"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#141 Message par InHocSignoVinces » ven. 07 juin 2019 21:27

"Un tercer punto se refiere al dogma del infierno eterno. Ha llegado a mí el eco de una opinión emitida por algunos, según la cual
podríamos con fundamento dar por hecho que el castigo eterno, con el que Dios amenaza a los pecadores no sería infligido
realmente a ninguno de ellos; porque la providencia misericordiosa de Dios no podría dejar de conducir a todos a la conversión y a
la salvación. Pero, ¿cómo podremos juzgar que las amenazas de un Dios de infinita Majestad no puedan tener un carácter tan
temible? ¿Nos atreveríamos a suprimir, en la descripción que el Divino Maestro hace del juicio final, la sentencia de condenación
lanzada contra los malvados? Si tal opinión se difundiera, se quitaría a los fieles la creencia saludable de los castigos divinos. Y, a
propósito de esto, debo también poneros en guardia contra otra opinión, que obtendría los mismos resultados. Nada nos autoriza a
suponer que la misericordia divina regularmente da, a la hora de la muerte, una luz y una fuerza espiritual tal, que los pecadores
no pueden dejar de convertirse, sin gran dificultad. Si así fuese, el Divino Salvador no hubiese multiplicado sus advertencias para
que no fuésemos sorprendidos por la llegada imprevista del Juez Eterno.

"Estoy seguro, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que no hay entre vosotros ninguno, que sostenga todo este conjunto
de opiniones, que he condenado en esta carta. Algunas habían comenzado a difundirse; otras tuvieron menos éxito. La mayoría de
vosotros no aceptasteis ni las unas ni las otras. Os habéis dado cuenta, porque así lo he dejado entender, que ciertas de mis
observaciones apuntaban menos a tesis formuladas sin ambigüedad, que a posiciones que podían ser mal interpretadas por
declaraciones hechas ambiguamente. No he hablado de todos los puntos tocados por la Encíclica 'HUMANI GENERIS'. Muchos
de esos puntos se refieren a opiniones, que, a lo que yo sé, no se encuentran en ninguno de la Compañía. Por esto, ordeno a los
Nuestros el conformarse en sus palabras y en sus escritos, a los juicios, que, sobre cuestiones doctrinales, yo he formulado en la
presente carta. No harán ninguna propaganda, ni pública ni privada, ni en la Compañía ni fuera de ella; ni sostendrán ninguna de
las opiniones desaprobadas, ni atacarán tampoco las que han sido propuestas, para que sean por todos seguidas. Sé muy bien,
mis Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que jamás ninguno de mis predecesores promulgó, en materia doctrinal,
prescripciones tan extensas. Pero, ninguno de ellos se vio en circunstancias como éstas, en las que una Encíclica papal hubiese
reprobado tantas opiniones peligrosas o erróneas, que amenazan con extender el contagio dentro de la Compañía. Y la mayor
parte de mis prescripciones no han hecho sino explicar las enseñanzas del Santo Padre, en sí o en sus inmediatas consecuencias,
para asegurar la sumisión que se le debe.

"Después de las graves medidas, que he tomado, en el curso de los meses precedentes, a las que hice alusión al empezar esta
carta, yo hubiera querido escribiros para consolaros y alentaros, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos. No he podido hacerlo.
En conciencia he tenido que enviaros una carta que necesariamente aviva y ahonda las heridas. Yo espero, sin embargo, que
sabréis interpretar la intención benevolente y paternal, que anima mi severidad. Quisiera deciros, como San Pablo, a sus queridos
corintios: "No os escribo estas líneas para avergonzaros, sino que os amonesto como a hijos queridos". Todavía una
advertencia dolorosa. Comprendo bien que la crisis actual tiene que ser muy dura para una parte notable de los Nuestros: para un
grupo de maestros, para sus amigos, para un grupo no pequeño de jóvenes sacerdotes y escolares. Pero, era mi deber ayudar a
conjurar, a cualquier costo, un mal, que os amenaza y que es más grave que vuestro sufrimiento. Este mal sería el dejar que, sin
combatirlo, subsistiese esa discrepancia entre el pensamiento de un grupo de los Nuestros y las normas doctrinales de la Santa
Iglesia. Esa discrepancia no dejaría de sobrevenir, más o menos conscientemente, a pesar del esfuerzo que se hiciese para no
reconocerlo, y envenenaría el alma. Tal mal. Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, ninguno de vosotros querría se
estableciese en él, ninguno desearía comunicar a otros, ninguno podría infligirlo a la Compañía. Debéis también pensar en la
reputación de la Compañía.

"Vosotros opondréis a este mal, la voluntad inconmovible de obedecer la Encíclica, sin permitir nada que pueda parecer una
resistencia o una negación a obedecerla. Os colocaréis deliberadamente y mantendréis en la siguiente disposición: Os empeñaréis
en no adheriros a las opiniones anteriores, en la manera de tratar ciertos pasajes de la Encíclica, como si buscaseis dificultades
para oponerle; sino, por el contrario, haréis resaltar sus opiniones, para tomar como puntos de partida, las enseñanzas del Papa,
según las exigencias, por las que las posiciones anteriores deben abandonarse o deben guardarse. Tal actitud exige espíritu de fe
y de humildad, pero está llena de verdadera grandeza y merece todo nuestro respeto. Si los que, entre vosotros, se sienten
dolorosamente lastimados por las advertencias del Santo Padre se saben aprovecharlas y guardarlas, el Señor podrá sacar de la
crisis actual grandes bienes. Sin duda alguna que El quiere hacerlo, pero es necesaria vuestra cooperación, que con la ayuda de la
gracia seguramente le daréis. Procurad también tener en vuestro corazón el seguir con gran fidelidad las prescripciones de nuestro
Instituto en lo que toca a la doctrina de la Compañía. No quisiera agobiaros, pero, icómo no hacer notar que si todos nuestros
profesores y escritores se hubiesen en ellas inspirado, no nos encontraríamos ahora en la situación que deploramos! Es verdad
que el camino, en el que la filosofía y la teología se enseñan, en los que se enfrentan a los problemas nuevos y difíciles, están
llenos de peligros. Esta no es, sin embargo, una razón para sustraerse a una labor, que se impone. La habéis abrazado y no dudo
que seguiréis abrazándola. Pero ésta debe ser una razón, para emprender esta tarea con los ojos fijos en las normas, en las que la
Compañía ha consignado los frutos de su larga experiencia. Siguiendo lo que nos dice San Ignacio, que nos ordena que, en
nuestras facultades se enseñe "la doctrina más segura, que goza en la Iglesia de más autoridad", el gobierno de la Compañía
ha insistido siempre en la seguridad y solidez de la doctrina. A esta insistencia debe responder en cada uno de los hijos de la
Compañía, el empeño de hacer que su pensamiento, su predicación, su enseñanza y sus escritos estén caracterizados por esta
seguridad y esta solidez, como de cierto aire de familia. Vosotros tenéis el sentimiento fundado, mis Reverendos Padres y
Carísimos Hermanos.

