"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#31 Message par InHocSignoVinces » mer. 05 déc. 2018 22:11

¡El Papa dispensa! ¡El Papa da el permiso! ¡La Congregación de la Doctrina de la Fe ha autorizado ya a los
obispos y a las Conferencias Episcopales el facilitar y abreviar los expedientes para reducir los clérigos
insatisfechos al estado laical, con las necesarias dispensas, para que esos sacerdotes puedan casarse; y no
se dan cuenta que todas esas facilidades son una complicidad con el pecado, un aliciente a la tentación del
pobre sacerdote, que nunca debería olvidar que su carácter sacerdotal es indeleble!


No menos dura es la carta de Coluccio Salutato: "¿Quién no ve -escribe a los cardenales— que vosotros no
buscabais un verdadero papa, sino tan sólo un francés..." "Fue malo el que por miedo hayáis elegido al Sumo
Pontífice; peor el haber confirmado lo que hicisteis; pero pésimo el que después de todo le hayáis prestado la
debida reverencia, confirmando así vuestra elección pasada. Fue torpe el presentarlo a los fieles al que no era
verdadero Pontífice, como Vicario de Cristo; anunciarlo con cartas, mayor torpeza; pero torpeza suma, ocultar
por tanto tiempo la verdad. Fue peligroso hacer sentar en la Sede a aquél que no había entrado por la puerta;
más peligroso tolerar por tanto tiempo al intruso, pero el sumo peligro está en oponer ahora un Pontífice a otro
Pontífice".


También estas palabras de Salutato, mutatis mutandis, (cambiando las circunstancias de asuntos, tiempos, lugares y
personas)
podrían dirigirse a nuestros jerarcas, que tomaron parte en el Vaticano II y que han seguido
aceptando después los cambios continuos de la Iglesia, olvidados de que una cosa es el progreso, in
aedificationem Corporis Christi
y otra cosa muy distinta el pretender hacer la religión como algo evolutivo,
inestable y variable. Si se combina con la idea de la evolución universal se puede llegar a sistemas, más o
menos coherentes, tales como el monista materialista de Haeckel o el teológico-lírico de Teilhard de Chardin;
pero la doctrina de Cristo, la Verdad Revelada, perdida su estabilidad inconmovible, pasaría a ser una mera
elucubración de la mente humana, que huye de Dios y de la verdad.

Fue malo el aceptar, ya desde los comienzos del Concilio, la idea de un Concilio, cuyos resultados se preveían
y con temor se esperaban; fue peor el haber rechazado el esquema, debidamente preparado por los teólogos
del Santo Oficio; pero fue pésimo el dejar en manos de los llamados "expertos" la dirección equívoca, que
desde el principio asumió el Concilio Pastoral. Fue torpe el querer abarcar en tan poco tiempo los ingentes
proyectos propuestos por los "expertos"; fue mayor torpeza el asumir, desde los principios, esa actitud de
"ecumenismo", de transacción, de componendas; pero, suma torpeza fue el atreverse a tocar lo que era ya
intangible, lo que la voz infalible del Magisterio había ya antes definido. Fue peligroso el invitar a los
"observadores" de otras religiones, que ciertamente no mostraban estar convencidos de sus errores y herejías;
más peligroso colocar a la Iglesia Católica al nivel de las otras sectas que se dicen cristianas; pero el sumo
peligro estuvo y está en querer rectificar ahora las condenaciones definitivas de Concilios anteriores, para
facilitar así, no la verdadera unión, sino un sincretismo religioso, que necesariamente acabará con destruir
todas las creencias.


SIGUE...
¡Dios mío, todo por amor a Vos, y para vuestra mayor gloria! Jesús y María, os amo y os adoro con toda mi alma y con todo mi corazón. ¡Tened piedad de mí!

