EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

#111 Message par InHocSignoVinces » lun. 29 avr. 2019 12:21

CAPÍTULO XXI - De lo que ha hecho Dios por el hombre, con qué voluntad, y que más hiciera si fuese necesario


Lo que Dios ha hecho por el hombre, se puede conocer meditando la creación y la redención. Después de esto, la voluntad con que lo ha hecho, y con que ha obrado nuestra eterna salud, ha sobrepujado lo infinito.

Infinito ha sido el precio del rescate; pero la voluntad ha sido más infinita, porque ha sido de padecer y volver a morir por el hombre si fuese necesario; y así, si eres, oh alma, tan deudora al que con tal rescate te rescató, que toda te debes a Él; ¿en qué grado lo serás por la voluntad con que lo hizo, que excede y sobrepuja en tantos quilates al mismo rescate?

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#112 Message par InHocSignoVinces » mer. 01 mai 2019 12:45

CAPÍTULO XXII - Qué es lo que cada día hace Dios por el hombre


No hay día, hora ni momento en que el hombre no reciba de Dios nuevos beneficios; porque cada día y cada momento Dios lo crea, conservándolo en el ser que le dio.

Asimismo, cada momento le sirve con sus criaturas, con el cielo, con el aire, con la tierra, con el mar, y con cuanto se halla en ellos.

Cada día le da su gracia, llamándolo del mal al bien, guardándolo para que no peque, y en pecando lo ayuda para que no peque más. Lo espera, lo llama a penitencia, y volviéndose a Él, lo perdona con mayor presteza que con la que el mismo pecador se mueve a buscar el perdón de su pecado. Cada día le envía su Hijo santísimo con todas las riquezas de los misterios de la cruz, y se lo entrega en el santísimo Sacramento del altar. (*Nota de Javier: hoy en día, en la Comunión Espiritual)

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#113 Message par InHocSignoVinces » mer. 01 mai 2019 13:13

CAPÍTULO XXIII - Cuánta bondad muestra Dios, aguardando y tolerando al pecador


Para que conozcas cuánta bondad muestra Dios en sufrir al pecador, has de considerar, que así como ama indeciblemente la virtud, así por el contrario aborrece infinitamente el pecado.

¡Qué bondad, pues, muestra Dios sufriendo al pecador, que a los ojos de su divina Majestad y de su infinita pureza comete tantas maldades, y lo ofende, no una, dos o tres veces, sino más y más!

Bien veo (puede decir el pecador), Señor mío, que cuando yo pecaba, Vos me decíais al corazón:

'Entremos en cuentas, y veamos quién vence: tú en ofenderme, y Yo en perdonarte' (Vide infr. tract. IV, cap. XVI).

Creo que este punto, bien meditado, encenderá con la gracia de Dios el corazón del pecador, para que luego se convierta.

Y si no lo hace, debe temer los altos e inescrutables juicios de Dios, de los cuales suelen salir golpes de venganza, rápidos, terribles e irremediables.

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#114 Message par InHocSignoVinces » jeu. 02 mai 2019 23:23

CAPÍTULO XXIV - Qué hará Dios en la otra vida, no sólo con quien le ha servido bien, sino con el pecador convertido


Son tantos y tales los bienes y felicidades que Dios nos tiene preparados en su reino celestial, que no se pueden imaginar ni comprender clara y perfectamente, por más que un alma los medite.

Porque, ¿quién llegará a comprender bien qué cosa sea sentarse un hombre a la mesa de Dios, y que el mismo Dios, lo sirva y lo sustente de su bienaventuranza?

¿Quién llegará a imaginar debidamente qué cosa sea entrar un alma bienaventurada en el gozo de su Señor?

¿Y quién concebirá el amor y la estimación que muestra Dios a sus ciudadanos y escogidos? Hablando de esto santo Tomás dice: 'Nuestro omnipotente Dios en tanto grado se sujeta a los Ángeles y a las almas santas, como si fuese siervo comprado de cada uno de ellos, y como si cada uno fuese su propio Dios' (Opuse. LXIII, cap. II, § 3).

¡Oh Señor! ¡oh Señor! quien considera profundamente vuestras obras para con las criaturas, os halla tan embriagado de su amor, que parece consista vuestra bienaventuranza en amarlas, favorecerlas y sustentarlas de Vos mismo.

