EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

#41 Message par InHocSignoVinces » ven. 28 déc. 2018 14:55

CAPÍTULO XXIV - Del modo de gobernar la lengua

La lengua del hombre, para ser bien gobernada, necesita freno que la contenga dentro de las reglas de la sabiduría y discreción cristiana; por que todos somos naturalmente inclinados a dejarla correr y discurrir libremente sobre lo que agrada y deleita a los sentidos.

El hablar mucho nace ordinariamente de nuestra soberbia y presunción; porque persuadiéndonos de que somos muy entendidos y sabios, nos esforzamos con sobradas réplicas a imprimirlos en los ánimos de los demás, pretendiendo dominar en las conversaciones, y que todo el mundo nos escuche como maestros.

No se pueden explicar con pocas palabras los daños que nacen de este detestable vicio. La locuacidad es madre de la pereza, indicio de ignorancia y de locura, ocasiona la detracción y la mentira, entibia el fervor de la devoción, fortifica las pasiones desordenadas, y acostumbra a la lengua no decir sino palabras vanas, indiscretas y ociosas.

No te alargues jamás en discursos y razonamientos prolijos con quien no te oye con gusto, para no darle enfado; y haz lo mismo con quien te escucha cortesanamente, para no exceder los términos de la modestia.

Huye siempre de hablar con demasiado énfasis y alta voz, porque ambas cosas son odiosas, y muestran mucha presunción y vanidad.

No hables jamás de ti misma, de tus cosas, de tus padres o de tus parientes, sino cuando te obligare la necesidad, y entonces lo harás muy brevemente y con toda la moderación y modestia posible; y si te pareciere que alguno habla sobradamente de sí y de sus cosas, no por eso lo menosprecies; pero guárdate de imitarle, aunque sus palabras no se dirijan sino a la acusación y al menosprecio de sí mismo y a su propia confusión.

Del prójimo y de las cosas que le pertenecen no hables jamás sino cuando se ofreciere la ocasión de confesar su mérito y su virtud, para no defraudarle de la aprobación o alabanza que se le debe. Habla con gusto de Dios, y particularmente de su amor y de su bondad infinita. Pero temiendo que puedes errar en esto, y no hablar con la dignidad que conviene, gustarás más de escuchar con atención lo que otros dijeren, conservando sus palabras en lo íntimo de tu corazón.

En cuanto a los discursos y razonamientos profanos, si llegaren a tus oídos, no permitas que entren en tu corazón; pero si te fuere forzoso escuchar al que te habla, para responderle, no dejes de dar con el pensamiento una breve vista al cielo donde reina tu Dios, y desde donde aquella soberana Majestad no se desdeña de mirar tu profunda bajeza.

Examina, bien todo lo que quisieres decir antes que del corazón pase a la lengua. Procura usar en esto de toda la circunspección posible; porque muchas veces se fían inadvertidamente a la lengua algunas cosas que deberían sepultarse en el silencio; y no pocas palabras que en la conversación parecen buenas y dignas de decirse, sería mejor suprimirlas; lo cual se conoce claramente pasada la ocasión del razonamiento.

La virtud del silencio, hija mía, es un poderoso escudo en el combate espiritual, y los que lo guardan pueden prometerse con seguridad grandes victorias; porque ordinariamente desconfían de sí mismos, confían en Dios, sienten mucho atractivo hacia la oración, y una grande inclinación y facilidad para todos los ejercicios de la virtud.[/b]

Para aficionarte y acostumbrarte al silencio, considera a menudo los grandes bienes que proceden de esta virtud, y los males infinitos que nacen de la locuacidad y de la destemplanza de la lengua (Jacob. III, 2 et seqs.); pero si quieres adquirir en breve tiempo esta virtud, procura callar, aun cuando tuvieres ocasión o motivo de hablar, con tal que tu silencio no te cause a ti o al prójimo algún perjuicio. Huye sobre todo de las conversaciones profanas; prefiere la compañía de los Ángeles, de los Santos, y del mismo Dios, a la de los hombres. Acuérdate, finalmente, de la difícil y peligrosa guerra que tienes dentro y fuera de ti misma, porque viendo cuánto tienes que hacer para defenderte de tus enemigos, dejarás sin dificultad las conversaciones y discursos inútiles.

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#42 Message par InHocSignoVinces » dim. 30 déc. 2018 14:10

CAPÍTULO XXV - Que para combatir bien contra los enemigos, debe el soldado de Cristo huir cuanto le fuere posible de las inquietudes y perturbaciones del corazón.

Así como cuando hemos perdido la paz del corazón, debemos emplear todos los esfuerzos posibles para recobrarla; así has de saber, hija mía, que no puede ocurrir en el mundo accidente alguno que deba quitarnos este inestimable tesoro.

De los pecados propios no es dudable que debemos dolernos; pero con un dolor tranquilo y pacífico, como muchas veces he dicho. Asimismo, justo es que nos compadezcamos de otros pecadores, y que a lo menos interiormente lloremos su desgracia; pero nuestra compasión, como nacida puramente de la caridad, ha de estar libre y exenta de toda inquietud y perturbación de ánimo.

En orden a los males particulares y públicos a que estamos sujetos en este mundo, como son las enfermedades, las heridas, la muerte, la pérdida de los bienes, de los parientes y de los amigos; la peste, la guerra, los incendios y otros muchos accidentes tristes y trabajosos, que los hombres aborrecen como contrarios a la naturaleza, podemos siempre, con el socorro de la gracia, no solamente recibirlos sin repugnancia, de la mano de Dios, sino también abrazarlos con alegría y contento, considerándolos, o como castigos saludables para los pecadores, o como ocasiones de mérito para los justos.