"Tenéis el fundado sentimiento. Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que el trabajo intelectual de vuestras Provincias está
muy lejos de llenar siquiera el déficit, que vosotros tenéis que desarrollar, en vuestras facultades filosóficas y teológicas, así como
en vuestras casas de escritores, con los valores convenientes. Estáis legítimamente orgullosos de vuestras revistas y de un gran
número de obras importantes, publicadas en vuestra Asistencia. Entre los valores, que habéis desarrollado y de los cuales la
Compañía os está agradecida, mencionaré yo mismo: la voluntad eficaz de dar a vuestro trabajo una alta calidad científica y
literaria; la preocupación de responder a las necesidades de la hora presente y al llamamiento de las almas de hoy día, la
elaboración de una teología viva, cuidadosa de estar en contacto con la Sagrada Escritura y con los escritos de los Padres. No
debéis renunciar a estos valores, sino que los continuaréis desenvolviendo al unísono de una aceptación perfecta de la
Encíclica 'HUMANI GENERIS'. Los desarrollaréis así, con gran humildad y modestia, preocupándose menos de estar pensando,
renovando o reformando, que en guardar, profundizar y, en la medida de vuestras fuerzas, de corregir y perfeccionar. Sin las
exageraciones del integrismo, debéis procurar que vuestros juicios y vuestras palabras se inspiren franca y filialmente en
el 'sentiré cum Ecclesia' (sentir con la Iglesia). Hasta en vuestro trabajo de investigación procuraréis estar en plena consonancia
con la Iglesia y os guardaréis de un esoterismo, que os ponga fuera de la gran corriente de filosofía y teología que ella aprueba.
Guardaréis en vosotros, como una expresión pura de vuestro espíritu eclesial, un sentimiento de gran veneración no solamente hacia
la persona del Vicario de Cristo N. S., sino también por la enseñanza, las órdenes y las directivas que, directa o indirectamente,
emanan de él. La Encíclica insiste, en diversas ocasiones sobre la sumisión a todos los actos de la Santa Sede. Debemos hacer un
punto de honor el no permitir a este respecto, ninguna tergiversación, ninguna actitud menos nítida, ya que pertenecemos a una
milicia espiritual, que su fundador quiso ligar con los vínculos más estrechos al Vicario de Cristo. Pero, sobre todo, haremos de
esta sumisión un asunto de fidelidad al Divino Rey, a quien estamos consagrados a su servicio y al de la Iglesia, su Esposa, en el
Romano Pontífice, su Vicario en la tierra". Es necesario, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que la crisis doctrinal que ha
comenzado entre vosotros, no tenga oportunidad de desenvolverse, sino que dé lugar a una rectificación incontestable y unánime.
Esta será una obra común: unos colaborarán en ella con su oración y su verdadera caridad; los otros la realizarán a fuerza de
oración y de valerosa sumisión. No sois vosotros los únicos interesados; la Compañía y la Iglesia también lo están, no solamente
porque se trata de vosotros, miembros para ellas muy queridos, sino también porque Dios quiere colmaros de dones, que
aseguren a vuestro pensamiento una gran irradiación. La Iglesia y la Compañía esperan mucho de vosotros. En cuanto a mí.
Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, los sacrificios que yo debo demandar de vosotros y que confiadamente espero de
vuestra generosidad, me unen a vosotros de una manera especial. Con instancia muy particular yo pido al Divino Salvador por
vosotros. Que El os conceda sus gracias proporcionales a la dificultad de la crisis, de la que El quiere que salgáis vencedores;
indisolublemente adheridos a la palabra de su Iglesia y de su Vicario, por los vínculos con que esta prueba os hará seguramente
más queridos a El.

"Me encomiendo en vuestros santos sacrificios y oraciones.
Roma, 11 de febrero de 1951.
Vuestro siervo en N. S. Jesucristo,
Juan Bautista Janssens,
Prepósito General de la Compañía de Jesús.



A CONTINUACIÓN... COMENTARIO DEL REV. P. SÁENZ Y ARRIAGA A LA IMPORTANTE CARTA DEL SUPERIOR DE LOS JESUITAS
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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#142 Message par InHocSignoVinces » sam. 08 juin 2019 20:00

COMENTARIO DEL REV. P. SÁENZ Y ARRIAGA A LA IMPORTANTE CARTA DEL SUPERIOR DE LOS JESUITAS


He aquí una carta, un documento importantísimo, que tiene un valor indiscutible para poder interpretar
debidamente la crisis de la Iglesia
no con insultos, ni ataques de locura o de cinismo sin escrúpulos, como
los de Reynoso y los servidores incondicionales o pagados que le están sirviendo, como Luis Ochoa Mancera
sino con hechos, con documentos innegables, que nos están demostrando que la crisis actual no nació en
el Concilio Vaticano II, en donde, por así decirlo, cuajó, se desarrolló, arraigó en las entrañas mismas de la
Iglesia
, sino que existía anteriormente, trabajando de una manera oculta y silenciosa, envenenando la mente
de los futuros sacerdotes de la Iglesia.
Los desórdenes de hoy encuentran su causa latente, pero ya en plena
actividad, hará tan sólo unos veinte años (*Nota: este libro del Rev. P. Sáenz y Arriaga fue publicado en 1973, luego nuestro autor estaba pensando en los primeros años de la década de los 50). La continuidad es evidente.

Quien lea serenamente este valioso documento del Prepósito General de la Compañía de Jesús y lo compare
con la Encíclica de Pío XII, la "HUMANI GENERIS", que le dio origen, no podrá menos de ver que el actual
progresismo, las fundamentales desviaciones de la Iglesia postconciliar y montiniana, la descomposición
interna de la Compañía de Jesús no son sino la lógica e inevitable consecuencia de una verdadera e internacional

conspiración, hecha partido, hecha ideología, hecha dinámica, que, dentro de la Iglesia, fue hábilmente preparada e introducida, por numerosas infiltraciones, escogidas, seleccionadas, habilísimamente dirigidas, en
la oscuridad de los conventos o casas religiosas, en los seminarios, en el clero regular y secular, en las
mismas jerarquías, que prepararon y están llevando adelante la crisis actual, que trae a la deriva la nave de
Pedro.


Y confirmo aquí lo que ya había indicado abiertamente en mi libro anterior "LA NUEVA IGLESIA
MONTINIANA":
en esta secreta subversión, yo culpo, en primer término a los jesuitas —no a todos, pero sí a
muchos, especialmente a los que están ahora en puestos de gobierno— de ser los principales responsables
de esta catástrofe, como lo fueron de otras muchas en tiempos pasados. No sin razón Paulo VI, el hombre
que, desde joven o desde niño, escogieron y prepararon cuidadosamente los enemigos, para el salto final de la
fortaleza, encontró, al subir al trono pontificio
, en el P. Arrupe y en sus dóciles hijos, los jesuitas de la "nueva
Ola"
, los colaboradores más hábiles, dinámicos y preparados, para la realización de su misión histórica: la
super-reforma de la Iglesia de Cristo.

Hay para mí una interrogante, que, desde aquellos tiempos conciliares, se planteó en mi conciencia, de modo
urgente e imperioso, al enterarme del inesperado nombramiento del actual Prepósito General de la Compañía
de Jesús, el M.R.P. Pedro Arrupe, S. J.: ¿Por qué los votos de los Padres Provinciales y de los electores se
acumularon para elegir como sucesor de San Ignacio, en un español, en un desconocido misionero del Japón?

Cierto que el P. Arrupe hacía sus viajes periódicos para recoger limosnas para sus obras misioneras. Con
ocasión de uno de estos viajes tuve el gusto de conocerlo, tratarlo y poner mi pequeña ayuda en la colecta
fructuosa que hizo en Puebla. Pero, las Provincias Españolas y, por concomitancia, las iberoamericanas no
gozan de gran prestigio entre sus hermanos de otros países. Porque, en primer lugar, aunque Iñigo de Loyola
logró reunir para la fundación de la nueva orden a varios españoles de nacimiento (no de raza); aunque el
mismo Iñigo de Loyola nació en Guipúzcoa (cualesquiera que hayan sido sus antecedentes familiares), no se puede
afirmar históricamente que la Compañía de Jesús haya nacido en España, ni tenga en su estructuración
rasgos característicamente españoles. La Nueva y reformadora obra ignaciana, fundada en París, tuvo, desde
sus orígenes, un carácter peculiarísimo: el Instituto de San Ignacio centró sus fuerzas en la misma Compañía,
sin tener en cuenta las nacionalidades, que por aquel entonces se iban fundando en Europa, y, en cierto modo,
supeditando la misma religión a la Orden y a sus intereses, su prestigio, su difusión e influencia entre los
prelados, los reyes, los que de algún modo pudieran favorecer el programa ambicioso de Iñigo de Loyola: LA
MAYOR GLORIA DE DIOS.