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#32 Message par InHocSignoVinces » sam. 08 déc. 2018 19:22

La esencia de la mentalidad postconciliar —como nos dice el Dr. Julio Garrido— "es la introducción de la
noción de cambio, de movimiento y, por lo tanto, de inestabilidad en todos y cada uno de los capítulos de la
teología y en todos y cada uno de los aspectos de la vida religiosa".
Subrayamos todos y cada uno, porque
la teología católica y la vida religiosa están tan bien trabadas y constituyen un edificio tan sólido y coherente,
que, así como la alteración de sus partes fundamentales tiene repercusiones desastrosas sobre el conjunto del
edificio, también el dejar incólume uno solo de sus elementos básicos permite reconstruir lógicamente el
edificio tradicional. Y esto lo saben muy bien los "neo-teólogos" y, por esto todas y cada una de las partes del
edificio
han sido objeto de sus ataques. Si todas y cada una de las partes del edificio son atacadas, no nos
encontramos ante un nuevo edificio, más bonito o más feo, más o menos cierto, sino ante un edificio en
descomposición, en el que cada una de sus partes está derrumbándose, y resulta un agnosticismo integral
religioso, que guarda cierto recuerdo de su estructura anterior, pero en el que ninguna de sus partes tiene
consistencia segura, ya que está sujeta a muy variadas interpretaciones, a gusto de cada uno de los que
todavía, por costumbre, se continúan llamando "teólogos".

"El agnosticismo religioso integral —prosigue el Doctor Garrido—, se encuentra en el polo opuesto de la
religión católica. No trata de discutir una u otra verdad, o de poner en duda algún dogma determinado, lo que
es propio de las herejías (que han sido a veces beneficiosas, pues han permitido precisar el pensamiento ortodoxo). No se
trata tampoco de estructurar una nueva religión definida, sino de la negación, disimulada o descarada,
de toda verdad religiosa invariable.


"Sea cual fuere la autoridad que nos propusiese tales tesis emparentadas con este agnosticismo religioso
integral, sean cuales fuesen las razones aducidas en pro de esta nueva visión, distinta de la tradicional, no
podemos menos de decir: ésta no es la religión de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica; esto es algo
diferente
y si la Iglesia se equivocó durante veinte siglos, ¿con qué autoridad nos propondrían ahora un grupo
de inconscientes neoteólogos (o de miembros de la Jerarquía doctrinalmente corrompidos) unos cambios y unas
variaciones, que atentan contra el edificio estable y definitivo de la doctrina católica?


Hasta aquí el Doctor Julio Garrido, que en su profundo raciocinio nos confirma en la aplicación de la carta de
Salutato a los cardenales que iniciaron el cisma de Occidente, que tan grandes daños trajo para la Iglesia.
Volvamos a ese cisma. La división de la Iglesia era espantosa. El rey Carlos II de Francia inclinó todo el peso de
su poderío en favor de Clemente VII, convencido, a lo que parece, de su legitimidad. Inglaterra, Alemania e
Italia, aunque con división y dudas de los ánimos, estaban por Urbano, mientras Francia, Castilla y Aragón, con
más compacta conformidad, prestaban su obediencia a Clemente. Al morir Urbano VI, al 15 de octubre de
1389, reunidos en Roma 14 cardenales eligieron legítimamente Papa a Pietro Tomacelli, que se llamó
Bonifacio V, así mismo, a la muerte de Clemente VII, ocurrida el 16 de septiembre de 1394, antes que pudiese
intervenir Francia para impedir una nueva elección, era elegido, tras juramento de procurar la unión por medio
de la renuncia, el español Pedro de Luna, que, al subir al trono pontificio, persuadido de su legitimidad, tomó el
nombre de Benedicto XIII.

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#33 Message par InHocSignoVinces » dim. 09 déc. 2018 20:01

Benedicto XIII no creía que la renuncia fuese el camino apropiado para terminar el cisma; antes confiaba que
en una entrevista convencería a su adversario, a quien llamaba "el intruso". Francia quería, ante todo, la
renuncia, y, tras una embajada de los duques de Berry, de Bourgogne y de Orleáns, que con este objeto envió
a Aviñón, le quitó la obediencia, en lo que le imitó Castilla, quedando Benedicto XIII, en realidad, preso de los
franceses. Bonifacio IX, tan persuadido... en Roma de su derecho, como Benedicto del suyo en Aviñón, no
toleraba la sola idea de renuncia o de concilio.

Con esta actitud de los dos contrincantes al papado, Francia, por decreto del 28 y 30 de mayo de 1403, se vio
obligada a devolver su obediencia a Benedicto XIII. Bonifacio IX murió el 1 de octubre de 1404. Su
sucesor Inocencio VII reinó sólo cuatro años, y siguióle Gregorio XII, con el mismo compromiso de renunciar,
que tenía Benedicto XIII, si así convenía para la paz de la Iglesia.