Por estos dos fines, hija mía, suele Dios afligirnos; pero si nuestra voluntad estuviere resignada en la suya, gozaremos de perfecta paz y quietud interior entre todas las amarguras y contrariedades de esta vida. Y has de tener por cierto, que toda la inquietud desagrada a sus divinos ojos; porque de cualquiera naturaleza que sea, nunca se halla sin alguna imperfección, y procede siempre de una raíz, que es el amor propio.

Procura, pues, hija mía, acostumbrarte a prever desde lejos todos los accidentes que puedan inquietarte, y prepárate a sufrirlos con paciencia. Considera que los males presentes no son efectivamente males, que no son capaces de privarnos de los verdaderos bienes, y que Dios los envía o los permite por los dos fines que hemos dicho; o por otros que nos son ocultos, pero que no pueden dejar de ser siempre muy justos.

Conservando de esta suerte un espíritu siempre igual entre los diversos accidentes de esta vida, aprovecharás mucho, y harás grandes progresos en la perfección; pero sin esta igualdad de espíritu todos tus ejercicios serán inútiles y de ningún provecho. Además de esto, mientras tuvieres inquieto y turbado el corazón, te hallarás expuesta a los insultos del enemigo, y no podrás en este estado descubrir la senda y verdadero camino de la virtud.

El demonio procura con todo esfuerzo desterrar la paz de nuestro corazón; porque sabe que Dios habita en la paz, y que la paz es el lugar en que suele obrar cosas grandes. De aquí nace que no hay artificio de que no se sirva para robarnos este inestimable tesoro, y a este fin nos inspira diversos deseos que parecen buenos y son verdaderamente malos. Este engaño se puede conocer fácilmente, entre otras señales, en que tales deseos nos quitan la paz y quietud del corazón.

Para remediar un daño tan grave, conviene que, cuando el enemigo se esfuerza a excitar en ti algún nuevo deseo, no le des entrada en tu corazón sin que primeramente, libre y desnuda de todo afecto de propiedad y querer, ofrezcas y presentes a Dios este nuevo deseo; y, confesando tu ceguedad e ignorancia, le pidas con eficacia que su divina luz te haga conocer si viene de su Majestad o del enemigo. Recurre también, cuando pudieres, al consejo de tu padre espiritual.

Aun cuando estuvieres cierta y segura de que el deseo que se forma en tu corazón es un movimiento del Espíritu Santo, no debes ponerlo en obra sin haber mortificado primero tu demasiada vivacidad; porque una buena obra, a la cual precede esta mortificación, es más perfecta y más agradable a Dios que si se hiciese con un ardor y ansia natural; y muchas veces la buena obra le agrada menos que esta mortificación.

De esta suerte, desechando y repeliendo los deseos no buenos, y no efectuando los buenos sino después de haber reprimido los movimientos de la naturaleza, conservarás tu corazón libre de todo peligro y perfectamente tranquilo.

Para conservar esta paz y tranquilidad del corazón, conviene también que lo defiendas y guardes de ciertas represiones o remordimientos interiores contra ti misma, que si bien nos parece que vienen de Dios, porque te acusan de alguna verdadera falta, no obstante, no vienen sino del demonio. Por sus frutos conocerás la raíz (Matth. VII) de donde proceden. Si los remordimientos de conciencia te humillan, si te hacen más diligente y fervorosa en el ejercicio y práctica de las buenas obras, y no disminuyen tu confianza en la divina misericordia, debes recibirlos con gratitud y reconocimiento, como favores del cielo; pero si te inquietan, te turban y te confunden; si te hacen pusilánime, tímida y perezosa en el bien, debes creer que son sugestiones del enemigo; y así, sin darles oído, proseguirás tus ejercicios.

Mas como fuera de todo esto nuestras inquietudes nacen comúnmente de los males de esta vida, para que puedas defenderte y librarte de estos golpes, has de hacer dos cosas:

La primera, considerar qué es lo que estos males pueden destruir en nosotros, si es el amor de la perfección o el amor propio. Si no destruyen más que el amor propio, que es nuestro capital enemigo, no debemos quejamos; antes bien, aceptarlos con alegría y reconocimiento, como gracias que Dios nos hace, y como socorros que nos envía; pero si pueden apartarnos de la perfección, y hacernos aborrecible y odiosa la virtud, no por esto debemos desalentarnos ni perder la paz del corazón, como veremos en el capítulo siguiente. La otra cosa es que, levantando tu espíritu a Dios, recibas indiferentemente todo lo que te viniere de su divina mano, persuadiéndote de que las mismas cruces que nos envía son para nosotros fuente de infinitos bienes que entonces no apreciamos porque no los conocemos.

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#43 Message par InHocSignoVinces » mar. 01 janv. 2019 19:31

CAPÍTULO XXVI - De lo que debernos hacer cuando hemos recibido alguna herida en el combate espiritual

Cuando te sintieres herida, esto es, cuando conocieres que has cometido alguna falta, o por pura fragilidad o con reflexión y malicia, no por esto te desanimes o te inquietes; mas volviéndote luego a Dios, le dirás con humilde confianza:

Ahora, Dios mío, acabo de mostrar lo que soy; porque ¿qué podía esperarse de una criatura flaca y ciega como yo, sino caídas y pecados?