Haced que nos sea tan familiar y frecuente esta consideración, que os correspondamos y amemos, y amándonos, nos transformemos en Vos mismo por unión amorosa.

Oh corazón humano, ¿a dónde corres? ¿a dónde vuelas? ¿a la sombra? ¿al viento? ¿a la nada, dejando al que es todas las cosas, dejando la Omnipotencia, la suma Sabiduría, la inefable Bondad, la Belleza increada, el sumo Bien, el Piélago infinito de toda perfección? Dios te llama, no sólo con los antiguos beneficios, sino con muchos nuevos que cada día te hace.

¿Sabes de dónde nace todo tu mal? De que no oras, ni meditas; y así, estando sin luz y sin calor, no es maravilla que no te muevas, si no es en obras de tinieblas.

Vuelve en ti, ¡oh hombre, oh religioso tibio!, entra en la escuela de la meditación y oración, que en ella conocerás que el verdadero estudio del cristiano y del religioso es negar su propia voluntad, para hacer la de Dios; aborrecerse a sí mismo, para amar a Dios.

Advierte que todos los estudios sin éste, aunque sean de todas las ciencias, están llenos de presunción y de soberbia; y que cuanto más alumbran el entendimiento, más ciegan la voluntad, con daño y ruina, del alma.

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¡Ah divina ciencia, sabiduría eterna, tesoro de la gracia! Una vida, una única vida tenemos para conocer y amar a un Dios tan sumamente bondadoso y omnipotente, tan misericordioso y liberal, tan santo y justo... ¡Aprovechemos al máximo esta vida que nos ha sido dada para comprender y amar a Dios cada vez más, y poseerle por completo en nuestras almas mediante el influjo de la gracia santificante, la cual es el verdadero tesoro escondido, la perla preciosa!

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#115 Message par InHocSignoVinces » ven. 03 mai 2019 23:45

CAPÍTULO XXV - Del quinto socorro de la voluntad humana


El odio de nosotros mismos es un socorro muy necesario para nuestra voluntad, porque sin él no podemos tener el socorro del amor divino, autor de todo bien.

El modo de conseguirlo es, lo primero, pedirlo a Dios, y después ir meditando los daños que ha causado y todavía causa el amor propio.

No ha habido daño alguno en el cielo ni en la tierra, que no se haya originado del amor propio.

Este amor propio, y de nosotros mismos, es de tanta malignidad, que si le fuera posible entrar en el cielo, convertiría la celestial Jerusalén en una confusa Babilonia. Considera, pues, ¿qué hará esta peste y mortífero veneno en esta vida presente dentro del pecho humano?

Destiérrese del mundo el amor propio, y cesará el infierno.

¿Quién, pues, será tan impío y tan desacordado contra sí mismo, que meditando el ser, las calidades y los efectos del amor propio, no se indigne contra él, y lo aborrezca, y con todas veras procure desarraigarlo de sí?

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#116 Message par InHocSignoVinces » sam. 04 mai 2019 23:24

CAPÍTULO XXVI - De que modo se podrá conocer el amor propio


Para que conozcas cuánto en ti se dilata y extiende el reino del amor propio, acude a menudo a ver y examinar con cuál de las pasiones del alma se halla más frecuentemente ocupada tu voluntad, puesto que nunca la hallarás sola.

Y en reconociendo que ama, o desea, o se alegra, o entristece, considera luego si la cosa amada o deseada es alguna de las virtudes, o cosa que Dios manda amar o desear; y asimismo en la alegría o tristeza considerar si es de aquellas cosas de que Dios quiere que nos alegremos o entristezcamos; o si por ventura todo esto nace del mundo o del apego a las criaturas, por tratar y conversar con ellas, no por necesidad ni cuanto conviene, ni como Dios quiere. Y si hallas algo de esto, es claro que reina en ti el amor propio, y que es el que mueve tu voluntad.

Mas si los negocios y ocupaciones de la voluntad son en orden a las virtudes, y en las cosas que Dios quiere, debes considerar bien si a estos negocios y ocupaciones se mueve por voluntad de Dios, y por deseo de agradarle, o por alguna propia complacencia y capricho; porque muchas veces sucede que movido uno puramente de complacencia o capricho, se da a diversas obras buenas, como a la oración, a los ayunos, a la sagrada comunión, y a otras cosas santas.