Desde un principio se había pensado en Francia y en España en un concilio que dirimiese la cuestión.
Deseábalo, sobre todo, la Universidad de París, cuyos miembros, en especial el canciller Pedro d'Ailly y su
discípulo Gerson, aunque veían la dificultad que ningún Papa quería convocarlo, pretendían salvarla con la
opinión errónea de que el poder del concilio estaba por encima del poder del Papa. Se convocó, pues, un
concilio, apoyado por Francia; luego que hubo cardenales de una y otra parte, separados de sus respectivos
Papas, nada más fácil que acudir a este medio. En 1409 se reunieron en Pisa, llegándose a juntar allí 24
cardenales, muchos obispos y, sobre todo, muchos doctores. Después de lamentables discursos sobre los
crímenes de los dos papas, se creyeron facultados para deponer a entrambos, los cuales, al mismo tiempo,
protestaban y reunían otros sínodos en Aquileya y en Perpiñán. Pero, aunque fuera de Francia, las otras
naciones, como tales, no se habían adherido al conciliábulo de Pisa, fue la desdichada idea de elegir un nuevo
papa, Pedro Filardo, cardenal arzobispo de Milán que tomó el nombre de Alejandro V, lo que complicó todavía
más la situación.

Juan XXIII, que sucedió a Alejandro V, en Roma, convocó un concilio general en Constanza. Se comenzó
dando a Juan XXIII los honores del papado, pero, desde que se sentaron a principios de 1415 los embajadores
de Clemente XII, ya casi abandonado de todos, se pensó en hacerlo renunciar. Sus mismos cardenales
Guillermo de Fulastre y d'Ailly se lo propusieron con la evidente razón de que era imposible que los partidarios
de los otros dos se conformasen en abandonarlos sin este sacrificio. La admisión de los doctores a votar, a
propuesta de los mismos cardenales, desconcertó los planes de Juan XXIII, que fue depuesto; con igual
derecho con que fue elegido su predecesor en Pisa. Mientras tanto Gregorio XII había renunciado; pero, Pedro
de Luna, a pesar de ir en persona Segismundo, rey de Romanos y el Rey de Aragón a suplicarle que
renunciase, conforme a sus compromisos, no quiso ceder nada de la dudosa autoridad de que estaba
revestido. Pero, abandonado de casi todos, el concilio procedió a una solemne deposición del mismo el 26 de
julio de 1417. Para la nueva elección se convino, tras inacabables disputas, en que a los cardenales se les
unieran seis delegados de cada nación o grupo, alemanes, españoles, franceses, ingleses e italianos,
debiendo juntar el elegido las dos terceras partes de los cardenales y de los electores de cada nación. El 8 de
noviembre de 1417 entraron en cónciave 23 cardenales y los otros 30 electores, y en la tarde fue elegido el
cardenal Otón Colonna, el cual se llamó Martín V. El cisma había terminado.

Vemos, pues, que esa espantosa crisis de la Iglesia, en la que desfilaron varios papas, y en la que hubo
momentos en que tres distintos elegidos reclamasen la sucesión legítima de Pedro, duró del 9 de agosto de
1378 hasta el 8 de noviembre de 1417. Es evidente que durante el cisma la sucesión de Pedro, que
legítimamente había recibido en su elección Urbano VI, residió únicamente en los Papas legítimos, sus
sucesores, pero la situación era tan caótica, que grandes santos y varones esclarecidos por su ciencia
sostuvieron proposiciones que se alejaban de la doctrina revelada en la tradición.

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#34 Message par InHocSignoVinces » mar. 11 déc. 2018 22:02

"En el último tercio del siglo XIV, precisamente en la desdichada época del cisma -escribe el historiador
Ludovico Pastor- alcanzó esta agitación su período álgido en Alemania; y no sólo en el sur de ella y en las
comarcas del Rhin, que habían sido los dos principales focos de la agitación herética de la Edad Media, había
caído una gran parte de la población en los errores de los Valdenses, sino también habían penetrado éstos en
el norte y hasta el más remoto oriente del imperio... El movimiento revolucionario contra la Iglesia y el clero, en
muchos conceptos profundamente relajado, que había invadido las masas populares en diferentes provincias
de Alemania, ha sido todavía muy poco investigado; el hecho es que se dejaban oír voces claras concitando a
una pública apostasía de la Iglesia, y a una revolución social estrechamente combinada con ella. Una crónica
de Maguncia refiere, en 1401, que, lo que andaba hacía ya tiempo en las bocas de todos, había llegado a ser
entonces la general consigna: "Que había que zurrar a la clerigalla".
*