Gasta, después un breve rato en la consideración de tu propia vileza, y, sin confundirte, enójate contra tus pasiones viciosas, y principalmente contra aquella que fue causa de tu caída, y proseguirás diciendo: No hubiera yo parado aquí, Dios mío, si por vuestra bondad infinita Vos no me hubierais socorrido.

Aquí le darás muchas gracias, y amándole más fervorosamente admirarás su infinita clemencia; pues siendo ofendido de ti, te da su poderosa mano para que no caigas de nuevo.

En fin, llena de confianza en su misericordia, le dirás: Obrad Vos, Señor, como quien sois; perdonadme las ofensas que os he hecho, no permitáis que yo viva un solo instante apartada de Vos, y fortificadme de tal suerte con vuestra gracia que yo no os ofenda jamás.

Hecho esto, no te detengas en pensar si Dios te ha perdonado o no; porque esto no es otra cosa que soberbia, inquietud de espíritu, pérdida de tiempo o engaño del demonio, que con pretextos especiosos procura causarte inquietud y pena. Ponte libremente en las piadosas manos de tu Creador, y continúa tus ejercicios con la misma tranquilidad que si no hubieras cometido alguna falta; y aunque hayas caído muchas veces en un mismo día, no te desalientes ni pierdas jamás tu confianza en Dios; practica lo que te he dicho, en la segunda, en la tercera y en la última vez, como en la primera. Concibe un grande menosprecio de ti misma, y un santo horror del pecado, y esfuérzate a vivir en adelante con mayor cuidado y cautela.

Este modo de combatir contra el demonio agrada mucho al Señor; y reconociendo este astuto enemigo que no hay arma tan poderosa para quebrantar su orgullo y desarmar los ocultos lazos que siembra en el camino del espíritu, como este santo ejercicio, no hay artificio de que no se valga para obligamos a que lo dejemos, y muchas veces logra su intento por nuestra inadvertencia y descuido en velar sobre nosotros mismos.

Por esta causa, hija mía, cuanto mayor fuere la repugnancia y dificultad que sintieres en el uso de un ejercicio tan importante, tanto mayores han de ser tus esfuerzos para violentarte y vencerte a ti misma.

Y no te contentes con practicarlo una sola vez, mas repítelo muchas veces, aunque no hayas cometido sino una sola falta; y si después de tu caída te sintieres inquieta, confusa y desconfiada, la primera cosa que has de hacer es recobrar la paz del corazón y la confianza; después levantarás tu espíritu al Señor, persuadiéndote de que la inquietud que sigue a la culpa no tiene por objeto su ofensa sino el daño propio.

El modo de recobrar esta paz es que por entonces te olvides enteramente de tu caída, y consideres únicamente la inefable bondad de Dios, que está siempre pronto y dispuesto a perdonamos las más enormes faltas, y no se olvida de nosotros ni omite medio alguno para llamarnos, atraernos y unirnos a sí, a fin de sacrificarnos en esta vida y hacernos eternamente bienaventurados en la otra. Después que con estas o semejantes consideraciones hubieres calmado tu espíritu, podrás pensar en tu caída, y harás lo que te he dicho.

En fin, en el sacramento de la Penitencia, que te aconsejo frecuentes muy a menudo, reconoce y examina todas tus faltas, y con nuevo dolor de la ofensa de Dios, y propósito de no ofenderle más, las declararás sinceramente a tu padre espiritual.

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#44 Message par InHocSignoVinces » jeu. 03 janv. 2019 15:25

CAPÍTULO XXVII - Del orden que guarda el demonio en combatir, así a los que quieren darse a la virtud, como a los que se hallan en la servidumbre del pecado.

Has de saber, hija mía, que el demonio nada desea con tanto ardor como nuestra ruina, y que no combate con todos de una misma suerte. Para empezar, pues, a descubrirte algunos de tus artificios y engaños, te representaré diferentes estados y disposiciones del hombre.

Algunos se hallan esclavos del pecado y no piensan en romper sus cadenas.

Otros desean salir de esta esclavitud, pero nunca empiezan la empresa.

Otros se persuaden de que siguen el camino de la perfección, pero andan muy apartados de él.

Otros, en fin, después de haber llegado a un grado muy alto de virtud, vienen a caer con mayor ruina y peligro. De todos discurriremos en los capítulos siguientes.

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#45 Message par InHocSignoVinces » ven. 04 janv. 2019 15:10

CAPÍTULO XXVIII - De los artificios que usa el demonio para acabar de perder a los que tiene ya en la servidumbre del pecado.

Cuando el demonio llega a tener un alma en la servidumbre del pecado, no hay artificio de que no se valga para cegarla más, y divertirla de cualquier pensamiento que pueda inducirla al conocimiento del infeliz estado en que se halla. No se contenta este espíritu de iniquidad con removerla de los pensamientos y buenas inspiraciones que la llaman a la conversión; mas procura empeñarla en las ocasiones, y le tiende continuamente peligrosos lazos, a fin de que caiga de nuevo en el mismo pecado o en otros más enormes; de donde nace que destituida de la divina luz, aumente de día en día sus desórdenes, y se endurezca más en el pecado. De esta suerte, corriendo continuamente sin ningún freno a la perdición, y precipitándose de tinieblas en tinieblas, y de abismo en abismo, se aleja siempre más del camino de la salud, y multiplica sus caídas si Dios no la detiene con un milagro de su gracia.

