VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

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Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

#31 Message par InHocSignoVinces » mer. 05 déc. 2018 21:55

Montfort estaba en Fanjeaux cuando se enteró de que el ejército confederado, compuesto por cuarenta mil infantes y dos mil caballos habían avanzado hacia Muret, plaza importante situada al sur del Garon, a tres leguas más arriba de Tolosa. Este fue el momento sublime de su vida. Solamente contaba en su servicio ochocientos caballos y un reducido número de infantes; súbitamente salió para Muret una mañana, acompañado por sus hombres de armas y los obispos de Tolosa, Nomes, Uzés, Lodéve, Beziers, Agde, Comminges y tres abades Cístercienses. Al llegar el mismo día al monasterio de Bolbonne, perteneciente a la Orden del Císter, entró en la iglesia, orando en ella largo rato, y poniendo su espada sobre el altar, la recogió luego, diciendo a Dios: “¡Oh, Señor, que me habéis escogido, aunque indigno, para hacer la guerra en nombre vuestro; hoy tomo mi espada de este altar, a fin de recibir mis armas de vuestras manos, puesto que es por Vos por quien voy a combatir!” (Pedro de Vaulx-Cernay: “Historia de los Albigenses”, capítulo LXXI.)

Luego marchó a Saverdún, pasando allí la noche; al día siguiente se confesó, redactó su testamento y lo envió al abad de Bolbonne, rogándole lo transmitiese al soberano Pontífice, si perecía en el combate. Por la tarde franqueó el Gerona por un puente sin verse inquietado, y se encontró tras las torres de Muret, guardadas por una treintena de caballeros. Era el miércoles 12 de septiembre de 1213. Antes de poner pie en la ciudad se le unieron los
obispos, quienes le dejaron para ir al campo enemigo a pedir la paz; pero el rey de Aragón les contestó que no valía la pena que un rey y los obispos entrasen en conferencia por un puñado de gladiadores. A pesar del poco éxito de esta tentativa, cuando despuntó el alba, los obispos encargaron a un religioso fuese y dijera que ellos y todas las órdenes eclesiásticas vendrían descalzos a conjurarle para que tomase mejores soluciones. ¡Cuán pesaroso estaría el conde de Tolosa por sus perjurios y sus humillaciones sin fruto! ¡Cómo se acusaría entonces de no haber recurrido desde el comienzo a una guerra leal y valerosa, en lugar de dejar aplastar a sus amigos y deshonrar su causa! Pero se equivocaba: la guerra, como el artificio, debía serle funesta. Dios veía el corazón de aquel príncipe y no se compadecía de su suerte.

Los obispos se disponían a salir de Muret en acto de suplicaciones, cuando un cuerpo de caballeros enemigos se precipitó hacia sus puertas. Montfort dio orden a los suyos para que se dispusiesen en formación de batalla en la parte baja de la ciudad; él mismo revistió su armadura, después de haber orado en una iglesia, en la que el obispo de Uzés ofrecía el santo sacrificio de la misa. Volvió cuando estuvo armado, y, al doblar la rodilla, los lazos que unían la parte baja de su armadura se rompieron. Se pudo observar que en el momento en que colocaba el pie en el estribo, su caballo levantó la cabeza y le hirió. Estos presagios no conmovieron el corazón del caballero, aunque se da el caso que los hombres de su temple se muestren sensibles ante estas cosas. Se dirigió hacia sus tropas seguido de Foulques, obispo de Tolosa quien llevaba en sus manos el crucifijo. Los caballeros echaron pie a tierra para adorar a su Salvador y besar su imagen; pero el obispo de Comminges, viendo que el tiempo pasaba, tomó el crucifijo de manos de Foulques, y desde un lugar elevado arengó al ejército con pocas palabras y le bendijo. Después de esto, todos los eclesiásticos presentes se retiraron a la iglesia para orar, y Montfort salió de la ciudad a la cabeza de ochocientos caballos, sin infantería.