No sé si me equivoco, pero sospecho que esa elección obedeció a una consigna superior, a una indicación
de Juan B. Montini, que
, en el juego de su ajedrez mundial, necesitaba esa pieza, para poner en juego los
ejércitos subordinados de la Compañía de Jesús.


Pero, ahora no estamos hablando del P. Arrupe, sino de una Carta, que su antecesor inmediato, en el supremo
puesto de Prepósito General, el M.R.P. Juan B. Janssens, escribió a la "Asistencia" de Francia, a raíz de la
publicación de la "HUMANI GENERIS" de Pío XII. El documento es, como ya dije, de suma importancia porque
es revelador; porque, en su complicada dialéctica, aparece el estilo propio del gobierno de la Compañía, que,
si, en un momento dado, sacrifica a uno o varios de sus hijos, cuando así lo exigen las circunstancias o la
Mayor Gloria de Dios, deja hábilmente la puerta entreabierta, para rehacer lo que temporalmente había sido
destruido y seguir adelante en el programa preconcebido. Si el P. Janssens, obedeciendo a órdenes
superiores, se vio en la penosa necesidad de quitarles su cátedra a los pioneros de la "nueva teología"
, su
sucesor, el P. Arrupe, a pocos días de su nombramiento de supremo Superior de la Orden, en la primera
entrevista que, desde la novísima oficina de prensa, instalada por la Compañía, en la casa generalicia, tuvo la
satisfacción de restituir al "ejemplar" jesuita, P. Pierre Teilhard de Chardin, su prestigio, que, en mala hora, le
había quitado la odiosa Sagrada Congregación del Santo Oficio.
Los mismos teólogos, que el Santo Padre Pío
XII
había severamente amonestado, nada menos que con una Encíclica memorable, volvían ahora, gracias a
los "Signos de los Tiempos", a ocupar sus cátedras, a publicar sus libros con el "imprimatur" canónico y a
ser nombrados los sabios "expertos" del Vaticano II.

Empecemos, pues, por estudiar los puntos capitales de la Carta del P. Janssens:

CONTINUARÁ...
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El infame jesuita Padre Pedro Arrupe, de triste recuerdo. Este desgraciado personaje estaba de misionero en Japón cuando estalló la terrible bomba atómica de Hiroshima, y fue preservado de una muerte segura por un milagro de Dios. Y así es como le agradeció al Buen Dios Su misericordia: siendo nombrado por el siniestro Montini-Pablo 6 como Superior de los Jesuitas para destrozar por completo a la Compañía de Jesús y ayudar a la "autodemolición" de la Iglesia... Ciertamente, a uno le dan ganas de llorar amargamente ante tanto mal y tanta ingratitud. Miserere nobis, Domine !

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#143 Message par InHocSignoVinces » sam. 15 juin 2019 9:42

Empecemos, pues, por estudiar los puntos capitales de la Carta del P. Janssens:

(1). Nos da, en primer lugar, una breve síntesis del documento papal, al que va a referirse, en las inmediatas
referencias de la Encíclica a la Compañía de Jesús: "Se refiere la Encíclica —dice el P. General— "a un
movimiento de ideas muy complejo", "en el cual muchos de los Nuestros han tomado parte y algunos de ellos
han jugado un papel preponderante".
No deja de llamar la atención el ambiguo y confuso adjetivo, con que el
P. Janssens especifica y define el neomodernismo y sus numerosas e innegables herejías: "Movimiento de
ideas muy complejo".
Por lo visto, a juicio del P. General, no tuvo el Papa ni la ciencia, ni la visión, ni la
asistencia divina necesaria, para desenredar la madeja y separar el trigo de la paja. ¿Podemos llamar "movimiento complejo" a ese conjunto de gravísimos errores, que pretenden destruir toda la doctrina católica y las bases mismas de toda religión?

(2). Admite el P. Janssens que, en ese "movimiento", varios jesuitas, (no pocos por cierto), habían tomado parte
y "algunos, parte preponderante". Por eso, por disciplina, no por motivos ideológicos, él se había visto
obligado a separar de la enseñanza a muchos profesores de teología y filosofía, "operarios fervorosos,
dotados de un talento indiscutible".
Estas palabras del Superior General de la Compañía son sencillamente
incomprensibles, absurdas e inadmisibles; porque, en el fondo, están acusando al Papa; están defendiendo y
aceptando los errores gravísimos, condenados por el Sumo Pontífice y por los cuales obligó al P. General a
separar de sus cátedras a tan eximios profesores
, "dotados de un talento indiscutible". Si fuera tan
"indiscutible" su talento, el Papa no tuvo la prudencia, ni la caridad necesaria, para quitar a esos privilegiados
jesuitas la enseñanza de la ciencia dogmática de la Iglesia. ¿Es un talento "indiscutible" el que se pone al servicio de la herejía?

(3). El P. General ha participado del sufrimiento de los afectados por sus disposiciones disciplinares, que él no
hubiera impuesto, si el Santo Padre, tal vez no tan enterado, tal vez no tan comprensivo, no hubiese visto en
la "nueva teología" "algunas falsas opiniones, que amenazan destruir los fundamentos mismos de la fe
católica".


(4). Tenga o no tenga razón el Papa, los jesuitas deben aceptar, con espíritu de fe, estas advertencias del
Vicario de N. S. Jesucristo. Pero, yo pienso que la "HUMANI GENERIS" no es tan sólo una advertencia, sino
un documento del Supremo Magisterio, que, cumpliendo sus altísimos deberes, condena concretamente los
errores, que destruyen la integridad de la fe y los fundamentos mismos de toda religión. La Encíclica impone
una completa aceptación de los jesuitas afectados por ella, en su pensamiento, en sus enseñanzas, en sus
escritos. ¿Es posible ese cambio profundo, cuando están arraigadas las convicciones contrarias, cuando, por
largos años, se había impartido en las clases y defendido en los escritos, por tantos miembros de la Compañía
de Jesús, las tesis expresamente condenadas por la "HUMANI GENERIS"? El mismo P. Janssens admite
que "la presencia del remedio -que la Encíclica ofrece— no es todavía la curación". Si la historia de la Iglesia
nos enseña que "la enseñanza del Magisterio no ha podido reprimir, sino lentamente y con dificultad, las
desviaciones doctrinales, que quería eliminar"
; ¡con cuánta mayor razón se arraigarán y difundirán esas
desviaciones, cuando calla la voz del Magisterio, cuando las censuras y anatemas de la Iglesia han sido
suprimidas, para todos los herejes, no para los que defienden la fe tradicional de veinte siglos!


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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#144 Message par InHocSignoVinces » sam. 15 juin 2019 16:05

(5). "La única actitud que nos conviene —dice el P. General a sus hijos— es, a no dudarlo, la de someternos
perfectamente". "Entre la rebeldía deliberada y la perfecta obediencia, hay lugar a posiciones medias, en las
cuales fácilmente se puede rebasar la norma impuesta".
A mi modo de ver, esta advertencia puede ser
tendenciosa; puede sugerir a los dóciles jesuitas, posibles escapatorias, que, dando tiempo al tiempo, hagan
que esas ideas
, condenadas por Pío XII, resurjan de nuevo y se impongan en la conciencia católica. Así, en realidad, ha ocurrido; y los entonces postergados se impusieron en los pontificados de Juan XXIII, Paulo VI y
en el Concilio Pastoral Vaticano II. El caso de Teilhard y Danielou son sintomáticos, son elocuentes, son
reveladores.


Entre el "sí" y el "no", entre el ser y no ser, no hay términos medios; y más cuando se trata de las doctrinas de la fe. Se puede simular una perfecta obediencia, como lo hizo Teilhard, pero esa "pausa" en el drama no es una retractación, ni una afirmación de la verdad. Esta es, tan sólo, un ardid jesuita, para eludir la amenaza pontificia, que ya pesaba sobre la Orden.