El remedio más eficaz y pronto para el que se halla en tan triste y funesto estado es que reciba sin resistencia las inspiraciones divinas que lo llaman de las tinieblas a la luz, y del vicio a la virtud; y que clame fervorosamente a su Creador: ¡Ah Señor, asistidme, asistidme: acudid prontamente en mi socorro; no permitáis que viva más tiempo sepultado en la sombra de la muerte y del pecado! Repita muchas veces éstas o semejantes palabras, y si le fuere posible, acuda luego a su padre espiritual para pedirle ayuda y consejo contra su enemigo; pero si no pudiere ir luego a su padre espiritual, recurra prontamente a un Crucifijo, postrándose a sus sacratísimos pies, con el rostro en tierra; y alguna vez a María santísima, implorando su misericordia y su ayuda. Y sabe, hija mía, que en esta diligencia consiste la victoria, como verás en el capítulo siguiente.

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#46 Message par InHocSignoVinces » sam. 05 janv. 2019 15:29

CAPÍTULO XXIX - De las invenciones de que se sirve el demonio para impedir la entera conversión de los que hallándose convencidos del mal estado de su conciencia, desean corregir y reformar su vida; y de dónde nace que los buenos deseos y resoluciones muchas veces no tengan efecto.

Los que conocen el mal estado de su conciencia, y desean mudar de vida, se dejan ordinariamente engañar del demonio con estos artificios:

Después, después, mañana, mañana: quiero primeramente desembarazarme de este negocio, y después me daré con mayor quietud al espíritu.

Este es un lazo en que han caído y caen continuamente innumerables almas; pero no se debe atribuir la causa de esta infelicidad sino a suma negligencia y descuido, pues en un negocio en que se interesa su eterna salud, y el honor y gloria de Dios, no recurren con prontitud a aquella arma tan poderosa: Ahora, ahora, ¿y para qué después? Hoy, hoy, ¿y por qué mañana? diciéndose a sí mismo: ¿Quién sabe si yo veré el día de mañana? Mas aun cuando yo tuviere de esto una indubitable certeza, ¿es querer salvarme, el diferir mi penitencia? ¿es querer alcanzar la victoria, el hacer nuevas heridas?

Para evitar, pues, esta ilusión funesta, y la que he tocado en el capítulo precedente, es necesario que el alma obedezca con prontitud a las inspiraciones del cielo, porque los propósitos solos muchas veces son ineficaces y estériles; y así, infinitas almas quedan engañadas con buenas resoluciones por diversos motivos.

El primero, de que tratamos arriba, es porque nuestros propósitos no se fundan en la desconfianza propia, y en la confianza de Dios; y nuestra grande soberbia no permite que conozcamos de dónde procede este engaño y ceguedad. La luz para alcanzar este conocimiento, y el remedio para curar este mal, vienen de la bondad de Dios, el cual permite que caigamos a fin de que, instruidos y adoctrinados con nuestras propias caídas, pasemos de la confianza que ponemos en nuestras fuerzas a la que debemos poner únicamente en su gracia; y de un orgullo, casi imperceptible, a un humilde conocimiento de nosotros mismos; y así, si quieres que tus buenas resoluciones y propósitos sean eficaces, es necesario que sean constantes y firmes; y no pueden serlo si no tienen por fundamento la desconfianza de nosotros mismos, y la confianza de Dios.

El segundo, porque cuando nos movemos a formar estos buenos deseos y resoluciones nos proponemos únicamente la hermosura y la excelencia de la virtud, que por sí misma atrae poderosamente las voluntades más flacas, y no consideramos los trabajos que cuesta el adquirirla; de donde nace que, a la menor dificultad, un alma tímida y pusilánime se acobarda y se retira de la empresa.

Por esta causa, hija mía, conviene que te enamores más de las dificultades con que se adquieren las virtudes, que de las virtudes mismas, y que alimentes tu voluntad de estas dificultades, preparándote a vencerlas según las ocasiones; y sabe que cuanto más generosamente las abrazares tanto más fácil y libremente te vencerás a ti misma, triunfarás de tus enemigos, y adquirirás las virtudes.

El tercero, porque nuestros propósitos muchas veces no miran a la virtud y a la voluntad divina, sino al interés propio, el cual se aviva en las resoluciones que se forman cuando abundan consolaciones y gustos espirituales, pero principalmente en las que se forman en el tiempo de las adversidades y tribulaciones. Porque no hallando entonces algún alivio nuestros males, hacemos propósitos de darnos enteramente a Dios, y de no aplicarnos sino a los ejercicios de la virtud.

Para no caer en este inconveniente, procura en el tiempo de las delicias y gustos espirituales ser muy circunspecta y humilde en los propósitos y resoluciones, y particularmente en las promesas y votos; mas cuando te hallares atribulada, todos tus propósitos se han de dirigir únicamente a llevar con paciencia la cruz que el Señor te envía, y a exaltarla, rehusando todos los consuelos y alivios de la tierra, y aun del cielo. No has de pedir ni desear otra cosa sino que la mano poderosa de Dios te sostenga en tus males, para que puedas tolerarlos sin algún menoscabo de la virtud de la paciencia, y sin desagrado de Dios.