La prueba para discernir esto es de dos maneras: la una es si tu voluntad no se da indiferentemente, en todas las ocasiones que se ofrecen, a todas las obras que son buenas: la otra es si ofreciéndose algún justo impedimento, se lamenta, se inquieta y se turba; o si sucediendo como quiere, se deleita y se complace de sí misma.

Si fuere movida por Dios, se ha de considerar también a dónde, y a qué fin endereza sus operaciones; y aunque va bien si el fin es solamente el divino agrado, sin embargo no debe asegurarse; porque es tan sutil y tan astuto el amor propio que muy disimuladamente se suele introducir y mezclar aun en las mismas obras buenas.

Cuando conozcas manifiestamente que esta crudelísima bestia se ha introducido, debes perseguirla con todo el odio y aborrecimiento, y desterrarla de ti, no sólo al practicar cosas grandes sino también las más pequeñas.

De lo que está oculto y tú no puedes discernir, debes, oh alma, estar siempre sospechosa; y así en todas las buenas obras que hicieres, humíllate a los ojos de Dios, y ruégale que te perdone, y te guarde del amor a ti misma.

Será bien que por la mañana, luego al despertar, te vuelvas a Dios, y le protestes que tu intención y pensamiento es de no ofenderlo jamás, y de hacer siempre, y particularmente en aquel día y en todas las cosas, su santísima voluntad, sólo por agradarle; y le rogarás que te socorra siempre, y que te proteja con su divina mano, para que conozcas y hagas cuanto a su divina Majestad le agrada, y en la forma que le agrada.

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#117 Message par InHocSignoVinces » dim. 05 mai 2019 20:15

CAPITULO XXVII - Del sexto socorro de la voluntad humana


El sexto socorro de la voluntad del hombre es el de oír misa, la confesión y la comunión; porque siendo la gracia de Dios el principal y más necesario socorro de nuestra voluntad para que se guarde del mal y ejecute el bien, necesariamente se sigue que todo aquello que ayuda al aumento de esta gracia es el socorro de nuestra voluntad.

Pero para que oyendo misa adquieras nuevo aumento de gracia, la debes oír de la siguiente manera:

En la primera parte (pues en tres se divide la misa), que comprende desde el Introito hasta el Ofertorio, procura encender en ti un deseo grande de que, como Jesucristo vino del cielo al mundo para encender en la tierra el fuego de su divino amor (Luc. XII, 49), así se digne venir y nacer en tu corazón con su virtud, ut ardeat: que arda de tal modo, que no cuides de otra cosa más que de servirle y agradarle siempre mientras vivieres.

Después, cuando el sacerdote dice las oraciones, pide tú también con encendido deseo a Jesucristo, oh alma necesitada, las mismas gracias que aquél le pide.

Cuando empezare la Epístola y el Evangelio, pide con la mente a Dios que te dé entendimiento y virtud para entenderlo y observarlo todo.

En la segunda parte, que comprende desde el Ofertorio hasta la comunión, abstrayéndote de toda afición o pensamiento de las criaturas y de ti misma, ofrécete toda a Dios y a la ejecución de su divina voluntad.

Cuando alzare el sacerdote la Hostia y el cáliz consagrados, adora el verdadero cuerpo y sangre de Cristo con su sacratísima divinidad.

Contemplándolo oculto debajo de aquellos accidentes de pan y vino, ríndele amorosas gracias, porque cada día se digna venir a nosotros con los preciosos frutos del árbol de su cruz, y con la misma oferta que hizo de sí mismo, estando en ella, a su eterno Padre; y para los mismos fines que se ofreció, ofrécete tú también a su mismo Padre.

Después, cuando comulgare el sacerdote, podrás tú también comulgar, a lo menos espiritualmente abriéndole el corazón, y cerrándolo a todas las criaturas, a fin de que su divina Majestad encienda en él el fuego de su amor.

Al mismo tiempo que el sacerdote con la lengua, podrás tú con la mente pedir cuando se pide en las oraciones después de la comunión.