(6). ¿A dónde se llega entonces? —pregunta el Prepósito General. "Se llega, sin tener clara conciencia, a
querer conciliar las cosas irreconciliables".
"Por ese camino
—continúa el P. Janssens— se llega a someter los textos del Magisterio a una exégesis, que desvirtúa el sentido del mismo; a aplicarle distinciones arbitrarias; a
hacerse sordos a las exigencias del Magisterio; a atribuirle a la autoridad la intención de dar a esas opiniones
un sentido más avanzado del que, en realidad, tienen".
Todos estos subterfugios son el "NO" decidido a la
Encíclica. Y debemos notar que los dichos y escritos de los neomodernistas de la Compañía habían sido
estudiados minuciosamente por los más selectos teólogos del equipo del Santo Oficio. La Encíclica, por otra
parte, no admite interpretaciones aproximadas y falaces, y debe —como dice el P. General— "tener una
interpretación, según las reglas aprobadas, que los mejores teólogos aplican a esta clase de documentos".


(7). Admite el P. Janssens la posibilidad de una falsa actitud, dada la propensión de la naturaleza humana a
engañarse, a persuadirse que está obedeciendo plenamente, cuando, en realidad, se está buscando una
evasiva. Una serie de hechos le habían enseñado a su Paternidad que tal insistencia es oportuna y necesaria.
Muchos de los jesuitas afectados por la Encíclica, buscaban su defensa, más bien que el ofrecer su absoluta y
completa sumisión. Pero, esta defensa no era oportuna; había que dar, como ya dije, tiempo al tiempo; dejar
que el Papa muriera, para
imponer después, en un Concilio Pastoral, la reforma total de la doctrina, de la moral, de la liturgia y de la disciplina de la Iglesia.

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El hereje y apóstata Teilhard de Chardin

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#145 Message par InHocSignoVinces » ven. 21 juin 2019 12:57

(8 ). Porque el punto central y decisivo de la "HUMANI GENERIS" es la condenación que hace Su Santidad del
así llamado "relativismo teológico"; no tan sólo del relativismo extremo de los protestantes liberales, sino del
relativismo moderado. En general, se llama relativismo la doctrina que niega a la verdad un carácter absoluto.
Mas, para no engañarnos acerca del verdadero punto de vista, en que se colocan las teorías relativistas, hoy
tan en boga, será bien notar, desde luego, que la palabra "relativo", que entra aquí en juego, no se toma en su
sentido original: "lo que es elemento de una relación" o lo que no es del todo absoluto, sino que puede o
debe ser concebido en relación con otros. Lo más ordinario, es tomar la palabra en el sentido derivado de
"variable", no constante, no inmutable, y aun se extrema esta significación, haciendo de lo que no es del todo y
con todos los aspectos absoluto, una simple y mera variabilidad. El fundamento para esta acepción no deja de
ser real en parte, ya que el ser enteramente absoluto es también absolutamente inmutable; y todo ser finito
dice algún respecto a otros; mas, la extensión absoluta y sin términos medios de estos caracteres a las
denominaciones de "absoluto" y "relativo", ultra de ser una flagrante falta al método relativista, es ocasión de
frecuentes y muy lamentables confusiones, en cuestiones de suma trascendencia; y, desde luego, es sensible
la facilidad con que se pasa de una a otra de estas significaciones, sin motivo suficiente, con positivo
detrimento de la investigación filosófica, que se mueve así en el campo de la vaguedad e indecisión.

Como ya lo dije antes, la reforma proyectada por el progresismo y todos sus secuaces exigía echar por tierra el
muro de lo absoluto e inmutable de nuestros dogmas y dar a los documentos intangibles del Magisterio un
valor inestable y relativo. "Los misterios de la fe no pueden nunca ser expresados por nociones
adecuadamente verdaderas, sino sólo por nociones aproximadas, que pueden siempre cambiar, que
indican en cierta medida la verdad, mas, sujeta, a sufrir necesariamente una deformación".
Aquí
tenemos ya la piqueta poderosa para llevar a término la "autodemolición" de la Iglesia. Admitida esa
inestabilidad, esa variable significación de la Verdad Revelada, la doctrina evangélica está sujeta constantemente a
nuevas y, tal vez, opuestas significaciones. Los golpes más certeros estaban dirigidos en contra de las definiciones
dogmáticas del Vaticano I y del Concilio de Trento.

Este relativismo teológico es una lógica consecuencia del "aggiornamento" y del "ecumenismo". Para hacer
comprensibles los misterios de la fe al mundo frívolo, mudable e irreflexivo de nuestros días, era necesario —
pensaban ellos— expresarlos en el lenguaje de las filosofías contemporáneas, como si las cosas invariables
de la teología —un absoluto de afirmación y de contenido— necesariamente debieran expresarse en las
concepciones contingentes.
"Una verdad inmutable no puede mantenerse, cuando el espíritu humano ha
evolucionado, gracias a una evolución simultánea y proporcional que quiere expresarse".
Por otra parte, el
movimiento "ecuménico", nota característica de los dos últimos Papas y su Concilio: la suspirada unión de
todas las religiones no podía alcanzar sus objetivos sino dando esta flexibilidad, esa posibilidad de cambio a
los misterios de la fe, que hasta ahora habíamos sostenido como algo absoluto e inmutable.

(9). "Paralelamente, para no apartarnos de la enseñanza del Jefe de la Iglesia, —prosigue el P.
Janssens- sobre el valor de la razón en el campo de la filosofía, hay que guardarnos de hablar como si la idea
de un doctrina filosófica, capaz de integrar en sí las adquisiciones eternas de todas las otras filosofías,
implicase una contradicción y como si la expresión más completa de la verdad filosófica debiera
necesariamente encontrarse en una serie de doctrinas, entre sí complementarias y convergentes, a pesar de
sus diferencias, incluso de sus oposiciones sistemáticas".
He aquí el relativismo en el orden filosófico. La
verdad no existe; la verdad es la suma de las verdades complementarias y convergentes, incluso de
oposiciones sistemáticas; la verdad tiene su expresión más apropiada en las doctrinas disímiles, que
necesariamente se complementan, aunque se opongan las unas con las otras.


Contra esta variante constante de la verdad, la Encíclica se pronuncia defendiendo la posibilidad de una
metafísica absolutamente verdadera.


(10). Si no existiese esta metafísica absolutamente verdadera, si nuestra inteligencia no tuviese los principios
absolutos y evidentes para establecer con ellos el andamiaje firme de nuestros más seguros y progresivos
raciocinios, la verdad sería sencillamente inaccesible para nosotros. Ni la existencia de Dios, ni el hecho
histórico de la Revelación Divina, ni las pruebas apodícticas de la Verdad Revelada estarían nunca al alcance
de nuestras facultades naturales y, por lo mismo, las credenciales de la credibilidad de nuestra fe católica, no
podrían estar en nuestro poder, para ofrecer a Dios el "obsequium rationabile", de que habla San Pablo, de
la humilde y rendida aceptación de los misterios que El nos ha revelado y que corresponden al origen divino de
la religión cristiana.

Existen, a no dudarlo, dominios comunes a la religión y a la filosofía: son principalmente los problemas morales
y metafísicos
; de aquí la necesidad de aplicar un criterio de distinción formal entre el contenido de ambos. Sin
embargo, la verdadera filosofía no puede entrar en conflicto con la religión; ni las verdades superracionales
pueden ser demostradas a la manera de las leyes científicas, ni la razón carece de fuerza para llegar
naturalmente a la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la creación del mundo, el hecho histórico de la
Divina Revelación y las pruebas irrecusables y fehacientes, que confirman y prueban la verdad de los
testimonios claros de Jesucristo y de los demás portadores del mensaje divino.
En aquellos problemas, que
son del dominio común de la religión y de la filosofía, ambas se complementan; la religión no puede ni debe
convertirse en filosofía, y paralelamente la filosofía no puede suplir a la religión. Explica la religión por qué hay
problemas en la filosofía, que necesitan una confirmación más allá de la experiencia y de la reflexión individual;
la filosofía, a su vez, descubre las razones y etapas del desarrollo de las ideas religiosas; a esta finalidad
responde la psicología, historia y filosofía de la religión. Debemos, sin embargo, notar que en este campo,
además de los límites todavía muy vagos e imprecisos, que suelen caracterizar estos estudios, hay el
grandísimo peligro de incurrir en gravísimos errores, al querer racionalizar nuestra fe, a la tenue luz de la
inteligencia humana.