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#47 Message par InHocSignoVinces » dim. 06 janv. 2019 16:22

CAPÍTULO XXX - Del engaño de algunos que piensan que están en el camino de la perfección

El enemigo, vencido en el primero y segundo asalto, recurre al tercero, el cual consiste en hacer que nos olvidemos de las pasiones y vicios que actualmente nos combaten, y nos ocupemos en deseos y vanas ideas de una perfección imaginaria y quimérica, a que sabe muy bien que no llegaremos jamás.

De aquí nace el que recibamos continuas y peligrosas heridas, y no pensemos en aplicar el remedio; porque estos deseos y resoluciones quiméricas nos parecen verdaderos afectos, y con una secreta vanidad nos persuadimos de que hemos llegado ya a un alto y eminente grado de santidad. De esta suerte, no pudiendo sufrir la menor pena ni la menor injuria, gastamos inútilmente el tiempo en formar en la meditación vanos propósitos de sufrir los mayores tormentos, y aun las mismas penas del purgatorio por amor de Dios; y como en esto la parte inferior no siente repugnancia, como en cosa que aún está por venir, nos atrevemos a compararnos con los que verdaderamente sufren grandes trabajos con una paciencia invencible.

Para evitar este engaño, es necesario que te determines a combatir y pelear con los enemigos, que efectivamente y de cerca te hacen guerra; y por aquí vendrás a conocer si tus resoluciones han sido aparentes o verdaderas, flacas o firmes, tímidas o generosas; y caminarás a la virtud y a la perfección por la senda real y verdadera que han seguido todos los Santos.

Mas con los enemigos que no acostumbran molestarte, no te aconsejo te empeñes de antemano, si no es cuando receles probablemente que dentro de breve tiempo te han de asaltar; en tal caso, para que te halles prevenida y fuerte, será lícito anticipar algunos propósitos.

Pero nunca reputes por efectos tus resoluciones, aunque por algún tiempo te hayas ejercitado en las virtudes con la regla debida; antes bien procura ser cauta, y humilde, y recelándote de ti misma y de tu flaqueza, y confiando únicamente en Dios, recurre frecuentemente a su bondad, y pídele la fortaleza en el combate, y que te preserve de los peligros, sobre todo de cualquiera presunción y confianza de ti misma.

Con estas prevenciones, hija mía, aunque no podamos vencer algunos defectos leves, que muchas veces permite Dios en nosotros para que nos humillemos, y no perdamos el bien que hubiéramos adquirido con nuestras buenas obras, nos será lícito proponernos un grado más alto de perfección.

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

#48 Message par InHocSignoVinces » lun. 07 janv. 2019 19:23

CAPÍTULO XXXI - Del engaño y de la guerra que nos suele hacer el demonio para que dejemos el camino que nos lleva a la virtud.

El cuarto artificio de que se sirve nuestro enemigo para engañarnos, cuando reconoce que caminamos derechamente a la virtud, es inspirarnos diversos buenos deseos, a fin de que, dejando los ejercicios de la virtud que nos son propios y convenientes, nos empeñemos insensiblemente en el vicio.

Por ejemplo: si una persona enferma sufre su mal con paciencia, este enemigo de nuestro bien, temiendo que de esta manera podrá adquirir el hábito de esta virtud, le propone otras muchas buenas obras que pudiera ejercitar en otro estado; y la induce con sagacidad a que se persuada y crea que si tuviese salud serviría mejor a Dios, y sería más útil para sí y para el prójimo.

Apenas ha excitado en ella los vanos deseos de recobrar la salud, los enciende y aumenta en su corazón de tal suerte, que venga a inquietarse y afligirse, porque no puede conseguir lo que quiere; y como al paso que sus deseos se van aumentando crece su inquietud y desasosiego, viene el demonio a conseguir su intento; porque, finalmente, la induce a que lleve con impaciencia su enfermedad, mirándola como impedimento de las buenas obras que desea ejecutar, so pretexto de adelantar en la virtud.

Después de tenerla en este estado, con la misma destreza le quita de la memoria, el fin del servicio de Dios, y de la bondad de las obras, y la deja con solo el deseo de verse libre de la enfermedad; y porque no le sucede conforme quiere, se perturba de modo que viene a ponerse impaciente de todo punto; y así, de la virtud que deseaba practicar, viene a caer insensiblemente en el vicio contrario.

El modo de preservarte de este engaño es que, cuando te hallares en algún trabajo, atiendas con mucha advertencia a no dar entrada, en tu corazón a semejantes deseos; porque por no poderlos ejecutar en aquella ocasión, probablemente te han de inquietar. Conviene, hija mía, que en estos casos te persuadas con un verdadero sentimiento de humildad y resignación, que cuando Dios te sacase del estado penoso en que te hallas, todos los buenos deseos que concibes ahora, no tendrían entonces por tu natural inestabilidad el efecto que tú te figuras; o, a lo menos, imagina y piensa que el Señor por una secreta disposición de su providencia, o en castigo de tus pecados, no quiere que tengas la complacencia y gusto de hacer aquella buena obra, sino que te sujetes y rindas a su voluntad, y te humilles bajo su suave y poderosa mano.