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#118 Message par InHocSignoVinces » lun. 06 mai 2019 22:19

CAPÍTULO XXVIII - De la comunión sacramental


Para que recibas grande aumento de gracia de la comunión, conviene que te dispongas para ella; y no pudiendo de nosotros mismos tener la disposición que se requiere, dirás con grande afecto, para que Dios te lo otorgue, la oración siguiente:

'Pedímoste, Señor, que visitando nuestras conciencias, las purifiques, para que viniendo a nuestras almas Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, con todos los Santos, halle en ellas morada digna de su divina Majestad'.

Mas para no dejar de hacer, de nuestra parte, alguna cosa con la ayuda de Dios, tu preparación ha de ser considerar, lo primero, para qué fin instituyó Dios el Santísimo Sacramento del altar; y hallando que fue para que nos acordemos del amor que nos mostró en los misterios de la cruz, considera después para qué fin quiso que en nosotros quedase esta memoria.

Y siendo el fin, para que le amásemos y le obedeciésemos, nuestra mejor preparación será un fervoroso deseo y una encendida voluntad de amarlo y obedecerlo, doliéndonos de no haberlo obedecido ni amado hasta aquí, sino antes ofendido.

Con este fervoroso y encendido deseo de amarlo tendremos preparado el corazón antes de recibir la sagrada Eucaristía. (*Nota de Javier: Hoy sólo tenemos la Comunión Espiritual, que ciertamente no es poco consuelo y fuente de gracias, sino un enorme oasis de amor y paz interior, así que seamos muy agradecidos para con el Buen Dios por este singular y extraordinario canal de transmisión de su Divina Gracia)

Mas en llegando el tiempo de recibirla, avivando la fe en que debajo de aquellos accidentes de pan consagrado está el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, adórale y ruégale que borre de tu corazón los que tuvieres ocultos, y que te perdone los demás; y recíbelo con toda reverencia, y con una firme esperanza de que te dará su amor.

Después que lo hayas recibido, introdúcelo en tu corazón, y pídele una y otra vez que te dé su amor, y todo lo que te fuere necesario para agradarle.

Después lo ofrecerás al Padre eterno en sacrificio de alabanza de su inmensa caridad, la cual nos ha mostrado en este singular beneficio, y en todos los demás de la redención; así para que te dé su amor, como por las necesidades de los vivos y los difuntos.

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#119 Message par InHocSignoVinces » mar. 07 mai 2019 21:09

CAPÍTULO XXIX - De la confesión sacramental


La confesión sacramental, para que se haga como se debe, requiere varias cosas.

La primera, un buen examen de conciencia, regulándolo por los preceptos de Dios y por las obligaciones del propio estado.

En el examen de tus pecados y faltas, aunque sean muy pequeñas, llóralas amargamente considerando la ingratitud del hombre contra la bondad y caridad infinitas de Dios; y así, vituperándote, dirás contra ti estas palabras: '¿Así correspondes, ignorante y necio, a los innumerables beneficios que has recibido de Dios? ¿Por ventura no es tu Padre que te poseyó, que te hizo y te creó?' (Deut. XXXII, 6).

Con esta consideración, excitando en ti repetidas veces un ferviente y eficaz deseo de no haberlo ofendido, di: '¡Oh quién no hubiera ofendido a mi Creador, a mi Padre celestial y Redentor, aunque hubiera sido padeciendo muchos males!'

Después volviéndote a Dios con vergüenza de tus culpas, y con fe de que te las ha de perdonar, dile de todo corazón: 'Padre, pequé contra el cielo y delante de Vos. No soy digno de ser llamado hijo vuestro; y así ponedme en el número de vuestros jornaleros' (Luc. XV, 18, 19).

Y renovando el dolor de la ofensa divina, con propósito de querer antes sufrir y padecer cual quiera pena o tribulación que ofender voluntariamente a Dios, descubre claramente al confesor tus pecados con dolor y vergüenza, sin excusarte a ti ni acusar a otros, y diciéndolos tal como los cometiste. (*Nota de Javier: se puede aplicar aquí lo mismo que hemos comentado sobre la comunión; al no tener ya los Sacramentos, debemos esforzarnos por ser cada vez más espirituales y menos carnales, y nuestra confesión será hecha ante Dios en el silencio de nuestra habitación, delante de un crucifijo y una imagen de la Santísima Virgen, doliéndonos de verdad por haber sido tan ingratos y miserables con un Dios tan bueno, tan digno de amor, y pidiéndole que se apiade de nosotros y nos sostenga en lo sucesivo para que no tengamos la infinita desdicha de ofender a Ntro. Dios y Señor nuevamente, lo cual nos haría perder el tesoro preciosísimo de la gracia santificante y nos imposibilitaría para agradar a Dios. Tomemos la firme resolución de preferir ser quemados o despellejados vivos antes que consentir y cometer un solo pecado mortal. Y procuremos evitar igualmente los pecados veniales, que no nos roban la Divina Gracia pero sí nos debilitan espiritualmente y ofenden y contristan a Dios)