Históricamente encontramos épocas y pueblos en los que, por su cultura especial, la filosofía aparece anulada
por el interés práctico y las creencias religiosas. Así ocurre en casi todos los países del antiguo Oriente. El
último período de la filosofía griega está también caracterizado por el predominio de los problemas religiosos.
La filosofía patrística se propuso como principal misión utilizar la filosofía pagana en la fundamentación y
defensa del cristianismo. Pero, no debemos olvidar que en esa filosofía pagana están los fundamentos de
nuestra civilización y de nuestra cultura, ya que esa filosofía supone escalar las más altas cumbres del
pensamiento humano. La edad media continúa la obra de los Santos Padres. Sabemos cuan ardua fue en
aquellos tiempos la polémica alrededor del problema de las relaciones entre la filosofía y la teología. La
escolástica ensayó todas las fórmulas, llegando a la distinción de los dominios: el del saber, por los medios
naturales del conocimiento y el de la fe, por la autoridad divina, y esta diferencia de base justifica el
aforismo "Philosophia, ancilla Theologiae", la filosofía es la sierva de la teología, porque, además de que la
teología nos enseña verdades sobrenaturales, que están por encima de las capacidades de nuestros
conocimientos naturales, la filosofía, guiada por la luz de la Divina Revelación, de la Sagrada Escritura, de la
Tradición y del Magisterio, procura ahondar en los recónditos sentidos de la Verdad Revelada. Ningún filósofo
ha conseguido unir entre sí ambos conocimientos con el acierto de Santo Tomás de Aquino, quien afirma que
la fe presupone el conocimiento natural y que la revelación confirma y robustece las verdades demostradas por
la razón humana. Filosofía y Teología se distinguen por su objeto y por su método, considerando que la
filosofía sirve para demostrar ciertas verdades preliminares a la fe, para aclarar por analogía ciertas
enseñanzas dogmáticas y para combatir las enseñanzas contrarias a la religión.

Las condiciones políticas y culturales, con que empieza la época moderna, favorecen la separación de la
religión y de la filosofía. Un número considerable de pensadores sigue aceptando las fórmulas antiguas, pero
el movimiento naturalista llamado del "iluminismo" (engendro monstruoso de las logias y de las sectas) continúa la obra de la contraposición, que culmina en la Enciclopedia, hasta llegar a las increíbles desviaciones del
neomodernismo y del relativismo teológico. El siglo XIX se caracteriza por una posición agnóstica del problema
religioso, dedicando los teólogos su labor a combatir todas las derivaciones del racionalismo religioso y de la
incredulidad positivista. En el siglo XX, después de la muerte de San Pío X, y aún antes de ella, los errores de
la falsa filosofía habían logrado infiltrarse en la Iglesia
. Y fue Maritain, el amigo de Paulo VI, el enemigo más potente, que, simulando catolicismo, enseñó la destrucción del catolicismo, al querer emancipar la religión de la vida, quien, en gran parte, colaboró a esta revolución, en que nos encontramos.

El Problema metafísico es el problema más esencial y característico de la filosofía: "Filosofía primera" la llamó
Aristóteles, que la definía ciencia del ser como tal ser, y de los principios y causas últimas del ser, en oposición
a la filosofía segunda, o física. Objeto de la filosofía primera es el ser inmutable. Esta denominación, hoy poco
usada, se corresponde con la acepción de la metafísica, opuesta a la fenomenología, como la investigación
sobre la esencia, origen y finalidad, se opone a la que versa sobre los hechos o fenómenos naturales, sus
leyes y causas próximas. Por eso, en su Encíclica, Pío XII exige, como punto de partida para todo
conocimiento humano y como base de nuestros mismos conocimientos religiosos, la metafísica, absoluta e
inmutable, como la verdad en que se funda.

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Un afeminado y joven Maritain, el odioso filósofo que tanto daño hizo a la Iglesia Católica.

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Maritain y Montini-Pablo 6, dos repugnantes homosexuales -¿quién sabe si alguna vez fueron pareja?- y amigos íntimos que se conjuraron para asestar un mortífero golpe letal a Ntra. Santa Madre la Iglesia. Se trata, sin duda, de la rebelión y la venganza, si se me permite la expresión, de los despreciables hijos de Sodoma.

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#146 Message par InHocSignoVinces » sam. 22 juin 2019 17:00

(11). Es, pues, punto esencial de la fe cristiana la índole racional de su credibilidad, sobre la cual ella se funda.
Probada la existencia de Dios, el Ser necesario, probada la contingencia y la creación de todo cuanto existe
fuera de Dios, probada la inmortalidad y la espiritualidad del alma humana, probado el hecho histórico de la
Divina Revelación y las pruebas irrecusables que lo demuestran, el hombre, obra de Dios, dependiente por su
esencia de Dios en el ser y en el obrar, recibe humildemente, con certeza absoluta, esas verdades reveladas,
como verdades dichas por Dios, que no puede engañarse, ni engañarnos.

En punto tan delicado, conviene tener las ideas muy claras para no confundir los motivos de credibilidad con la
misma fe, con que nosotros aceptamos como verdades reveladas por Dios, los misterios de nuestra religión.
Los motivos de credibilidad son verdades al alcance de nuestras facultades humanas cognoscitivas. Es falsa,
como dice la Encíclica, "esa necesidad absoluta de una iluminación sobrenatural para probar el hecho de la
Revelación".
La "apologética", no está superada, como dijo hace tiempo Mons. Vázquez Corona, a su regreso
de Roma, durante los días del Concilio. Tenemos argumentos evidentes y abundantes para probar todas esas
verdades que forman la Credibilidad de nuestra fe católica. ¡Qué más quisieran los enemigos que haciéndoles
el juego, les diésemos el gusto de declararnos vencidos, impotentes, para seguir dando esta batalla por la
verdad y por la fe! Probada y asentada la credibilidad de la Divina Revelación, entonces sí, humildes
reconocemos lo que Dios nos enseña, lo que está por encima de nuestra capacidad cognoscitiva.
Por eso
nuestra fe es un obsequio, que, en nuestra pequeñez ofrecemos a Dios, pero es un obsequio racional.

En un artículo del Dr. Antonio Brambila, aparecido en el "Sol de México", el 18 de agosto de 1972, leemos con
asombro estas palabras reveladoras, uno de los virajes a la derecha, con que de vez en cuando nos sorprende
el conocido autor de aquel otro artículo: "Los patos tirándoles (disparando) a las escopetas": "El caso de Hans Küng, al
que hicimos referencia el pasado lunes, es simplemente un caso concreto, dentro de una situación general de
la Iglesia, después del Concilio Vaticano II. La situación se expresa bastante bien, creo yo, si decimos que uno
de los efectos del Concilio fue el de que se haya sustituido hasta ahora el Magisterio con el diálogo".
Tarde ha
venido el Dr. Brambila a reconocer el mal, que tanto le escandalizó en mis escritos anteriores:
indiscutiblemente ahí está el mal de fondo. El Magisterio calló; dejó que los enemigos emboscados hablasen libremente y pregonasen las mismas herejías que, en tiempos anteriores, cuando el Magisterio cumplía su misión primordial, cuando el Santo Oficio velaba solícito por la incolumidad de la doctrina recibida, habían sido condenadas explícitamente, como lo estamos viendo en esta maravillosa Encíclica de Pío XII.