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#32 Message par InHocSignoVinces » sam. 08 déc. 2018 19:09

El frente de los confederados se extendía sobre una llanura al occidente de la ciudad. Montfort, que había salido por una puerta opuesta, como si hubiese querido huir, dividió su gente en tres escuadrones y se dirigió rectamente hacia el centro del enemigo. Su esperanza después de la que ponía en Dios, era cortar las líneas confederadas, producir el desorden y el espanto por lo atrevido del ataque y aprovecharse de todos los azares que la vista de los grandes capitanes descubre en el horror de un cuerpo a cuerpo. Esto fue lo que sucedió. El primer escuadrón rompió la vanguardia enemiga; el segundo penetró hasta sus últimas filas, en donde se hallaba el rey de Aragón rodeado de lo más escogido de los suyos; Montfort, que seguía de cerca con el tercero, tomó de flanco a los aragoneses, ya sorprendidos. La fortuna vaciló unos momentos; el tiempo era precioso, pues los batallones tan felizmente franqueados más bien estaban sorprendidos que vencidos y podían atacar a Montfort por retaguardia. Un golpe, que dio con el rey de Aragón muerto en tierra, decidió la jornada. Los gritos y la huída de los aragoneses arrastró a los demás. Los obispos, que oraban con angustia en la iglesia de Muret, unos prosternados en el suelo, otros levantando sus manos al cielo hacia Dios, fueron prontamente atraídos hacia los muros por los ecos de la victoria, y pudieron ver la llanura cubierta por soldados que huían, perseguidos por la mano terrible de los cruzados. Un cuerpo de soldados que intentaba tomar la ciudad por asalto lanzó las armas a tierra y fue destruido en su huída. Mientras tanto, Montfort volvía de su persecución tras los vencidos, y al cruzar el campo de batalla encontró en tierra al rey de Aragón, ya despojado y desnudo. Bajó del caballo y besó llorando los restos magullados de aquel príncipe desgraciado. Pedro II, rey de Aragón, era un bravo caballero, amado por sus súbditos, católico sincero y digno de no morir de aquella suerte. Los lazos que unían sus dos hermanas con Ramón le obligaron a ir en ayuda de una causa que estimaba no ser ya la de la herejía, sino la de la justicia y el parentesco. Sucumbió por un secreto juicio de Dios; tal vez por haber despreciado las súplicas de los obispos y abusado en su corazón de una victoria que consideraba segura. Montfort, después de haberse ocupado de darle sepultura, entró en Murat descalzo, subió a la iglesia para dar gracias a Dios por su protección, y dio a los pobres el caballo y la armadura con los que había combatido. Esta memorable batalla, fruto de una conciencia que se creía segura de luchar por Dios, figurará siempre entre los bellos actos de fe llevados a cabo por los hombres en este mundo.

Domingo estaba en Muret con los siete obispos que hemos mencionado y los tres abades del Císter. Algunos historiadores antiguos han escrito que iba a la cabeza de los combatientes, con la cruz en la mano; en la casa de la Inquisición de Tolosa se enseñaba un crucifijo agujereado por las flechas, diciendo que era el que había llevado Domingo en la batalla de Muret. Pero los historiadores modernos no dicen nada parecido; por el contrario, afirman que Domingo quedó en la ciudad orando, juntamente con los obispos y los religiosos. Bernardo Guidonis, uno de los autores que han escrito sobre su vida y que habitó en la Inquisición de Tolosa desde 1308 hasta 1322, no hace referencia alguna sobre el crucifijo que se ha visto allí más tarde.

La batalla de Muret dio un golpe mortal a los asuntos del conde de Tolosa. Sus aliados y los habitantes de su capital ofrecieron sumisión al soberano Pontífice, el cual encargó al cardenal Pedro de Benevento les reconciliase con la Iglesia y obligase al conde de Montfort a enviar a España al nuevo rey de Aragón, niño de corta edad que conservaba rehén desde que su padre se lo había enviado para educarlo y casarlo con su hija. El cardenal cumplió su doble misión en el invierno de 1214. Hasta llegó, cosa verdaderamente notable, a conceder la absolución al conde de Tolosa; pero este acto de misericordia no sirvió al vencido para sus intereses temporales. En el mes de diciembre siguiente se reunió un concilio en Montpellier para decidir a quién pertenecía la soberanía del país conquistado. El concilio acordó unánimemente que pertenecía al conde de Montfort, cuya brillante y fuerte espada había fallado los destinos de la guerra; sin embargo el soberano Pontífice, en carta del 17 de abril de 1215 (véase “Concilios de Labbé”, t. XIII, pág. 888), declaró que Montfort conservaría en depósito su conquista hasta que el concilio ecuménico de Letrán, al que había reservado esta cuestión, pronunciase su sentencia definitiva. Era éste un último esfuerzo por parte de Inocencio III para salvar la casa de Tolosa. El conde Ramón, abandonado por todos, se había retirado a la corte de Inglaterra con su hijo.