Asimismo, hija mía, cuando te vieres obligada, o por orden de tu padre espiritual, o por alguna otra causa, a interrumpir tus devociones ordinarias, o abstenerte por algún tiempo de la santa Comunión, no te dejes abatir y dominar de la melancolía y tristeza, sino renuncia interiormente a tu propia voluntad, y conformándote con la de Dios, te dirás a ti misma: Si Dios, que conoce el fondo de mi alma, no viese en mí ingratitudes y defectos, yo no sería privada ahora de la santa Comunión; sea su nombre eternamente bendito y alabado, pues se digna descubrirme por este medio mi indignidad. Yo creo firmemente, Señor, que en todas las aflicciones que Vos me enviáis, no queréis ni deseáis de mi otra cosa sino que, sufriéndoles con paciencia, y con deseo de agradaros, os ofrezca un corazón siempre rendido a vuestra voluntad, y siempre pronto a recibirnos, a fin de que, entrando Vos en él, podáis llenarlo de consolaciones espirituales, y defenderlo contra todas las fuerzas del infierno que os lo procuran robar. Haced, oh Creador y Salvador mío, haced de mí lo que sea más agradable a vuestros ojos. Sea vuestra divina voluntad ahora y siempre mi apoyo, manjar y sustento. La única gracia que os pido es que mi alma, purificada de todo lo que desagrada a vuestros ojos, y adornada de todas las virtudes, se vea en estado que pueda no solamente recibiros, sino también ejecutar todo lo que fuere de vuestro divino beneplácito ordenarme.

Si guardares estos preceptos, puedes estar cierta y segura que los buenos deseos que tuvieres, y no puedes poner en obra, ya procedan puramente de la naturaleza, ya vengan del demonio a fin de hacerte aborrecible y odiosa la virtud, o ya te los inspire Dios para hacer prueba de tu resignación en su divina voluntad, siempre te serán ocasión y motivo para hacer algún progreso en el camino de la perfección, y para servir al Señor en el modo que le es más agradable, y en esto, hija mía, consiste la verdadera devoción.

Advierte también que cuando, para curarte de alguna dolencia, o librarte de alguna incomodidad, usares de aquellos remedios inocentes y lícitos de que suelen servirse los Santos y siervos de Dios, no deberás hacerlo con deseo y demasiada voluntad de que las cosas sucedan según tu inclinación y gusto; mas úsalos porque Dios quiere que los usemos en nuestras dolencias, porque no sabemos si por estos medios o por otros mejores, su divina Majestad ha resuelto librarnos de nuestros males. Si no te gobernares de esta manera, todo te sucederá muy mal; porque será muy posible que no consigas lo que deseas apasionadamente, y entonces caerás con facilidad en el vicio de la impaciencia, o cuando menos, tu paciencia irá siempre acompañada de muchas imperfecciones que la harán menos agradable a Dios, y disminuirán mucho tu merecimiento.

Finalmente, quiero descubrirte un secreto artificio de nuestro amor propio que suele siempre encubrirnos y ocultarnos nuestros defectos, aunque sean muy visibles. Por ejemplo, cuando un enfermo se aflige, con exceso, de su dolencia, disimula esta imperfección con el celo de algún bien aparente, diciendo que su inquietud no es verdaderamente impaciencia, sino un justo sentimiento de que su enfermedad sea el castigo de sus pecados, o de que incomode o fatigue a quienes lo asisten. Lo mismo sucede a un ambicioso que se aflige y se inquieta porque no ha podido obtener el honor o la dignidad a que aspiraba; pues no atribuye su inquietud a su vanidad, sino a otros motivos de que en otras ocasiones no recibía alguna pena o disgusto.

Asimismo, un enfermo suele mostrar mucha compasión de los que le sirven; pero apenas se halla libre de sus males, no se duele ni se compadece de ellos cuando los ve sufrir las mismas in comodidades por causa de otros enfermos. De donde se reconoce evidentemente que su impaciencia no nace de la pena y molestia que ocasiona a los demás, sino de un secreto horror con que mira las cosas que son contrarias a su voluntad.

Si quieres, pues, hija mía, no caer en estos y otros errores, es necesario que te determines a sufrir con paciencia, como te he dicho, todas las cruces, penalidades y trabajos que te sucedieren en este mundo.

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

#49 Message par InHocSignoVinces » jeu. 10 janv. 2019 22:05

CAPÍTULO XXXII - Del último asalto y engaño con que procura el demonio que las mismas virtudes nos sean ocasiones de ruina.

Hasta en las virtudes adquiridas, no deja de tentarnos con sus engaños la antigua serpiente, para perdernos. Una de sus más sutiles estratagemas es servirse de nuestras propias virtudes para inducirnos a la complacencia y estimación de nosotros mismos, a fin de que caigamos después en el vicio de la soberbia y de la vanagloria.

Para huir de este peligro debes combatir siempre, y mantenerte firme en combatir siempre y mantenerte firme en el verdadero conocimiento de ti misma, reconociendo que nada sabes, ni nada puedes, y que no hay en ti sino miserias y defectos, y no mereces sino la condenación eterna.

Procura imprimir en tu espíritu esta importante verdad para servirte de ella, en las ocasiones, como de una especie de fortificación de donde no debes salir jamás; y si te vinieren algunos pensamientos de presunción y vanagloria, resístelos y combátelos como enemigos peligrosos que conspiran a tu perdición y ruina.

Para adquirir un perfecto conocimiento de ti misma, te has de conducir de este modo: Todas las veces que hicieres reflexión sobre ti misma, y sobre tus obras, considera solamente lo que es propio tuyo, sin mezclar lo que es de Dios y de su gracia; fundando siempre el juicio que de ti formares sobre lo que tienes puramente de ti misma.