Cuando defendemos la fe, cuando, apoyados en la Escritura, en la Tradición, en los documentos del Magisterio, usamos nuestra inteligencia, a la luz de esa divina revelación, para combatir los sofismas y errores, que, a título de "aggiornamento", de "ecumenismo", de "diálogo", se han multiplicado por el mundo, como fruto de esa amplitud, con que Juan el Bueno (Roncalli - Juan 23) quiso que tratásemos a los enemigos de Dios y de la Iglesia; estamos cumpliendo con un imperativo de nuestra conciencia católica y sacerdotal, defendiendo la fe, que recibimos como el más precioso tesoro de la vida.

No es posible detenernos ahora en analizar todos los gravísimos errores que la "HUMANI GENERIS" señala y
comenta la Carta del Prepósito General de los Jesuitas a la Asistencia de Francia. Creemos más pertinente
citar ahora el discurso que Pío XII pronunció el 10 de septiembre de 1957 a los 185 jesuitas, reunidos con su
Prepósito General el M.R.P. Janssens, con motivo de la Congregación General.


A CONTINUACIÓN... CAPITULO IX - PÍO XII HABLA A LA COMPAÑÍA DE JESÚS
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"... indiscutiblemente ahí está el mal de fondo. El Magisterio calló; dejó que los enemigos emboscados hablasen libremente y pregonasen las mismas herejías que, en tiempos anteriores, cuando el Magisterio cumplía su misión primordial, cuando el Santo Oficio velaba solícito por la incolumidad de la doctrina recibida, habían sido condenadas explícitamente, como lo estamos viendo en esta maravillosa Encíclica de Pío XII.

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#147 Message par InHocSignoVinces » lun. 24 juin 2019 21:17

CAPITULO IX - PÍO XII HABLA A LA COMPAÑÍA DE JESÚS


"Con un corazón paterno y jubiloso, Nos, queridos hijos, os recibimos a vosotros, que representáis ante Nos a toda la
Compañía de Jesús; y anhelamos a vuestros trabajos las mejores bendiciones del Autor de todo bien y de su Espíritu de
Amor".

"Vuestra Compañía, de la cual vuestro Padre y Legislador presentó la fórmula y sumario de la Regla a la aprobación de
nuestros predecesores Paulo III y Julio III, ha sido instituida para combatir "por Dios y bajo el estandarte de la Cruz" y de
servir "a sólo el Señor y la Iglesia su Esposa, bajo el Pontífice Romano, Vicario de Cristo sobre la tierra". Por eso vuestro
Fundador quiso que a los tres votos ordinarios de la vida religiosa, vosotros estuvieseis ligados por un voto especial de
obediencia al Sumo Pontífice; y, en las célebres reglas "para tener el espíritu de la Iglesia", añadidas al pequeño libro de
sus Ejercicios, él os recomienda, ante todo, que, "depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para
obedecer en todo a la vera Esposa de Cristo N. S. que es la Nuestra Santa Madre, la Iglesia ortodoxa, católica,
jerárquica";
y la antigua versión que Vuestro Padre Ignacio usaba personalmente añadía: "que es la Iglesia Romana".

"Entre las acciones, dignas de memoria de vuestros antiguos padres, de los que, con justo título, os sentís orgullosos y a los
que tratáis de imitar, sobresale, sin duda, como una característica el hecho de que vuestra Compañía, en una adhesión muy
íntima a la Silla de Pedro, se ha esforzado siempre en guardar intacta, en enseñar, defender y promover la doctrina
propuesta por el Pontífice de esta Sede,
a la cual "todas las Iglesias, es decir, todos los fieles que a ellas pertenecen deben
dirigirse, a causa de su preminencia";
sin tolerar en nada que se asienten las novedades peligrosas e insuficientemente
fundadas".


"No es menor título de honor para vosotros el tender, en materia de disciplina eclesiástica, a la perfecta obediencia de
ejecución, de voluntad y de juicio, hacia la Sede Apostólica que "indudablemente contribuye a una más segura dirección
del Espíritu Santo"
(Form. Inst. Societ. lesu).

"Este honroso título, merecido por la rectitud y la fidelidad en la obediencia, debida al Vicario de Cristo, que nadie osaría
negaros,
aquí y allá no se da ahora, en algunos de vosotros, por cierto orgullo de un libre examen, más propio de una
mentalidad heterodoxa que católica, la cual por seguirla algunos de vosotros no han vacilado en avocar al tribunal de su
propio juicio las mismas enseñanzas de la Sede Apostólica. No se puede ya tolerar la complicidad con ciertos espíritus,
según los cuales, las reglas de la acción y del esfuerzo por obtener la salud eterna deben deducirse de aquello que se hace,
más bien que de aquello que debe hacerse.
Todavía más, no se debe dejar pensar y hacer a su antojo a aquéllos a quienes la
disciplina eclesiástica parece una cosa anticuada, un vano formalismo, dicen ellos, del que hay que eximirse fácilmente
para servir a la verdad.
Si, en efecto, esta mentalidad, tomada de los medios incrédulos, se difundiese libremente en
vuestras filas,
¿no se encontrarían rápidamente, entre vosotros, hijos indignos, infieles a vuestro Padre Ignacio, a quienes
habría que separar, cuanto antes, del cuerpo de vuestra Compañía? "


"La obediencia, absolutamente perfecta, es el principio, la señal distintiva de los que combaten por Dios en vuestra
Compañía.
Vuestro mismo Fundador osó decir a este respecto: "En otras religiones, podemos sufrir que nos hagan
ventaja, en ayunos y vigilias y otras asperezas que, según su Instituto, cada una santamente observa; pero, en la puridad y
perfección de la obediencia, con la resignación verdadera de vuestras voluntades y abnegación de vuestros juicios, mucho
deseo... que se señalen los que, en esta Compañía, sirven a Dios N. S."
¡Cuán deseada fue siempre a la Iglesia la
obediencia, pronta y total, a los Superiores religiosos, la fiel observancia a la disciplina regular, la humilde sumisión, que
alcanza al juicio, con respecto a aquéllos, que el Vicario de Cristo ha querido que os gobiernen, según vuestro Instituto, tan
frecuente y solemnemente aprobado por Nuestros predecesores!
Ella está, en efecto, de acuerdo con el sentido católico de
esta virtud, sancionado, con aprobación de la Sede Apostólica, por la tradición continua de las antiguas y venerables
familias religiosas y de la cual San Ignacio os ha dejado la descripción en la célebre "Carta sobre la Virtud de la
Obediencia".
Es un error, totalmente alejado de la verdad del pensamiento que la doctrina de esta Carta debe ser, en
adelante, abandonada y que es necesario sustituir ahora la obediencia jerárquica y religiosa por una cierta igualdad, según
la cual, el inferior debe discutir con el Superior sobre lo que conviene hacer, hasta que el uno y el otro lleguen a un
acuerdo".


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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#148 Message par InHocSignoVinces » ven. 28 juin 2019 12:41

"Contra el espíritu de orgullo y de independencia, de los que tantos son tentados, en nuestra época, es necesario que
conservéis vosotros intacta la virtud verdadera de la obediencia, que os hace amables a Dios y a los hombres; la virtud de
la completa abnegación, por la cual os mostráis dignos discípulos de Aquél, que "se hizo obediente hasta la muerte" (Phil.
II, 8 ). ¿Será digno de Cristo, su Rey y Señor aquél, que huyendo de la austeridad de la vida religiosa, quisiera vivir esta vida
religiosa como si fuera un seglar, que busca a su antojo lo que le es útil, lo que le agrada, lo que le conviene?
Aquéllos, que
pretenden, con el vano pretexto de vivir en adelante una vida liberada de formalismos, evadir la disciplina religiosa, deben
saber que contrarían los votos y los sentimientos de esta Sede Apostólica y que están engañados cuando apelan a la ley de
la caridad, para encubrir una falsa libertad, libre del gozo de la obediencia.
¿Qué caridad es esa que descuida el beneplácito
de Dios N. S., que ellos habían venido a buscar en la vida religiosa?