"A qué extravíos condujera la oposición herética, lo muestra la secta panteística del espíritu libre, que ahora
apareció de nuevo en diferentes sitios de Alemania. De las actuaciones contra un adepto de aquella secta,
verificadas en Eichstatt, en el año 1381... aparece claramente el terrible peligro que por este lado amenazaba
a todo orden, así eclesiástico como social; pues aquel hereje afirmaba que por una ardiente devoción y
penetración dentro de la divinidad, había alcanzado hacerse uno con Dios, enteramente perfecto e incapaz de
pecar. Y de esta imaginaria perfección sacaba el acusado consecuencias, que son muy a propósito para
justificar ciertas acusaciones de los escritores medioevales contra los sectarios de entonces, algunas de las
cuales se habían tenido hasta ahora por injustas e increíbles. Conforme a la opinión de dicho acusado, no sólo
los mandamientos de la Iglesia, sino también las leyes de la moral común, dejan de ser obligatorias para los
agraciados con el espíritu de libertad y perfección. Aun los más grandes delitos contra el sexto mandamiento
no son para él pecado alguno, mientras sigan sólo el instinto de la naturaleza; y hasta tal punto se cree con
derecho de poder hacer 'lo que le dé la gana' que declara que le es permitido matar a quienquiera que se le
oponga, aun cuando fueran mil personas.

"De mucha mayor importancia que los demás movimientos heréticos del mismo género, violentamente
reprimidos por la Inquisición, fue el sistema de Juan de Wiclef, muerto en Inglaterra en 1384. Todos los
errores que habían aparecido entre los apocalípticos, los Valdenses, Marsilio y otros, se juntaron en la secta
por él fundada, la cual sirvió de punto de transición de la antigua herejía a la nueva dirección herética universal
del protestantismo. Su doctrina fundamental era un exagerado realismo panteísta y un predestinacionismo,
que amenazaba toda la moral. Todo es Dios. Todo lo enseñorea una necesidad incondicional, aun las acciones
divinas. Hasta lo malo sucede por necesidad, y Dios fuerza a cada una de las criaturas agentes a todos y cada
uno de sus actos; así son unos predestinados para la gloria y otros para su condenación; y la oración de estos
desgraciados no tiene valor ninguno, mientras que a los predestinados ningún daño les hacen los pecados, a los
cuales Dios los induce con necesidad. Sobre dicha teoría de la predestinación, edifica Wiclef su Iglesia; la cual
es, para él, la comunidad de los elegidos. Con esto queda, en principio, suprimida la Iglesia como sociedad, y
se convierte en una comunidad puramente interior de los espíritus, sin que nadie pueda saber quién pertenece
a ella o no. Sólo es cierto para la fe, que en todo tiempo existe la Iglesia en la tierra, en algún lugar, aunque,
por ventura, sólo en unos pocos pobres legos, que moran esparcidos en diversos lugares. El Papa, a quien
Wiclef había reconocido, al principio aunque condicionalmente, no le parecía, más adelante, Vicario de Cristo,
sino el anticristo; y la veneración que al Papa se tributa —dice— es, por consiguiente, una tanto más
aborrecible y blasfema idolatría, cuando por ella se atribuye honores divinos a un miembro de Lucifer, y a un
ídolo mucho más abominable que un tarugo pintado, por cuanto encierra en sí tan grande maldad. La iglesia —
enseña más adelante Wiclef— no puede tener ningunos bienes temporales y ha de restituirse a la simplicidad
de los tiempos apostólicos; hay que arrebatarle toda posesión y señorío. La Biblia es la única fuente de fe; en
ninguna manera la tradición. Ningún superior seglar o eclesiástico, tiene autoridad, si permanece endurecido
en estado de culpa mortal.
Adelante siempre en sus errores, rechazó Wiclef las indulgencias, la confesión, la
extremaunción, la confirmación, el orden sacerdotal, y aun llegó a atacar el punto central de todo el culto
católico: La Divina Eucaristía".