Si consideras, hija mía, el tiempo que ha precedido a tu nacimiento, hallarás que en todo aquel abismo de eternidad no has sido sino pura nada, y que no has obrado ni podido obrar la menor cosa para merecer el ser que tienes.

Si vuelves los ojos al tiempo en que subsistes por sola la bondad y misericordia de Dios, ¿qué serías tú sin el beneficio de la conservación? ¿Qué serías tú sino puramente nada? Porque es indudable que si Dios por solo un momento te dejase, al instante volverías al no ser de donde te sacó su mano omnipotente.

Es, pues, indubitable que no considerando sino lo que solamente te pertenece, y es propio tuyo en el ser natural, no debes estimarte a ti misma, ni desear que te estimen los demás.

En lo que toca al ser sobrenatural de la gracia, y al ejercicio de las buenas obras, no tiene tampoco causa alguna para ensoberbecerte; porque sin el socorro del cielo ¿qué mérito puedes tú adquirir, o qué bien puedes obrar por ti misma?

Por otra parte, si consideras la multitud de pecados, que has cometido o pudiste cometer (y hubieras sin duda cometido, si Dios no te hubiese preservado), hallarás que tus iniquidades, por la multiplicación no sólo de los días y de los años, sino también de las acciones y malos hábitos (por que un vicio llama a otro vicio), hubieran llegado a número casi infinito, y te hubieras hecho semejante a los mismos demonios. Todas estas consideraciones te inspirarán un grande menosprecio de ti misma, y te harán reconocer las infinitas obligaciones que tienes con Dios, atribuyéndote a ti solamente lo que es tuyo, y no quitando a su infinita bondad la gloria que se le debe.

Pero advierte, hija mía, que en el juicio que hicieres de ti misma y de tus obras, has de procurar siempre que no entre cosa alguna que no sea justa y verdadera; porque aunque te aventajes en el conocimiento de tu miseria a otros que, deslumbrados del amor propio, conciben una vana estimación de sí mismos, tú serás siempre más culpable que todos ellos, si con todo el conocimiento que tienes de tus defectos, deseas pasar por santa en la opinión y juicio de los hombres.

Pues, para, que este conocimiento te libre de la vanagloria y te haga agradable a los ojos del que es Padre y modelo de los humildes, no basta, hija mía, que te desprecies a ti misma como indigna de todo bien y digna de todo mal; es necesario que desees también ser despreciada del mundo, que aborrezcas las alabanzas y ames los vituperios, y que, en las ocasiones que se ofrecieren, ejercites con gusto los más viles servicios y ministerios.

No hagas caso jamás de lo que se dirá o se pensará de ti cuando te vieren abrazar estos humildes ejercicios. Ocúpate en ellos únicamente por el fin o motivo de tu propio abatimiento; mas no por una cierta presunción de ánimo y soberbia oculta, con que muchas veces, so color de generosidad cristiana, suelen menospreciarse los discursos de los hombres y sus opiniones y juicios.

Si sucediere, pues, alguna vez, que los demás te aman, te honran, y te estiman como buena, y alaban en ti algunas cualidades y gracias que has recibido del cielo, procura recogerte luego dentro de ti misma; y fundándote en los principios de verdad y de justicia, que quedan establecidos, dirás a Dios de todo corazón: Señor, no permitáis jamás que yo os usurpe vuestra gloria, atribuyendo a mis propias fuerzas lo que no es sino un puro efecto de vuestra gracia. Tibi laus honor et gloria, mihi confusio (I Par. XXIX. – Dan. IX): Para Vos, Señor, sea la alabanza, para Vos la honra y gloria, y para mí el oprobio y la confusión. Después volviendo el pensamiento a la persona que te alaba, dirás interiormente: ¿Qué motivo puede tener este hombre para alabarme? ¿Qué bondad, qué perfección ha visto en mí? Sólo Dios es bueno, y solamente sus obras son perfectas. Humillándote de esta suerte, te defenderás de la vanidad, y merecerás de día en día mayores dones y gracias.

Si por ventura la memoria de tus buenas obras produjere alguna vana complacencia en tu corazón, procura reprimirla luego, mirando estas buenas obras, no como cosas tuyas, sino de Dios, y diciendo con humildad como si hablaras con ellas: Yo no sé verdaderamente cómo habéis sido concebidas en mi corazón, ni cómo habéis salido de este abismo de corrupción y de iniquidad; porque no puedo ser yo quien os ha formado. Dios sólo es el que por su bondad os ha producido y os ha conservado; y así, a Él sólo reconozco por vuestro Padre y principal Autor; a Él sólo se deben las gracias; a Él sólo quiero yo darle, y es justo que se le den, todas las alabanzas.

SIGUE...
¡Dios mío, todo por amor a Vos, y para vuestra mayor gloria! Jesús y María, os amo y os adoro con toda mi alma y con todo mi corazón. ¡Tened piedad de mí!

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InHocSignoVinces
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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

#50 Message par InHocSignoVinces » sam. 12 janv. 2019 12:09

Después de esto considera que todas las buenas obras que has hecho en todo el curso de tu vida, no solamente no han correspondido a la abundancia de luces y auxilios que se te han comunicado para conocerlas y practicarlas, sino que también han sido acompañadas de muchos defectos; y que no se halla en ellas aquella pureza de intención, aquel fervor y aquella diligencia con que debían ser ejercidas. Pues si las examinas con la atención que conviene, antes te causarán confusión y vergüenza que complacencia y vanagloria, porque sucede que las gracias que recibimos de Dios, puras y perfectas, las deslucimos y mancillamos con nuestras imperfecciones en todas nuestras obras.