"Es la severa disciplina el honor y la fuerza de vuestra Orden, la que debéis vosotros conservar, prontos y disponibles, para
los combates del Señor y el apostolado moderno".


"Un gran deber incumbe, a este respecto, a todos los Superiores de vuestra Orden, ya sea al Prepósito General, ya al
Provincial o Superior local. Deben saber "mandar con modestia y discreción" (Reg. Provic); sí, con discreción y modestia,
como conviene a los pastores de las almas, revestidos de bondad, de dulzura y de caridad de Cristo N.S.; pero, "mandar",
aun con firmeza, cuando sea necesario, "mezclando, según las circunstancias, la severidad a la bondad, como quienes
tienen que dar cuenta a Dios de las almas de sus subditos y de su progreso en la adquisición de la virtud. Es verdad que
vuestras Reglas, según la sabia prescripción del Fundador, no obligan bajo pena de pecado; sin embargo, los Superiores
están obligados a hacerlas observar, y ellos no estarían libres de falta si de su parte dejaran descuidar, en todo o en parte,
la disciplina religiosa. Al igual de un buen padre, que ellos manifiesten a sus súbditos la confianza que es debida a los
hijos, pero que, al mismo tiempo, velen solícitos sobre sus hijos, como un buen padre está obligado a hacerlo, y que no les
permitan descarriarse poco a poco del sendero de la fidelidad".


"Vuestro Instituto describe sabiamente este oficio de los Superiores, sobre todo, de los Superiores locales, en lo que
concierne a las horas de salidas de los súbditos de las casas religiosas, sus relaciones con los extraños, al envío y recepción
de sus cartas, a sus viajes, al uso o administración del dinero y al cuidado que deben tener para que todos cumplan
fielmente los ejercicios de piedad, que son como el alma de la fe, de la observancia regular y del apostolado. Esas Reglas
excelentes de nada sirven,
si aquéllos, a quienes toca vigilar su ejecución no cumplen su cargo con firmeza y constancia".

"Vosotros sois la sal de la tierra" (Mat. V, 13): que la pureza de doctrina, el vigor de la disciplina, unidos a la austeridad de la
vida,
os guarden del contagio del mundo y haciendo de vosotros dignos discípulos de Aquél, que por su Cruz nos rescató".

"El mismo os ha advertido: "El que no toma su cruz y no viene en pos de mí no puede ser mi discípulo". (Lc. XIV, 27). De
ahí que vuestro padre Ignacio os exhore a "aceptar y anhelar, con todas las fuerzas posibles, lo que Cristo N. S. ha amado
y abrazado"; y "para mejor llegar a este grado de perfección, tan precioso en la vida espiritual, que cada uno trabaje, con
todo el empeño de que es posible, el buscar en el Señor Nuestro su mayor abnegación y continua mortificación, en todas
las cosas posibles".
Por tanto, en la búsqueda de novedades, que hoy tanto preocupa a los espíritus, es de temer que el primer principio de toda la vida religiosa y apostólica, a saber, la unión del instrumento con Dios, no venga a parecer tan
claro y que "nuestra confianza esté fundada", ante todo, "en los medios naturales que disponen al instrumento a ser útil al
prójimo, en contraposición a la economía de la gracia, en la cual vivimos".


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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#149 Message par InHocSignoVinces » sam. 29 juin 2019 17:53

"A fomentar esta vida crucificada con Cristo debe concurrir, en primer lugar, la fiel observancia de la pobreza, que tan en su corazón tuvo vuestro Fundador, y no tan sólo la pobreza, que excluye el uso independiente de las cosas temporales, sino
de aquélla, sobre todo, a la cual esta dependencia está también ordenada, a saber el uso muy moderado de las cosas
temporales, junto con la privación de muchas comodidades, que los que viven en el mundo pueden legítimamente buscar.

"Seguramente vosotros emplearéis, para la mayor gloria de Dios, con aprobación de vuestros Superiores, los medios que
hagan vuestro trabajo apostólico más eficaz; pero, al mismo tiempo, os privaréis espontáneamente de muchas cosas, que no
son, en manera alguna, necesarias a vuestro fin, sino que halagan y complacen a la naturaleza. Así lo haréis, para que los
fieles vean en vosotros los discípulos de Cristo pobre y reserven, puede ser, limosnas más abundantes a fines útiles a la
salud de las almas, en lugar de prodigar ese dinero a los placeres fáciles. No es conveniente, pues, que los religiosos se
permitan vacaciones, fuera de las casas de vuestra Orden, a no ser que mediasen razones extraordinarias; ni que emprendan
viajes agradables, sin duda, pero costosos. Que ellos posean para su uso personal y exclusivo, cualquier instrumento de
trabajo, en lugar de dejarlos al uso y servicio de todos, como lo pide la naturaleza del estado religioso. En cuanto a lo
superfluo, suprimid, con simplicidad y valor, por amor a la pobreza y para buscar esta mortificación continua en todas las
cosas, que es propia de vuestro Instituto. Debe considerarse, como tal, el uso del tabaco, tan común en nuestra época, en
cualquiera de sus usos. Siendo religiosos, tomad a pecho, según el espíritu de vuestro Fundador, el suprimir entre vosotros
ese uso. Que los religiosos no prediquen tan sólo con palabras, sino también con el ejemplo, el espíritu de penitencia, sin la
cual nadie puede esperar con fundamento la salud eterna.


"Todas estas recomendaciones, que Nos os hacemos, aunque no estén de acuerdo con la naturaleza y parezcan, por el contrario, difíciles y excesivas, vendrán a ser, no tan sólo posibles, sino fáciles y agradables en el Señor, si permanecéis
fieles a la vida de oración, que pedía a vosotros vuestro Padre y Legislador. Y vuestros ejercicios de piedad estarán
animados por el fervor íntimo de la caridad, si sois fieles a la oración mental prolongada, tal como las Reglas aprobadas
de vuestra Orden lo prescriben para cada día.
Los sacerdotes, que se consagran a su trabajo apostólico deben, ante todo, vivificar su acción por una consideración más profunda de las cosas de Dios y por un amor de caridad más ardiente hacia
Dios y hacia Nuestro Señor Jesucristo; y Nos sabemos, por los preceptos de los santos, que esta caridad se nutre, sobre
todo, por la oración mental".
Vuestra Orden se descarriaría mucho ciertamente del espíritu que en vosotros queria vuestro Padre y Legislador, si no permanecéis fieles a la formación recibida en los Ejercicios Espirituales.

"Ninguno de vosotros reprobaría o rechazaría cualquiera novedad, por la sola razón de que es algo nuevo; suponiendo, sin
embargo, que sea algo útil a la salud y perfección de sus almas y a las de su prójimo, en lo que consiste el fin de vuestra
Compañía. Por lo contrario, es conforme al espíritu de San Ignacio, como es tradicional entre vosotros, el dedicaros con
todo el corazón a todas las empresas nuevas, que el bien de la Iglesia pide y que la Santa Sede recomienda, sin temor
alguno al esfuerzo de adaptación. Pero, debéis, al mismo tiempo, conservar y defender, contra todos los esfuerzos del mundo y del demonio, las tradiciones, cuya sabiduría dimana sea del Evangelio, sea de la naturaleza humana caída. Tal es la ascesis religiosa, que vuestro Fundador aprendió e imitó de las Ordenes antiguas".