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#33 Message par InHocSignoVinces » dim. 09 déc. 2018 19:52

El día 11 de noviembre de 1215, al salir el sol y bañar los Apeninos, encontró en la solitaria iglesia de San Juan de Letrán la asamblea más augusta del mundo. En ella tomaron asiento setenta y dos primados y metropolitanos, cuatrocientos doce obispos, más de ochocientos abades y priores de monasterios, una multitud de procuradores de abadías y obispados ausentes; los embajadores del rey de los Romanos, el emperador de Constantinopla, de los reyes de Francia, Inglaterra, Hungría, Aragón, Jerusalén y Chipre; los diputados de una infinita multitud de príncipes, ciudades y señores, y sobre todos ellos la venerable figura de Inocencio III. El abad del Císter, arzobispo de Narbona, sobresalía entre los asistentes; el conde Simón de Montfort estaba representado por su hermano Guy de Montfort; los dos Ramones vinieron personalmente, como los condes de Foix y de Comminges. El día señalado para juzgar esta grande causa de la cruzada albigense, los dos Ramones entraron en la asamblea, juntamente con los condes de Foix de Comminges, prosternándose los cuatro al pie del trono apostólico. Al levantarse, expusieron la manera cómo habían sido despojados de sus feudos, a pesar de su completa sumisión a la Iglesia romana y la absolución que les había concedido el legado Pedro de Benevento. Un cardenal tomó la palabra en su favor con mucha fuerza y elocuencia; el abad de Saint-Tibêre y el chantre de la iglesia de Lyón hicieron lo mismo; este último, sobre todo, pareció conmover al Papa. Pero la mayor parte de los obispos, especialmente los franceses, votaron en contra de los que suplicaban, protestando y diciendo que la religión católica desaparecería del Languedoc si se les restituían sus posesiones, y que toda la sangre vertida por aquella causa sería sangre y abnegación perdidas. El concilio declaró, pues, al conde Ramón desposeído de sus feudos, que se le transferían con ello definitivamente al conde de Montfort, asignándole una pensión de cuatrocientos marcos de plata, con la condición de que viviría fuera de sus antiguos dominios; su mujer, Leonor, conservaría los bienes que constituían su dote. El marquesado de Provenza se reservaba al joven Ramón, su hijo, para que entrase en posesión al llegar a su mayor edad si era fiel a la Iglesia. En cuanto a los condes de Foix y de Comminges, su causa fue diferida para examen más maduro. Es digno de observar que el marquesado de Provenza, destinado al joven Ramón, estaba constituido por ciudades que su padre había abandonado a la Santa Sede, en el caso en que dejase de cumplir las promesas hechas en San Gil; varias veces se había propuesto al soberano Pontífice las reuniese al dominio apostólico; pero nunca quiso consentir en ello, y no se valió de los derechos que había adquirido sino para conservarlos a la casa de Tolosa.

Después de la clausura del concilio, el joven Ramón, que se había granjeado la estimación de todos por su noble conducta, fue a despedirse del Papa. No le ocultó que se creía injustamente privado del patrimonio de sus antepasados, y le dijo, con una firmeza ingenua y respetuosa, que aprovecharía todas las ocasiones para recobrar gloriosamente lo que había perdido sin culpa. Inocencio, conmovido por la desgracia y los ánimos de aquel joven de dieciocho años, le concedió esta bendición profética: “Hijo mío, Dios quiera que en todos vuestros actos podáis comenzar bien y terminar mejor”. (“Historia General del Languedoc”, t. III.)

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#34 Message par InHocSignoVinces » mar. 11 déc. 2018 21:48

Investido Montfort por Felipe Augusto con los títulos de duque de Narbona y conde de Tolosa, no gozó mucho tiempo del poder que había adquirido tan laboriosamente. El año 1216 no había terminado aún cuando el joven Ramón era dueño ya de una parte de Provenza. Tolosa, por otra parte, cansada ya del yugo de su nuevo conde, llamó al viejo Ramón, haciéndole venir del refugio que había buscado en la corte de Inglaterra, y le abrió sus puertas. Gran número de señores, al recibir las noticias de este cambio de fortuna, se apresuraron a prestar juramento de fidelidad a su antiguo señor. El vencedor de Muret pudo comprender entonces que no era suficiente ganar batallas, ni conquistar ciudades por asalto, para adquirir el prestigio que gobierna a los pueblos; se había enfrentado, por desgracia, con aquella fuerza honrada existente en la humanidad, y que hace que no se pueda reinar sobre los hombres cuando no se reina sobre sus corazones. Arrojado de Tolosa, a la cual en vano había desarmado y aterrado por medio de suplicios, puso cerco tristemente ante sus muros, que no debía ya franquear. La larga duración del cerco, la incertidumbre del porvenir, los reproches que le dirigía por su inacción el cardenal Bertrand, legado apostólico, así como también el desaliento que causan los reveses cuando llegan tarde, produjeron en el esforzado caballero una melancolía que llegó hasta hacerle pedir a Dios que le llamase a su seno. El 25 de junio de 1218 le dijeron, muy temprano, que los enemigos estaban emboscados en los fosos del castillo. Pidió sus armas y, después de revestirlas, fue a oír misa. Ya estaba comenzada cuando se le advirtió que las máquinas de guerra habían sido asaltadas y en peligro de quedar destruidas. “Permitidme - dijo - que vea el sacramento de nuestra redención.” Llegó otro mensajero y le anunció que sus tropas no podían resistir. “No iré hasta que no haya visto a mi Salvador.” (Pedro de Vaul-Cernay. “Historia de los Albigenses”, capítulo LXXXVI.) Al fin, al elevar la hostia el sacerdote, Montfort, de rodillas en tierra y elevando sus brazos al cielo, pronunció estas palabras: “NUNC DIMITTIS”, y salió. Su presencia en el campo de batalla hizo retroceder al enemigo hasta los fosos de la plaza; pero aquella fue su última victoria. Recibió una pedrada en la cabeza; se golpeó el pecho, se encomendó a Dios y a la bienaventurada Virgen María y cayó muerto.