Compara también tus acciones con las de los Santos y siervos de Dios, y te avergonzarás de la suma diferencia que hay de las unas a las otras, reconociendo con claridad que las mejores y las mayores de todas tus obras son de muy poco valor en comparación de las de los Santos. Y si después pasas a compararlas con los trabajos de Jesucristo, cuya vida no fue otra cosa que una perpetua cruz, aun cuando no consideres la dignidad infinita de su persona, y solamente atiendas a la grandeza de sus penas, y al puro amor con que las ha sufrido, reconocerás con evidencia que todo cuanto has obrado y padecido en el curso de tu vida es de ninguna consideración.

En fin, si levantas los ojos al cielo para considerar la soberana majestad de Dios, y los servicios que merece, entenderás con claridad que todas tus buenas obras deben inspirarte más el temor que la vanidad. Por esta causa, en todas tus obras, aunque te parezcan muy perfectas y santas, debes decir siempre con un verdadero y profundo sentimiento de humildad: Deus, propitius esto mihi peccatori (Luc. XVII, 13). Tened, Señor, misericordia de mí, que soy una grande pecadora.

Guárdate también, hija mía, de descubrir con facilidad los dones y gracias que has recibido de Dios; porque esto desagrada siempre a su Majestad, como lo declaró el mismo Señor en el caso y doctrina que se sigue: Habiéndose aparecido un día a una sierva suya en la forma de un niño, y sin señal alguna de su divinidad, esta dichosa alma le pidió con simplicidad que dijese la salutación angélica. Hízolo luego el Señor, pero después de haber dicho: Bendita eres entre todas las mujeres, se detuvo, porque no quiso añadir lo que redundaba en alabanza suya, y rogándole esta bendita alma que prosiguiese, desapareció el celestial Niño dejándola llena de consolación, y convencida de la importancia de la humildad con el ejemplo que acababa de darle.

Aprende, pues, a humillarte en todas tus obras, mirándolas como espejos que te representan maravillosamente tu nada. Éste, hija mía, es el fundamento de todas las virtudes; porque como Dios en el principio del mundo creó de la nada a nuestro primer padre, así funda ahora todo el edificio espiritual sobre el conocimiento de esta verdad, porque por nosotros mismos nada somos. De suerte, que cuanto más profundamente nos abatimos y nos humillamos, tanto más se levanta el edificio (Vide D. Augnst. serm. 10 de verb. Domini); y a la medida que vamos cavando en la tierra de nuestras miserias, y descubrimos el fondo de nuestra nada, el divino Arquitecto pone las piedras sólidas y firmes que sirven para la fábrica del edificio. No te persuadas jamás, hija mía, de que puedes humillarte ni abatirte tanto cuanto es necesario; antes bien has de creer que, si pudiese darse algo infinito en la criatura, lo sería tu fragilidad y bajeza.

Con este conocimiento puesto en práctica lograremos todo el bien que se puede desear; pero sin él seremos poco menos que nada, aunque hagamos todo lo que hicieron los Santos, y aunque estemos siempre ocupados en la contemplación del mismo Dios.

¡Oh divino conocimiento, que nos haces felices en la tierra y gloriosos en el cielo! ¡Oh maravillosa luz, que sales de las tinieblas de nuestra nada para iluminar nuestras almas y levantar nuestros espíritus a Dios! ¡Oh piedra preciosa, no conocida, que brillas entre las inmundicias de nuestros pecados! Oh nada, cuyo sólo conocimiento nos hace señores de todas las cosas!

Yo no podré jamás encarecer y ponderar bastantemente el valor y precio de esta perla evangélica. Si quieres honrar a la Majestad divina, debes menospreciarte a ti misma, y desear que todos te menosprecien. Si quieres que Dios sea glorificado en ti, y ser glorificada en Él, conviene que te humilles y te sujetes a todo el mundo. Si quieres unirte con su infinita bondad, huye de la grandeza y de la elevación; porque Dios se aleja de los que quieren ser encumbrados. Elige siempre el último lugar, y obligarás a Dios a que descienda de su mismo trono (Luc. XIV, 10) para buscarte, para abrazarte y unirte consigo; y tanto mayor será la benignidad con que te admitirá en sus brazos, y el amor con que te unirá consigo, cuanto más te envilezcas a tus ojos, y desees ser menospreciada de todos.

Si Dios, que por tu amor se hizo el último de los hombres, te inspirare estos humildes sentimientos, no dejes de dar a su bondad infinita las debidas gracias, ni de reconocerte obligada a los que con injurias y menosprecios te ayudan a conservarlos.

Pero si, no obstante todas estas consideraciones tan poderosas en sí mismas, la malicia del demonio, nuestra ignorancia, y nuestra viciosa inclinación prevalecieren en nosotros de suerte que no dejen de inquietarnos los deseos de la propia exaltación, entonces deberemos humillarnos más profundamente a nuestros ojos, viendo por experiencia cuán poco hemos adelantado en el camino del espíritu, y en el verdadero conocimiento de nosotros mismos; pues no podemos librarnos de estos importunos deseos que tienen su raíz en nuestra vanidad y soberbia. De esta suerte haremos del veneno antídoto, y en el mismo mal hallaremos nuestro remedio.

SIGUE...
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