"Entre los puntos substanciales de primer orden de vuestro Instituto, que no pueden ser modificados por la misma
Congregación General, sino únicamente por la Sede Apostólica, puesto que, aprobados en forma específica por la Carta
Apostólica "Regímini Militantis Ecclesiae del 27 de septiembre de 1540, dada por nuestro predecesor Paulo III, se dice
así: "La forma de gobierno de la Compañía es monárquico, definido por las decisiones de un sólo Superior". Y esta Sede
Apostólica, sabiendo bien que la autoridad del General es como el pivote, sobre el que descansa la fuerza y la santidad de
vuestra Orden, lejos de pensar que haya necesidad de conceder el cambio de este punto, cualquiera que sea el espíritu de la
época actual, quiere, por el contrario, que esta autoridad plena y monárquica, que sólo depende de la autoridad suprema de
la Santa Sede, permanezca invariable, salvando enteramente la forma monárquica aunque aliviando oportunamente la carga
de este cargo.

"En una palabra, aplicados todos con constancia a no descuidar en nada todo aquello con que podáis alcanzar la
perfección, con la gracia divina, en la entera observancia de todas las Constituciones y de la regla propia de vuestro
Instituto".
Se atribuye a Nuestro predecesor de piadosa memoria Clemente XIII estas palabras, que si no son literalmente
las mismas, lo son, a lo menos, en su sentido, y expresan ciertamente su pensamiento, cuando se le pidió dejar que vuestra
Orden cambiase el Instituto, fundado por San Ignacio: "Que sean como son o que no sean". Este es también Nuestro
pensamiento: que los jesuitas sean como los formaron los Ejercicios Espirituales y sus Constituciones lo desean. Otros, en la Iglesia, bajo la dirección de la jerarquía, buscan laudablemente a Dios, por un camino en varios puntos diferente; para
vosotros, vuestro Instituto es "el camino hacia Dios". La regla de vida, tantas veces aprobada por la Santa Sede, las obras
de apostolado, que la Santa Sede os ha encomendado particularmente, he ahí vuestro programa, en colaboración fraterna
con los otros obreros de la Viña del Señor; que todos, bajo la dirección de la Santa Sede y de los obispos, trabajen por el
advenimiento del Reino de Dios".

"En prenda de la luz del Espíritu Santo sobre los trabajos de vuestra Congregación y de una efusión de la gracia divina
sobre todos y cada uno de los miembros de vuestra Compañía, con el afecto de un paternal corazón Nos os damos la
Bendición Apostólica".


A CONTINUACIÓN... COMENTARIO DEL P. SÁENZ Y ARRIAGA A ESTE DISCURSO DE PÍO XII A LOS JESUITAS

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#150 Message par InHocSignoVinces » lun. 01 juil. 2019 11:40

COMENTARIO DEL P. SÁENZ Y ARRIAGA AL DISCURSO DE PÍO XII A LOS JESUITAS

Así termina ese memorable discurso del gran Pontífice, siete años después de la publicación de la "HUMANI
GENERIS"
y de la siguiente carta del Prepósito General a los Padres y Hermanos de la Asistencia de Francia
sobre los graves errores doctrinales, que se habían introducido y difundido en la Compañía (al menos, en ciertas
Provincias de ella), precursoras de la actual revolución que estamos presenciando en la Iglesia de Dios. La
culpabilidad de los jesuitas en esta tragedia de la Iglesia es indiscutible.
Porque, aunque concedamos que no
todos, sino algunos de los miembros de la Orden fueron los autores y promotores de ese neomodernismo que
nos invade; aunque admitamos que muchos, muchísimos de los verdaderos hijos de la Compañía estuvieron y
están alertas y lucharon denodadamente contra la herejía
, es indudable que -y este discurso de Pío XII a la Congregación General, reunida en Roma, bajo el Generalato del P. Janssens, así lo confirma con evidencia
de parte de los Superiores no hubo la necesaria vigilancia, ni la energía debida, sobre todo después de la
Encíclica, para frenar, a como hubiera dado lugar, esas doctrinas novedosas, que en la Compañía empezaron
a adoptar muchos de los profesores y alumnos, incluso en la misma Universidad Gregoriana.


El Papa hace un llamamiento a todos los hijos de la Compañía, representados allí por 185 profesos y el
Prepósito General, recordándoles los puntos esenciales, que, según los más importantes documentos de la
Santa Sede y de la misma Compañía, constituyen o deben constituir la esencia misma del Instituto
Ignaciano: "La Compañía había sido fundada para luchar por Dios, bajo el estandarte de la Cruz" y "para servir
al Señor y a la Iglesia su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la Tierra", "con ánimo
aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo N. S. que es la nuestra Santa Madre la
Iglesia ortodoxa, católica, jerárquica, romana". Por eso los profesos están ligados con un cuarto voto a
la "obediencia al Sumo Pontífice".
Y, con insistencia palpable Su Santidad llama la atención en los puntos
salientes de la obediencia, que, según S. Ignacio, debe ser la nota distintiva de sus hijos.
¿Por qué esa
insistencia, por qué ese recordar esos puntos vitales de la Compañía a los miembros de esa Congregación
General?
Es evidente que el Papa encaminaba su raciocinio y sus específicas advertencias a hacer una
solemne advertencia a los jesuitas sobre la solapada rebeldía con que habían sido recibidas por muchos
jesuitas las severísimas condenaciones de su Encíclica. Pío XII quiso fustigar "el espíritu de orgullo y de
independencia"
, que, por desgracia, había arrastrado a tantos jesuitas a seguir las novedades, precursoras de
la actual crisis, que ha sacudido los cimientos mismos de la Iglesia.


Reprueba el Sumo Pontífice el espíritu mundano, que insensiblemente se había infiltrado en muchos miembros
de la Orden:
el descuido y abandono de las prácticas de piedad, del espíritu de pobreza, de la debida
observancia regular, de la falta de mortificación, del uso inmoderado del tabaco, etc., etc.
Sería injusto decir
que estas miserias se daban en todos los miembros de la Orden, en esos tiempos, cuando Pío XII pronunció
este discurso; pero, sería hipocresía negar que estos males se estaban ya entonces difundiendo
alarmantemente entre muchos hijos de la Compañía. En la actualidad, las nuevas juventudes de la Compañía
de Jesús, no sólo han perdido el espíritu, sino, con el pretexto del "aggiornamento", del "diálogo", del "cambio
de las estructuras"
y de todas las novedades, diabólicas novedades, que han inventado, para romper las
santas tradiciones de su propio Instituto, han traicionado todo lo más santo y más noble de la Orden Ignaciana
y han llegado a perder totalmente la fe,
en muchos casos, como el de Enrique Maza, el de Pardinas, el de
Guinea, el de Guzmán y de tantos otros, que no sólo han dejado de ser hijos de S. Ignacio, sino hijos
verdaderos de la Iglesia, a pesar de que no estén "excomulgados".

La alusión que hace Su Santidad a la frase de Clemente XIII es sintomática: "Que los jesuitas sean lo que
deben ser o que mejor no existan".
Así es verdad: corruptio optimi pessima, la corrupción de lo mejor, es lo peor. Cuando los jesuitas pierden el espíritu, cuando rompiendo con sus Constituciones, con las cosas
substanciales de su Instituto, se entregan a reformar la obra de su Fundador y a buscar, por nuevos caminos,
la mayor gloria de Dios, en perfecta armonía con sus comodidades y placeres, cuando abandonan los mismos
Ejercicios Espirituales o los reforman, según su propio juicio, no debemos extrañarnos de que de día en día
aumenten las deserciones, se multipliquen los escándalos y los jesuitas fieles se vean marginados,
despreciados, olvidados por esos falsos hijos de la Compañía, que no tienen sino un remedio:
que sean
expulsados de la Orden.
Muy pronto se cumplirá el segundo centenario de la expulsión de los jesuitas de
España y sus Colonias y de la supresión en toda la Iglesia de la Orden por el Papa Clemente XIV. ¿No serán
semejantes estos adjuntos para una nueva supresión, para salvar la Iglesia, a las circunstancias que obligaron
a Carlos III a expulsarlos de España y sus dominios y a Clemente XIV a suprimir la orden en todo el mundo?


A CONTINUACIÓN... TAMBIÉN PAULO VI HACE SERIAS ADVERTENCIAS A LOS JESUITAS

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