"Estas doctrinas, que encerraban en sí una revolución, no sólo de las relaciones eclesiásticas, sino también de
las políticas y sociales, alcanzaron rápida difusión en Inglaterra; numerosos discípulos, 'Sacerdotes
Pobres'
que enviaba Wiclef, en oposición a la 'Iglesia rica y entregada al diablo' esparcieron sus errores por
todo el país y, en un tiempo relativamente corto, provocaron tal agitación contra los bienes temporales de la
Iglesia, contra el Papa y los obispos, que hizo temer los mayores excesos".


* La clerigalla = el clero

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Re: "SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

#35 Message par InHocSignoVinces » sam. 15 déc. 2018 21:25

Su sucesor fue Juan Hus. Lo mismo que los errores de Wiclef, las doctrinas del maestro de Praga "debían
necesariamente conducir a una revolución cuyo fin no podía verse de antemano..."
Sólo los creyentes; esto
es, los partidarios de Hus, tenían derecho a poseer en propiedad, y aun esto, sólo por el tiempo en que sus
convicciones estuvieran conformes con las que dominaban en el país. No se necesitan muchas explicaciones
para entender que tales teorías significaban la supresión de todo derecho de propiedad, y para comprender
cuan espantosas consecuencias debía producir la sola tentativa de aplicar estos principios (aparentemente
derivados de las doctrinas de la religión cristiana)
como criterio, en la constitución de un nuevo orden social. La
posterior guerra de los husitas recibió, en gran parte, su carácter extraordinariamente sangriento, precisamente
del intento de realizar semejantes teorías. Si, por una parte, declaraba Hus la guerra al orden social, por otra
parte, ponía en duda toda autoridad pública, por cuanto defendía la máxima wiclefista que ningún hombre que
persevere endurecido en pecados mortales puede ser señor temporal, obispo o señor, "porque entonces su
señorío temporal o eclesiástico, su cargo o dignididad, no reciben la aprobación de Dios."


¿No hay acaso una semejanza, un cierto paralelismo entre las doctrinas, que hoy circulan, con la de Wiclef y
las de Hus? ¿No se asemeja el panteísmo de estos dos herejes con el panteísmo de Teilhar de Chardin? ¿No
se anticipó Wiclef a la "Iglesia de los Pobres" de los tiempos modernos? ¿No se adelantó al protestantismo y al
modernismo liberal de nuestra época, al rechazar la tradición como fuente de revelación? ¿No fue uno de los
postulados de la reforma del Vaticano II el volver a la simplicidad de los tiempos apostólicos como lo predicaba
Wiclef? ¿No estamos viendo ahora, como en esos antiguos tiempos de herejía, el menosprecio de las
indulgencias, la eliminación de la confesión sacramental, la solapada negociación del Orden Sacerdotal y la
negación práctica de los misterios eucarísticos?


Y, como entonces, estas doctrinas anticatólicas, disolventes, heréticas encierran en sí no sólo una verdadera
revolución religiosa dentro de la Iglesia, sino también, eliminados los frenos de la conciencia, de la ley santa de
Dios y destruida la base de toda autoridad, esa revolución ideológica y religiosa tiende a convertirse en una
revolución de orden político y social, que necesariamente habrá de producir un derramamiento de sangre entre
los oponentes. Las guerras religiosas son siempre las guerras más sangrientas y prolongadas. Por eso la
guerra de los husitas, en la que estaban involucradas la propiedad y los derechos fundamentales del hombre,
fue tan cruel, tan violenta y tan extraordinariamente sangrienta. Y, con el derecho de propiedad, cayó el
principio de autoridad, que no subsiste, cuando el hombre pretende suplantar con sus criterios absurdos y
egoístas la base de toda autoridad, de toda ley, que sólo existe en el reconocimiento sincero y profundo de
nuestra dependencia total y absoluta del mismo Dios, nuestro Creador, nuestro Señor y Dueño.


En verdad que, al leer esa crisis tenebrosa del gran cisma de Occidente, y al comparar la situación actual que
en la Iglesia vemos, encontramos, sin duda, muchos puntos parecidos, idénticos; pero, la diferencia enorme
está en que entonces las autoridades eclesiásticas, por indignas y pecadoras que fuesen, combatieron
enérgicamente esas herejías; jamás hicieron pactos con la iniquidad. Mientras que ahora, — ¡dolor causa
decirlo! — el mal está dentro; la infiltración es manifiesta y la tolerancia con los errores y herejías es
considerada como un progreso en las ciencias sagradas.


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