogo, para lo cotidiano de la vida, supone habitualmente un mismo lenguaje común. Pero cuando se convierte en palabra-espejo de todo, sol, eje, gozne, fuente, hogar, misterio, suma de pensamientos, mundo de posibilidades, puede acomodarse a una diversidad de lenguas aun cuando él no lo postule, en que cada pueblo y cada individuo se siente más seguro de sí mismo si su palabra es la de sus orígenes. He ahí, sin duda, la razón por la cual Paulo VI hace prevalecer la diversidad sobre la unidad.


El 7 de marzo de 1965 Paulo VI declaró a los fieles agolpados en la plaza de San Pedro: "La Iglesia realiza un sacrificio al renunciar al latín, lengua sagrada, hermosa, expresiva, elegante. Ha sacrificado siglos de tradición y de unidad de lengua en aras de una aspiración cada vez mayor a la universalidad".


Ese "sacrificio", en el espíritu de Paulo VI, parece definitivo. Dio nuevamente una explicación de eso el 26 de noviembre de 1969 al presentar el nuevo rito de la misa: "Ya no será el latín, sino el lenguaje corriente, la lengua principal de la misa. Para todo aquel que conoce la belleza, la pujanza del latín, su aptitud para expresar las cosas sagradas, resultará por cierto un gran sacrificio verlo reemplazado por la lengua corriente. Perdemos la lengua de los siglos cristianos, nos convertimos en intrusos y profanos en el dominio literario de la expresión sagrada. Perdemos así gran parte de esa admirable e incomparable riqueza artística y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos razón, ciertamente, de experimentar por ello gran pena y casi una perturbación..."


Sus palabras son tan fuertes —deben releerse— que no podemos menos que hacer la pregunta: pero entonces, ¿por qué?


"La respuesta parece trivial y prosaica —dice Paulo VI— pero es buena porque es humana y apostólica. La comprensión de la plegaria es más preciosa que las vestiduras de seda con las que se adorna majestuosamente. Más preciosa es la participación del pueblo, de ese pueblo de hoy que quiere que se le hable claramente, de manera inteligible que pueda traducirse en su lenguaje profano. Si la noble lengua latina nos separaba de los niños, de los jóvenes, del mundo del trabajo y de los negocios, si era una pantalla opaca en lugar de ser un cristal transparente, ¿haríamos un buen cálculo, nosotros los pescadores de almas, conservándole la exclusividad en el lenguaje de la oración y de la religión?"


Por lo tanto, el argumento de la inteligibilidad (fuente de participación) es el que mueve a Paulo VI. Ya hemos dicho qué hay que pensar de eso, y qué pensó de eso la Iglesia durante largos siglos.


Observemos, sin embargo, dos puntos.


En primer lugar, con su manera siempre balanceada, Paulo VI declara, por una parte, que la lengua corriente reemplazará de ahora en adelante al latín en la misa, y, por la otra, que el latín ya no tendrá "la exclusividad" en la oración y en la religión. Se hace mal el cálculo acerca de la parte respectiva de las dos lenguas, aunque la voluntad pontificia no deje lugar a dudas: él quiere la lengua corriente.


En segundo lugar, el papa da su consigna en las alocuciones. Pero alocuciones no son decisiones. El papa indica una preferencia personal, pero no revoca como tiene derecho a hacerlo, la Constitución conciliar sobre la liturgia. Esta sigue siendo la ley, y la ley es necesariamente lo que priva. Por lo tanto, es dable esperar que se volverá a ella.


A CONTINUACIÓN... IMPORTANCIA DEL LATIN

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Re: La NUEVA MISA, por Louis Salleron

#34 Message par InHocSignoVinces » dim. 10 nov. 2019 11:56

IMPORTANCIA DEL LATIN


Se trata de una cuestión de extrema importancia en sí misma y de la cual dependen muchas otras. En octubre de 1967, durante el sínodo, hubo en Roma un "congreso de laicos". ¿De dónde venían esos laicos? ¿Quién les había dado representación? ¿Quién les pagaba el viaje? No lo sabemos. Su congreso, si hemos de creer a los periódicos, fue un hermoso espectáculo en el que la política y la revolución ocuparon más lugar que la religión. Pero hubo un momento —siempre según los periódicos— que fue emocionante en ese congreso: cuando los congresistas cantaron juntos el Credo. En medio del desorden de su acción y de sus palabras, volvieron a encontrar en eso la unidad, que era la unidad católica. Sin el Credo no habrían dado, de punta a punta, más espectáculo que la anarquía. Y bien, imaginemos un congreso semejante dentro de diez años: al ritmo actual de la "vernacularización", sólo tendremos la anarquía, ya que ningún congresista sabrá cantar el Credo en latín.


Tal es el beneficio (uno de los beneficios) y tal es la necesidad (una de las necesidades) del latín.


Por eso la observancia del latín (o del griego) parece imponerse prioritariamente para las grandes oraciones comunes: el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Sanctus, el Pater, el Agnus Dei. Rezadas o cantadas, esas oraciones deben saberlas todos los católicos, para que sobre toda la superficie de la tierra puedan reconocerse y sentirse en comunión en la misa.


Se toma en demasía la cuestión del latín como caso de gusto personal. No se trata de saber si unos preferimos oír la misa en latín y otros en francés. Se trata de saber qué cosa es mejor.


Algunos piden que en las parroquias haya misas en latín y misas en francés, con el fin de que cada uno pueda asistir a la misa de su gusto. No digo que, en las circunstancias actuales, esta fórmula no sea mejor que tener misas exclusivamente en francés (en contra de la Constitución litúrgica y en contra del deseo de muchos). Pero ésa no puede ser la solución válida que perdure: en efecto, sus inconvenientes son muchos. El principal sería, ante todo, el de reforzar el francés en las misas en francés. A los que quieren el latín se les diría: "Vayan ustedes a las misas en latín" y eso se aprovecharía para impulsar la "reforma" en el sector francés. En las mismas parroquias habría dos categorías de fieles, que correrían el riesgo de desconocerse y hasta de enfrentarse cada vez más, lo cual resultaría desastroso. Todos los fieles tienen derecho al latín, en todas las misas, y deben tenerlo, de acuerdo con la Constitución litúrgica. Además, las misas en latín serían la porción congrua: tal vez se diría una el domingo, una por semana. Eso crearía desde el principio un desequilibrio. Por diversas causas, muchos de los que quisieran asistir a ellas no podrían. Las misas de catecismo, las misas de los jóvenes se dirían en francés. En una palabra, después de unos meses, o de unos años, las escasas misas subsistentes en latín serían poco frecuentadas y ese hecho se consideraría como un plebiscito favorable al francés. "Ustedes quisieron la experiencia. ¡Y bien, miren el resultado! No hay más que tres docenas de retrógrados que van a la misa en latín. La inmensa mayoría, por no decir la unanimidad de los fieles, quiere la misa en francés".


No: no es ésa la solución correcta. La buena solución —y no hay más que una— es el respeto a la Constitución conciliar, es decir, no dar a las lenguas vernáculas más que "el lugar que conviene" y devolver al latín su primer lugar, sobre todo en las grandes oraciones comunes.


Me causa asombro que los católicos franceses no adviertan mejor la catástrofe que sería —que, por desgracia, quizás será— el abandono del latín. ¿No se dan cuenta de que la unidad católica se despedazaría por la supresión de la lengua común que constituye su símbolo a la vez que su expresión y su más firme sostén?


CONTINUARÁ...

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