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#35 Message par InHocSignoVinces » sam. 15 déc. 2018 21:15

La fortuna continuó favoreciendo a los Ramones. De los dos hijos que había dejado el conde de Montfort, el más joven murió ante los muros de Castelnaudary. Cuatro años de malos éxitos persuadieron al mayor de que no era capaz de estar al frente de la herencia que le había dejado su padre y cedió todos sus derechos en favor del rey de Francia. El viejo Ramón, tranquilo en Tolosa bajo la protección de las victorias de su hijo tuvo aún tiempo para volver sus ojos hacia Dios, que le había castigado y restablecido luego en sus dominios. El día 12 de julio de 1222, al volver de orar a la puerta de una iglesia, pues continuaba excomulgado, se sintió enfermo, y envió buscar apresuradamente al abad de San Sernín para que le reconciliase con la Iglesia. El abad le encontró ya sin poder hablar. El viejo conde, al verle, levantó los ojos al cielo y le tomó ambas manos entre las suyas hasta que exhaló el último suspiro. Su cuerpo fue transportado a la iglesia de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, cuyo lugar había elegido para que le diesen sepultura; pero no se atrevieron a enterrarle a causa de su excomunión. Le dejaron allí en un féretro abierto y tres siglos más tarde se le podía ver aún acostado, sin que mano alguna fuese lo suficientemente atrevida para clavar una tabla sobre aquella madera consagrada por la muerte y el tiempo. La cuestión de su inhumación, a petición de su hijo, fue agitada durante los pontificados de Gregorio IX e Inocencio IV. Numerosos testimonios aseguraron que antes de morir había dado verdaderas pruebas de arrepentimiento: sin embargo, se temía remover aquellas cenizas, concediéndoles honores demasiado tardíos.

Ramón VII sobrevivió veintiséis años a su padre. Supo defenderse hasta contra las armas de Francia; pero demasiado débil para sostener continuamente tal esfuerzo, convino un tratado con san Luis en 1228, tratado que terminó aquella larga guerra. El matrimonio de su única hija con el conde de Poitiers, uno de los hermanos del rey con la cesión del condado de Tolosa como dote; el abandono de algunos territorios; la promesa de ser fiel a la Iglesia y de servirse de su autoridad contra los herejes, tales fueron las condiciones principales de la paz. La Iglesia la confirmó, devolviendo su comunión al joven conde, que, como penitencia, prometió servir a la cristiandad en Palestina durante cinco años. Veinte años después pensó seriamente en cumplir lo prometido y salió para Tierra Santa. Pero Dios le detuvo en el camino. Se sintió enfermo en París, no lejos de Rodez, desde donde, al hacerse transportar a Milhaud, murió el 26 de septiembre de 1248, rodeado de los obispos de Tolosa, Agen, Cahors y Rodez; de los cónsules de Tolosa y una multitud de señores, llegados todos para recibir el adiós de un príncipe a quien amaban, y en el cual se extinguió, en su línea masculina, la rama mayor de una ilustre raza. Cuando trajeron el santo Viático al conde, se levantó de su lecho y se puso de rodillas en tierra ante el cuerpo de su Señor, realizando a su muerte, como en su vida, el voto que Inocencio III había expresado en otro tiempo, dirigiéndose a él, al bendecirle en su juventud, diciéndole: “Hijo mío, Dios quiera que en todos vuestros actos podáis comenzar bien y terminar mejor”.

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