Acabada la confesión, rinde muchas gracias a Dios porque siendo así que tantas y tan repetidas veces lo has ofendido, no te niega el perdón, antes está más pronto a dártelo que tú a recibirlo.

De esta consideración tomarás ocasión para dolerte de nuevo de haber ofendido a un Padre tan benigno, y con una plena voluntad propondrás no volver a ofenderlo con su ayuda y la de la Virgen María, del Ángel custodio, del Santo de tu nombre y de los demás Santos a quienes tuvieres particular devoción.

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#120 Message par InHocSignoVinces » mer. 08 mai 2019 20:53

CAPÍTULO XXX - Cómo se ha de vencer la pasión deshonesta (*Nota de Javier: estas instrucciones son especialmente útiles y provechosas para los jóvenes y para todos aquellos que debemos vivir forzosamente en medio del mundo, rodeados de tanta indecencia e inmoralidad. Pongamos, pues, mucha atención a las siguientes líneas, porque nos va en ello la conservación de la divina gracia santificante, la cual es el mayor don que Dios nos puede hacer.)

Todas las pasiones fuera de la deshonesta se vencen asaltándolas aunque nos cuesten heridas; y provocándolas a la batalla, hasta que enteramente las venzamos. Mas la pasión deshonesta no sólo no conviene excitarla, sino antes bien es necesario alejarla de todas aquellas cosas que la puedan excitar y mover.

Véncese la tentación de la carne, y se mortifica la pasión deshonesta, huyendo y no combatiéndola de frente.

Aquel, pues, que huye más prontamente y más lejos, tendrá más cierta y más segura la victoria.

Las buenas inclinaciones, la voluntad sincera, las pruebas pasadas, las victorias, el parentesco, los objetos indiferentes y los de fea apariencia que no amenazan algún peligro, y otras cualesquiera cosas que prometen seguridad, no son buenos argumentos para que tú no debas huir: huye, huye, oh alma, con presteza si no quieres quedar presa y despojada de la vestidura de la gracia.

No es dudable que algunos santos varones, tratando y conversando con personas peligrosas se han conservado puros y perfectos sin caer jamás ante el golpe blandísimo de este vicio; pero a nosotros no nos toca examinar la causa, sino venerar los profundos juicios de Dios, fuera de que donde no se descubren ni advierten las caídas, suelen hallarse mayores precipicios.

Huye, pues, oh alma, y obedece a los avisos y ejemplos que Dios te da en la sagrada Escritura y en las vidas de tantos grandes Santos, y cada día te los propone y renueva, ya en éste, ya en aquél. Huye sin detenerte ni aun a ver o pensar en el objeto de que has huido; porque en esta detención, aunque sea breve, está todo el peligro.

Y cuando el hablar sea forzoso, la conversación sea corta y breve, y con palabras más bien rústicas que blandas y afectadas, porque en esas suele estar el cebo, la llama y el fuego impuro.

Ten en la memoria aquel sabio aviso: Antes de la enfermedad aplica la medicina, esto es, no esperes a estar enferma; antes huye en tiempo oportuno, que ésta es la medicina de la salud.

Y si por desgracia vinieres a caer en alguna flaqueza, toda tu salud consiste en que luego que la sintieres: Des contra una piedra a estos hijos babilónicos, tan malos y tan perversos (Psalm. CXXXVI); esto es, que acudas sin tardanza a tu confesor, y no le escondas la falta más venial y ligera de esa pasión; pues ninguna hay en este vicio tan pequeña y tan leve que, como la centella, si no se apaga y queda encubierta, no pueda crecer y estimular un grande incendio.

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